Letras
Harlem: en víspera del Modernismo

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A Clément Akassi Animan

I

La algidez vespertina lo sorprendió cruzando el claroscuro del Brooklyn Bridge. Solo y por un instante, cuando la neblina empezaba a disiparse, reflexionó en torno a las vidas que habían encontrado su destino trágico en ese extraordinario abismo gótico de hambre y acero. El desgastado sobretodo, guantes de piel de cabra y cordobés trataban de amainar el efecto de ráfagas que lograron colarse por las hendiduras de algunas ventanillas empañadas con un vaho lánguido. La escarcha, enraizada al endeble cristal, le permitía vislumbrar un mar de rescoldos, cubiertos parcialmente por sombras de agua, extraviadas en la memoria efímera de otro atardecer neoyorquino. Fatigado por la resaca de muchos años, sintió necesidad de satisfacer a plenitud esa terrible sed que el amor vehemente por la vida es capaz de provocar.

—¡Sí!, ¡sí! Embrutecerme hasta alcanzar el estado sublime. El momento pleno. ¿Por qué no? —dialogaba consigo mismo, humedeciendo sus labios resecos y enjugando la amplia frente cobriza con un pañuelo de seda—. ¡Las naos de China! —comenzó a recordar nostálgicamente a la Perla del Pacífico. Podía apreciarse desde aquella ubérrima cordillera, poblada con melenas bañadas de oro, y lluvia plateada que acariciaba a infinidad de seres mimetizados. En el vagabundeo profundo aparecieron caravanas de muleros, desfilando bajo un cielo diáfano y ardiente que intentaba penetrar grutas, barrancos húmedos e inmensos peñascales morados donde los tonos se protegían de cazadores furtivos. Un conjunto de hombres y bestias transportaba porcelanas, jarrones, estatuillas y cofres incrustados con marfil. Entre las veredas y caminos resguardadas por los orichas, percibía hileras de baúles y fardos repletos de jade, joyas, peines y peinetas; biombos, especias, bisutería fina, telas, esclavos, mantones, alfombras y grabados. En lontananza, continuó soñando con el agua turquesa-esmeralda. Todo, absolutamente todo, era cálido y afable.

                                                                             

II

Un cochero de ascendencia caribeña, apellidado Schomburg, condujo las caballerías hasta el borde de la amplia acera del edificio construido con bloques de piedra pulimentada, madera y ladrillo. El poeta se dirigió hacia el grupo de hispanohablantes ubicados bajo el sobrio arco de granito. Lola Rodríguez de Tío y su marido lo saludaron. Abrazó a Gonzalo de Quesada, quien le sujetó el antebrazo para presentarlo a José Julián Martí.

—¡Maestro!, es un verdadero honor conocerle —expresó Rubén. Las delgadas manos de Martí estrecharon con admiración la diestra regordeta de Darío. Ambas miradas se reconocieron en silencio. Al concluir la conferencia, se dirigieron hacia Harlem. Allá, explicaba Martí, nadie les negaría el acceso a convivir con decoro.

—¿Qué le parecen mis correspondencias? —inquirió Martí.

—“No hay sobre la tierra quien arriende mejor un período, y guíe una frase en un steeplechase vertiginoso, como usted: no hay quien tenga un troj de adjetivos como la suya, ni un tesoro de adverbios, ni una ménagerie de metáforas, ni un Tequendama verbal como el suyo”.

—Tiene usted razón. “El verso se improvisa, pero la prosa no; la prosa viene con los años. Mientras me quede un átomo de vida. Haré la prosa flor”. Mi propósito es diseminar ideas y educar al lector.

La elocuencia fluía en metáforas novedosas; la música y plástica eran combinadas en el tratamiento de varios temas. Las aguas del East River parecían reflejarse en los ojos de Rubén, atento a las sabias palabras que iluminaban el silencio.

—He tratado de que nada se me escape. Mis crónicas norteamericanas son testimonio que alerta a los países del sur para que no incurran en los mismos errores.

El encuentro duró unas cuantas horas, y Martí ya había decidido conceder a Darío su fuente de La Nación. La sorpresa del nicaragüense fue incontrolable, ya que, cada colaboración representaba el acceso a una respetable cantidad de dinero. Sin embargo e inesperadamente, sintió un escalofrío terrible en las partes más íntimas de su ser. Así viajaría a España para escribir de 1899 a 1900, las crónicas de España contemporánea: un alimón a destiempo con Martí.

 

III

—La Nación me ha enviado a Madrid a que diga la verdad, y no he de decir sino lo que en realidad observe y sienta.

—¡Claro que sí, hombre! —respondió el humilde y pulcro camarero manchego, cuyos dientes mostraban el paso implacable de la vida.

El crepúsculo permitía vislumbrar imágenes de cuerpos opacos que pretendían avasallar infructuosamente el inefable transcurso del tiempo. Olvidaban o quizá trataban de ignorar, meditó Darío, que el tiempo había sido ya el gran protagonista del Barroco. Un extraño trinar emanaba de las copas de árboles y aceras adyacentes. El zigzag irrumpió la calidez del refugio efímero. El rechinido y chispazos de tranvías se unían a los pasos y paseos de transeúntes y coches tirados por mulas o caballos famélicos que proseguían embadurnando las calles con heces fecales. La mezcla de chillidos, humo de cigarro, puros, vaivenes incontrolables y frenesí reaparecían por doquier. Las palomas alzaban el vuelo para resguardarse en balcones, terrazas, techumbres, pórticos, torres, huecos y fachadas incrustadas con ramas, hojas y retazos de El Imparcial, El Heraldo de Madrid, Alma Española y otros periódicos. Una lluvia de efluvios permeó la atmósfera del café, invadido asimismo por rostros taciturnos, acompañados de abrigos deslavados, trajes, sombreros y calzado heredados. La bohemia renacía alrededor de mesas de mármol, rodeadas por cristal abigarrado que translucía una soledad espantosa, equiparable a los cuadros de Ricardo Baroja, y las opiniones incisivas de su hermano, que hablaba como si estuviese poseído por fuerzas extrañas. La pérdida de las últimas colonias ultramarinas les dolía, y trataban de paliar el desastre con pláticas sobre corridas de toros, cantantes de moda o las bellas artes. Cada uno, a su manera, resentía la posibilidad de haber tenido una mayor oportunidad económica en el imaginario del ex imperio colonial que yacía humillado. Quizá, reflexionaban, esa angustia había motivado el suicidio de Ganivet. El Garbancero, vociferaban algunos, ¡sí que había sabido aprovecharse!

El poeta miraba el espectáculo sórdido, reflejado en varios espejos. Sabía muy bien que España lamentaba haber perdido el azúcar que contribuía a endulzar esos caracteres tan agrios. Pidió otra cerveza, e imaginó estar charlando aún con Martí. Sin embargo, la conversación fue interrumpida abruptamente por la presencia lejana de Sawa: blasfemando, como siempre, anticlericalismo.

—¡Me cago en Dios y la leche! —repetía la voz en incesante soliloquio, frente a una mesa del Barrio Latino de París. La figura desastrada se perdía en la oscuridad de los mismos callejones donde Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Wilde y otros solían embriagarse.

—¡Que te casas con mi Rosario, o te meto un tiro entre ceja y ceja! —insistió un segundo eco insolente.

—¿Caballero, gusta probar este aperitivo? —replicó el camarero.

—Sí, sí... muchas gracias. Y tenga la amabilidad de servir más consumiciones a los señores —reafirmó la mirada extraviada por otras geografías.

—¡Como usted ordene! —Valle-Inclán y sus corifeos brindaron alegremente.

No, no era fácil —pensaba entre sorbo y sorbo— deambular de país en país, con un talento a veces incomprensible. Recordó al joven precoz y melancólico que recorrió angustiado, con un cuadernillo en las manos, las calles de Santiago en busca de Azul. Desde entonces, ya auguraba la inmortalidad literaria. Había nacido con el don de la palabra y, aunque temblase el pulso, las crónicas tenían que publicarse. Estaba consciente de que las Prosas profanas lo habían consagrado, y provocaban envidia o reverencia entre dos generaciones de escritores que aceptaban gustosos las bebidas que el camarero continuaba sirviendo. ¡Ése era el verdadero valor del dinero! ¿Si no, para qué más lo necesitaba?, proseguía meditando. Se veía a sí mismo africano e indígena, expatriado. Fue despreciado en Chile, y percibía actitudes análogas por parte de Unamuno, Pío... ¿Qué tenía en común con la mayoría de ellos? Casi nada. Observaba a Juan Ramón: recién llegado para apoyar al Modernismo. No supo cómo, pero en aquel momento intuyó también la muerte de Mariano Miguel de Val. Sonrió, ya que él se iría antes. No obstante, deseaba regresar a París con el propósito de escribir más crónicas, y dirigir la revista Mundial.

Don Antonio hizo el intento de pagar más consumiciones y, al abrir su billetera, cayó al piso la imagen amarillenta de la Pilarica. Desde el fondo y al unísono, dos voces impusieron su tono agreste a la algarabía reinante.

—¡Dios, Patria y..! —el botellín se fragmentó estrepitosamente a los pies del cronista que intentaba defenderse con un bastón sólido. ¡Zas! —¡Pero qué... Hijo de..! —repetía Don Barbas de Chivo en los brazos de Villaespesa, atentísimo al cardenal creciente en la muñeca de su contertulio.

Las conversaciones, chillidos y bromas siguieron el curso acostumbrado. Los comensales continuaron entrando, o saliendo por calles aledañas a la Puerta del Sol. Casi todos, apresurados e indiferentes, echaban un vistazo al reloj, antes de desvanecerse bajo la tenue luz de las farolas húmedas y el escaparate de la librería San Martín. Allí moriría acribillado José Canalejas en 1912, después de padecer una enfermedad inexplicable, y haber revisado varias portadas de libros.