El escultor colombiano Héctor Lombana Piñeres, de 78 años, falleció este domingo 19 de octubre, por un paro cardiorrespiratorio, en Santa Marta (Magdalena), ciudad en donde dirigía la restauración de monumentos alusivos a la cultura tayrona. Lombana se encontraba desde la semana pasada en esa ciudad liderando además un proyecto con el alcalde Juan Pablo Díaz Granados, para la recuperación del camellón ubicado frente a la bahía.
El restaurador y asistente personal de Lombana, Oscar Noriega, contó que a las 10 de la mañana estaba con el maestro programando lo que serían las actividades a realizar el lunes 20. El escultor canceló entonces unas visitas, porque se sentía mal de salud. “De repente le entró una de las crisis respiratorias que le daban, y cuando lo llevaba a la clínica, murió en el carro”, dijo Noriega.
El asistente, quien calificó a Lombana como “un hombre desprendido de todo y un gran defensor del arte”, recordó que en los últimos años el artista sufría de ataques de asma, generados por los mismos químicos y productos que utilizaba en sus trabajos para restaurar, pero que nunca fueron obstáculos para frenar su obra. Quienes lo conocieron lo definen como un auténtico costeño, amable, conversador, amante de las mujeres a quienes consideraba como su musa de inspiración. “Un artista para poder producir debe estar rodeado de amor”, dijo en una entrevista.
Lombana dejó obras en todos los rincones de Colombia. Fue un artista prolífico, incansable, quien hasta las últimas horas de su vida estuvo pensado en proyectos artísticos para realizar. Padre de 16 hijos, su último matrimonio fue con la odontóloga bumanguesa Luz Estela López, quien arribó a Santa Marta en busca de sus restos mortales.
Había nacido en 1930 en Río Frío (Magdalena), donde desde temprana edad dio muestras de talento e interés en las bellas artes, ya que confecciona tallando en madera sus juguetes y los de sus numerosos hermanos. A los 4 años, elaboró —tallada en madera— “La cabeza de Simón Bolívar”. Doce años más tarde obtuvo su primer premio en la Feria Industrial y Artística, obteniendo una medalla de oro con su obra “La Creación” en el Noveno Salón de Arte Nacional, en Cartagena. Además obtuvo una beca para estudiar en España.
Dos años más tarde viajó a estudiar a ese país. Durante cerca de una década se convirtió en un bienandante del arte y realizó periplos por toda Europa. Permaneció en el viejo continente estudiando, paseando, conociendo, visitando museos y monumentos públicos, bibliotecas y lugares históricos. Fue asistente del escultor inglés Henry Moore de 1978 a 1980.
Regresó a Cartagena y, a petición de las autoridades, realizó un homenaje al célebre poeta costumbrista Luis Carlos López. Basado en el soneto “A mi ciudad nativa”, el escultor, con novedoso y sorprendente ingenio, le dio vida al que ha de convertirse en su sello personal e ícono de la ciudad dueña de sus afectos: “Los zapatos viejos”.
En 1960 realizó la inmortal escultura “La India Catalina”, como trofeo para el primer Festival Internacional de Cine de Cartagena y que después de 10 años se transformó en monumento público. Es uno de los fundadores de la escuela de bellas artes del corralito de piedra.
Decenas de obras del artista colombiano —que junto a Fernando Botero y Édgar Negret son considerados los más importantes escultores de su país— se encuentran en numerosas colecciones privadas y museos de Colombia, Europa y Estados Unidos. Su último sueño fue la realización del “Monumento a la Justicia”, como recuerdo a los inmolados en la primera plaza de Colombia.
Fuente: El Tiempo