Letras
Desde arriba

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No hagas eso, me da pena, le dije. Ulises sonrió. Nunca había tenido problemas para deshacerse de las cosas viejas. Para mí, sin embargo, no resultó tan fácil. Debe ser ese tonto afecto que uno va tomándole a lo inservible, a tanta cosa inútil a las que sin querer nos acostumbramos.

Ulises es mi hermano.

Ulises y yo fuimos criados por nuestros abuelos. Un buen día papá y mamá se fueron a Europa, de segunda luna de miel dijeron, y nunca más supimos de ellos. Supongo que a estas alturas ya deben tener residencia selenita. Por esa razón crecimos con Zoraida y Enrique, mis abuelos. Mi abuelo Enrique era un tipo muy agrio, un árbol viejo, cansado, de esos que no dan flores ni echan sombra; mi abuela Zoraida, una viejita llena de arrugas, de huesos contrahechos y manchas en la piel, sin encantos. Nunca nos engrieron, por lo menos a mí jamás me regalaron una caricia. Con Ulises en cambio demostraron alguna debilidad. Una vez incluso, el abuelo le hizo un regalo. Ahí creo que empezó todo. Se trató de un camión de bomberos, de esos con sirena y escaleras, de los que funcionan a pilas y cuando chocan retroceden para enmendar su rumbo. Supongo que Ulises, niño aún, apenas de cuatro años, se sorprendió al ver el regalo. Recuerdo que lo miró, deshizo fundas y cajas y lo tomó inmutable entre sus manos. Fue la primera vez que vi sonreír al abuelo, la última también. Ulises tomó el auto en sus manitos y asomando por el balcón de la terraza (vivíamos en el piso catorce de un edificio de Miraflores) lo dejó caer. Un sol rojo en caída libre, certero, vertiginoso, radiante. El abuelo no lo entendió. En un inicio yo tampoco. Supuse que se había tratado de un accidente, un resbalón, un mal movimiento entre sus manos. No fue así. Su rostro, ajeno y satisfecho, negó esa posibilidad. Había sido adrede. Sintió placer, lo noté, y confieso que yo también lo sentí. Un desconocido e inevitable placer que acompañó al camioncito de bomberos en su primera y última travesía. Ya destrozado, en mil pedazos, puntitos rojos sobre la acera, poco nos importó su destino. Los dos, sin embargo, disfrutamos de esa caída libre. Ulises dibujó una risa laxa, de éxito, de paz interior. Supongo que yo practiqué una igual.

Nunca más mi abuelo nos regaló nada.

Desde esa vez, por no contrariarlo, evitamos soltar cosas desde la terraza. Por lo menos cosas nuevas. La verdad es que queríamos al viejo. De no ser por eso, Ulises y yo hubiésemos dejado caer tantas cosas... Eran deseos incontrolables. A veces nos mirábamos a escondidas y con señas muy nuestras, movimientos de cejas, de labios, señalábamos los ceniceros o las vajillas recién compradas. Pero no cedíamos a la tentación. ¡Es tan cruel vivir reprimido! Y no lo hacíamos por el abuelo. Desde que sucedió lo del camioncito de bomberos, nos quedó claro que no podíamos deshacernos de los objetos nuevos sin razón alguna; como si no tuvieran sentido, como si no costaran dinero.

Un día, Ulises y yo decidimos empezar a lanzar objetos a espaldas del abuelo. Cosas viejas, inútiles, esas que nadie extraña. Soltábamos mamilas olvidadas, frascos usados de colonia, zapatos inservibles. Nadie lo notaba. Era placentero dejar caer algo desde esa altura, la verticalidad imperfecta, esa extraña línea tergiversada por el viento, el destello multicolor del impacto seco contra el cemento. Fue así que empezamos a deshacernos de un sinfín de vejestorios de la casa.

 

Un domingo el abuelo murió. Ya sufría mucho y se le veía permanentemente malhumorado. Su ausencia nos dio mayor libertad. Ulises y yo éramos adolescentes y ya dejábamos caer desde la terraza cosas de mayor volumen. Como en todo arte, la perfección se alcanza progresivamente. Primero sartenes, planchas, el extractor de jugos, luego sillas, equipos de radio, un televisor en blanco y negro, viejo, viejo, viejo. Ulises dejaba caer lo más pesado, yo por mi contextura, me encargaba de las cosas ligeras. Memorables tardes en el balcón, los objetos empequeñeciendo, silbando en su lejanía, fuegos artificiales al contacto con la acera. Algunos vecinos no supieron entendernos. Cierta vez un policía se apareció en la casa. Venía acompañado de un anciano que aseguraba haber visto caer a menos de un metro suyo un colchón de dos plazas y una descolorida mesa de noche. Incluso presentó una denuncia en la comisaría. No le hicieron caso. Viejo loco, pensaron. Y es que nosotros, por supuesto, negamos todo. Y no sólo nosotros, la abuela también lo negó todo. Pobre abuela. Ya estaba ciega y sorda y no se enteraba de nada. Aun así siempre estuvo de nuestro lado. Creía firmemente en sus nietos, en especial en Ulises, su preferido. En ese sentido tuvimos suerte. Quizá por eso me encariñé tanto con la vieja. Siempre confió en nosotros. Siempre. Incluso cuando Ulises la llevó cargada a la terraza. A tomar sol, le alcanzó a decir.