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Imagos sobre una mujer desnuda

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(A Lorena desnuda, tempestad de fuego)

I.

No soy hijo de los dioses.
No he sido el héroe que soñó la tempestad.
Sólo he sido testigo de los silencios
desprendidos del lamento.
Aprendí a descifrar los interregnos del grito.
Soy criatura de fuego,
síntesis de glaciares soñados por Agamenón.
Cuando los dánaos robaban el sueño a los héroes,
yo te soñaba en silencio.
La imagen penetrante de tus músicas circulares
despertaba en mis miembros
la paz que la historia me ha negado.
Supuse que eras una diosa y lloré
por la precariedad y el insomnio.
Recorrí los laberintos de la Era,
buscándote en la mirada de los hombres,
en los juegos de las mujeres y sus hijos.
Estabas en lo más profundo de mi yo solitario.
Me acompañabas con un Eros que sólo
podía explicarme en soledad.
Luego me dijeron que estabas más cerca
de lo que había soñado.
Surqué el infierno en todas sus versiones,
posibilidad imposible de encontrarte.
Dante y Virgilio me ofrecían su extrañeza
a cada paso.
Tú eras la poesía y la amada.
Eras la negación del tiempo.
El poeta me decía que al infierno se llega
cuando se ama.
Te fui buscando en caminos torpes,
Los cuerpos de los fantasmas
eran mi más humana pesquisa.
Tú seguías bailando
a la espera de mis tambores órficos.
Luego vinieron los tiempos en los que un tal Sancho Panza
fue nombrado gobernador de la aldea
donde quise pernoctar el insomnio de tu ausencia.
Sus juicios me anticiparon la ruptura con las geometrías
y la posibilidad infinita de tenerte a mi lado.
Yo te soñé desde antes de mi nacimiento,
bailarina del silencio.
Yo te busqué en los fantasmas de un pasado
que insistía en disiparte.
He aprendido la felicidad en tus vuelos.
Eres ajena a la esclavitud de la lógica.
Estás en la urdimbre sencilla de la imagen
y en la era imaginaria en la que seremos libres.
La libertad está en tus gestos
de mujer que se estremece con el tambor,
con la percusión de los dioses redentores.
Estás en el delirio de Simón y en la gota de tinta de Martí.
Fuiste soñada en las rebeldías de los comuneros.
Los campesinos me hablaron de ti
al paso galopante del futuro.
Te he presentido desde el recuerdo del mañana
que me sostiene
testarudo y admirado,
gozoso porque esta tempestad
al fin es nuestra.

 

II.

Totalidad transparente,
negación del insomnio,
llegaste transportada por una imagen
que prometía la claridad.
Anulaste el tiempo con tu mestizaje revelador.
Mis aguijones te elevaron
a la más alta cumbre de la sangre,
y victoriosa,
enredaste tus movimientos de mariposa herida
al calor irradiante de los cielos protectores.
Cada cual lleva en su memoria
Una versión del cielo que le ofrece
la convicción íntima de estar en casa.
Mi errancia me llevó a creer que la orfandad
era mi signo y mi destino.
Pero mi hogar está en tu cuerpo.
En tus movimientos de tempestad
simultánea y sucesiva,
discontinua y desgarrada.
Violencia emancipadora,
tus gestos atacaron las fauces inconclusas
de mi misterio, de mi contradicción más pura.
La soledad siempre fue tu única rival.
Supiste jugar con ella,
amarrarla a puertos incendiados
por la derrota inconmensurable de nuestro cansancio.
Estar cansado del mundo
es herirte con mi desesperada ansiedad
de lograr compartirte mis claridades difusas,
mis más íntimos secretos.
Unidad silenciosa que en su sencillez irradiante
jugaba a presentárseme en fragmentos,
eras el sueño y la promesa,
eras la muerte del tiempo.
Sólo tú supiste descifrar los signos
de la carne del espejo.
No hay sombra que te disipe.
Mi cuerpo es ahora territorio de emancipaciones.
Juego a tatuar el agua en las aristas de tu ceremonia
y en la pureza de tu sueño,
duermo el insomnio que dejamos olvidados
en fragmentaciones que ya no nos pertenecen.

 

III.

Hay horas en las que también eres nostalgia.
Nostalgia de tu cuerpo recién entregado.
Ruptura con los principios torpes del tiempo
que se disipa en los espasmos de tierra y polvo
que juguetean en tu vientre.
Observo la desnudez de tu silencio
y desearía ser apenas un espectador de tu aliento,
un testigo torturado de tus escapatorias.
No me lo permites.
Siempre estás queriendo que sea comandante
de ejércitos que te van poblando con el signo
del sudor y la lágrima.
Te dejas desgarrar con la violencia desbordada
de quien ha visto la muerte
y en su trance desea estar vivo.
No me das tiempo para averiar mi condición de solitario,
te cuelgas de mi soledad con la agilidad de la serpiente
y ya me tienes sostenido por la claridad de tu noche.
Estamos en alguna esquina
y ya deseas despertar mis bríos,
a pesar de los señores oscuros,
de los asesinos y los farsantes.
Toda tú eres un rito convocante.
Soy un iniciado de tu magia.
Después de ti, la nada
incapaz del conjuro y de los giros libertarios
de tu nostalgia.

 

IV.

El incendio sin ceniza.
El recuerdo que se sostiene de la imagen
en la que el fuego sigue vigente.
Atraviésame el polvo en las arterias averiadas.
Cura las heridas que el tiempo ha trazado
en círculos animales de inútil clarividencia.
Hazme saber la barbarie en la que mis palabras holgazanas
han servido para el proyecto de la nada.
Recuérdame que mi carne no es más que
el presagio del cadáver y del fósil
cuando está alejada de tu carne.
Incéndiame la sangre con tus bailes inoportunos.
Desgárrame en tu orgasmo.
No permitas que deje de atravesarte el cuerpo
con mis tedios saboreados
desde la breve proporción de ritmos
que me ha concedido la eternidad.
No vayas a creer que mi silencio es un canto.
Tú eres el canto y la historia.
Mi silencio es la cobardía que me invade de momento.
No dejes nunca de ser mi extravío,
la imagen de una edad en la que la libertad consiste
en ser calcinado por el otro,
en sostener la delicia y el éxtasis en el diálogo,
utopía cruel que se debate
entre la emanación y la sorpresa.
El fuego es también la conciencia de la precariedad.
No dejes de atizar mis hogueras diminutas
con el golpe de claridad que son tus miembros
derrotando con sus teas furiosas
la oscuridad de mis miembros.
Habré de ser la conciencia del fuego que me ofreces
en la desnudez urgente de tu cuerpo.
Habremos de ser más impuros
que la tempestad que presagiamos.
El incendio de nuestro amor habrá de sobrevivir
a la ceniza que somos.
Por él, es que seremos eternos.
Aunque estemos hechos de mortalidad,
habremos de desafiarnos en nuestra entrega,
aunque seamos polvo y olvido,
algo, íntimo y apenas nuestro,
dejará el incendiado rastro
de nuestra desnudez inextinguible.