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Te están buscando matador

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Te lo habían dicho, pero tú no lo creías. Te vienen a buscar. Te llamó por teléfono uno de los pocos amigos que te quedaban en el edificio desde que salieron a buscarte. Pero tú, pobre incrédulo, nunca creíste que podía pasarte algo así. Las botas comenzaron a sonar desde el primer piso, más fuertes las del guardia nacional, de uniforme verde oliva, botas para marcar el compás y fusil ruso colgado del hombro. No se escuchaba otro ruido, el silencio había crecido poco a poco dentro de la compañía, las risas y el buen humor se hicieron sospechosos y el rumor, las voces al oído, las conversaciones en bajo tono, la sospecha de no saber quién te denunciaría, quién se metía a tu oficina sólo para saber lo que opinabas, tú que nunca callabas lo que pensabas, siempre rectilíneo, predecible, mordiste el anzuelo y te denunciaron, alguno que quería un cargo importante, estar en la buena con los nuevos jefes, ser el invitado exquisito de las reuniones secretas, y ya no había vuelta atrás. Tú que habías dado los mejores años de tu vida a la empresa, que varias veces fuiste reconocido por formar parte del mejor equipo para aumentar la producción, que pensaste que con sólo trabajar como un animal hacías el mejor aporte a tu país por todos los ingresos que llegaban, que llegaste a soñar con jubilarte para disfrutar de todos los esfuerzos. Allí vienen, los pasos se confunden con los latidos de tu corazón. Siempre pensando que no podía pasarte a ti, que vivías en el mejor país del mundo, donde nadie podía condenarte por tus pensamientos, que eso sólo pasaba en las películas de los nazis, las SS sacando de las fábricas a sus propios hermanos alemanes que no creían en Hitler, para que luego tomaran interminables vías de trenes, obligados a emigrar hacia otros países europeos o a tomar barcos hacia desconocidos continentes, para no dejar morir de hambre a sus familias, denunciados públicamente como traidores de la patria, enemigos del pueblo que era lo mismo que decir enemigos del Führer.

Escuchaste sonar la puerta del ascensor cuando se cerró en la planta baja porque nadie hablaba, el silencio era espeso, todos alrededor sabían que era a ti a quien iban a buscar, eras el último, ya se habían llevado a muchos, demasiado habías durado. Lo primero que pensaste fue en los morochos, apenas habían comenzado en la escuela privada y la casa y el carro se tragaban casi todo el dinero. Habías escuchado de otras personas expulsadas, sus comentarios de cómo la plata desaparecía de manera tan rápida, vendían su casa para vivir alquilados, trabajan en oficios que nunca se imaginaron realizar, chofer de taxi, buhonero, criador de pollos o cerdos en minúsculas granjas, después de haber estudiado tanto. Nadie les daba trabajo por miedo a no poder hacer negocios con el gobierno y hacer negocios con el gobierno era el mejor de los negocios en el país, a pesar de las comisiones, las invitaciones y regalos, los pagos de autobuses y mesadas de gente para mítines políticos. La subida del ascensor pareció durar una eternidad, un viaje en un agujero negro sin límites de tiempo, demasiado espacio para colgar los recuerdos, para buscarle miles de soluciones al futuro, ecuaciones diferenciales del odio, sumas algebraicas de la intolerancia, movimientos asintóticos del que da la vuelta al rostro para decir que todo esto es una mentira. Que la sagrada lista del diputado, entregada con toda la malicia imaginable por el consejo electoral, era sólo un invento para desprestigiar al líder.

Mary te lo había advertido, quedarse sin empleo no era una buena idea en aquel momento, después de aquel tratamiento para ella, que había reventado los límites del seguro, el seno extirpado y reconstruido, las terapias, los nervios, el pelo perdido, los malos momentos después de la quimio, hasta saber que ya estaba a salvo, y tenías que comentar, tenías que decir que aquello no iba bien, que no cuadraba por ningún lado con el sentido del humanismo y de la libertad. No podías callarte, hacer como otros sobrevivientes, simular, dejar hacer, preguntar dónde quieren que vaya para yo moverme, a quién quiere que aplauda, a quién quiere que insulte y vivir con una máscara.

Allí se abrió la puerta del ascensor en el piso donde tienes la oficina, vuelven a sonar los pasos. Péndulo de un reloj descompuesto. Tambor de hojalata de Günter reventando tus oídos, marcha de los verdugos por el pasillo de la prisión. Nadie más que ellos caminaba en el piso, no se escuchaba ni una tecla de los computadores, ni siquiera un celular sonaba, menos los teléfonos de oficina a los que casi todo el mundo pedía que no les llamaran porque monitoreaban cada palabra que no les cuadrara, que no caminara en el mismo sentido que ellos querían. Creíste escuchar a alguien llorando por ti pero sólo fue un rumor muy fugaz, un trazo ligero en el inextricable entramado de tu pensamiento momentáneo.

Llegan a la puerta y te piden que los acompañes. El guardia no habla, sólo está allí como símbolo del poder que llega hasta ti como imagen del terror. Te habla uno de los vigilantes, aquel que jugaba contigo futbolito en los torneos de la compañía y se burlaba entre risas de ti por lo mal que hacías los pases, pero hablaba y miraba al piso, no te miraba a los ojos, había un peso enorme también dentro de su cabeza. Tú les dices que vas a recoger tus cosas: libros personales, el pendrive, un viejo sweater y algunos papeles y diplomas. El otro vigilante, aquel que siempre te preguntaba que cuándo ibas a venderle la camioneta, dice algunas palabras en voz baja, que no comprendes, y el guardia le mira inquisitivo hasta que te dice claramente que no puedes recoger nada, que tienes que salir ahora mismo. Y allí dejaste todo, también quedó el retrato de Mary y los morochos, sonriendo los tres, mirándote desde el laminado espacio de algún tiempo feliz mientras sales por la puerta, detrás los tres extraños personajes de Kafka. El pasillo brillaba con una luz incandescente hasta la salida hacia el ascensor. Nadie salió para despedirse de ti y sonreíste, como aquellas veces que solías reírte de ti mismo cuando las cosas no salían bien. Recordaste al caminar con tus guardaespaldas aquella vieja canción de los Fabulosos Cadillacs, te están buscando matador, matador te están matando. Pero claro que no te iban a matar de aquella manera, sólo vinieron esta vez a sacarte hasta la puerta del edificio para que te diluyeras en la nada, en el vacío, si no te miran no existes, si no tienes espacio para hablar no eres absolutamente nadie, te perseguirán hasta las compañías privadas porque las amenazarán con quitarle los contratos si te emplean. Con alguna suerte conseguirás un trabajo en el extranjero y te largarás del país, y allí quedarán tus recuerdos, la familia que tanto quieres, los espacios inigualables, el mar, tu antiguo compañero, los viejos amigos que no encontrarás en otras tierras solitarias y que te seguirán recordando con aprecio, mientras los otros, con el odio sembrado hasta los tuétanos dirán: que se vayan todos a la mierda, que nos dejen tranquilos en el país, traidores de la patria, lacayos del imperio, otros que no puedes dejar de apreciar porque son de tu misma sangre.

Allí te dejan en la entrada del edificio. Indeciso, no sabes si ir directamente al estacionamiento y largarte de una sola vez o caminar un rato para ordenar los pensamientos, para ensamblar las palabras que le dirás a Mary al llegar a casa. Desde el penthouse del edificio detrás de la ventana con las persianas abiertas de par en par te mira desvariar en la acera del frente el presidente de la compañía. Con una mano sostiene el blackberry y con la otra se acaricia la gruesa cadena de oro entre la camisa abierta a la mitad del pecho mientras sonríe.

—Señor ministro, acabo de expulsar al último de la lista. Ahora mismo lo veo, sin rumbo fijo como todos ellos.

Desde el otro lado de la línea se escucha una diminuta voz que le dice:

—Usted es un patriota. Tenga por seguro que será gratificado en el próximo programa del comandante.