Letras
No somos impermeables

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Una noche andando por la ciudad, las luces atravesadas por la lluvia y mi mente distorsionada por una mirada...

 

—Todo lo que tengo en el bolsillo son cinco mil pesos —le digo al taxista.

—Yo lo acerco lo que más pueda —responde secamente—. Después permanece un largo rato en silencio.

 

Lo primero que vi fueron sus ojos. Yo sabía que la iba a reconocer por ellos y no por otra cosa. Estaba seguro que eran hermosos por sus fotografías, pero si te digo la verdad, no había belleza comparable a ver esa mirada en un ambiente real. Eran de esos ojos verdes que nunca dejas de ver ni cuando duermes.

 

—Es usted actor, ¿no es cierto? —pregunta el hombre.

—Antes. Ahora soy comerciante —respondo.

—Es que a mí esposa usted le gustaba.

—¿Quiere un autógrafo?

El hombre me observa con seriedad a través del retrovisor y añade:

—Le gustaba como hombre, no como actor, ¿entiende? Eso cabrea a cualquier esposo.

—Es sólo eso que llaman sex appeal de la fama. Como ve soy un tipo bastante normal.

Sonríe sarcásticamente, con desprecio, casi como si me odiara. Expele maldad por cada uno de sus poros.

—Siempre quise encontrármelo. A solas. Decirle que toda la vida me he sentido jodido por gente como usted —continúa.

—Si quiere me bajo en esta misma esquina —le digo nerviosamente.

Me muestra sus dientes inmundos y vuelve a callar. Tiene un aspecto grasoso, rechoncho y repulsivo. Sus feromonas deben ser usadas como repelente para insectos.

 

Las personas son elementos de nuestra soledad. No quería incomodarla mirándola muy fijamente, sólo deseaba guardar esa perfección con claridad en mi memoria, porque por mucho tenía una hora. Sólo ese tiempo podía darme. Después vendría su olvido y mi eternidad. Nos saludamos y me presenté con el nombre de uno de los personajes que había interpretado en una novela. Quise no ser yo para permanecer siempre en ella. No sé cómo más explicarlo; yo mismo no lo comprendo muy bien. La invité a un café.

 

El hombre conduce por la avenida del río. Alrededor, calles solitarias y empantanadas por una lluvia pretenciosa. El susurro de una melodía conocida suena en la radio del taxi y el chofer comienza a tatarearla. Sé que me lleva hacia la muerte, pero aun así, no puedo dejar de pensar en Amanda. Siento una total falta de determinación, y hasta el acto de defenderme me parece vano en este instante.

 

A un sorbo de finalizar nuestras tazas, acerqué mis ojos tímidamente a los suyos, deseando que ese instante jamás terminara. Le dije, sin pronunciar palabra, que creía en el amor aunque ya nunca nos encontráramos, y a pesar de no haberme preguntado si lo creía. Una intensa lluvia caía, así que tomamos un taxi hacia su casa. Permanecimos mudos casi todo el trayecto, tan sólo abriendo nuestros labios para agradecernos mutuamente el gusto de habernos conocido. El taxi se detuvo, me dio un fugaz beso en la mejilla, y dijo que algún día nos hablaríamos. Yo tenía la seguridad que lo decía por cortesía. Y yo sabía que era ella desde que vi sus ojos. Ella no me reconoció, pero era yo. Vi que en el bolsillo me quedaba poco dinero.

 

Siento que llevo en este taxi horas interminables cuando veo casas, aceras y edificios conocidos. Entonces el chofer detiene la marcha a sólo dos cuadras de mi destino.

—Puedo traerlo hasta aquí por el dinero que tiene.

Le entrego el billete, pero cuando voy a descender me agarra bruscamente del brazo derecho. Me mira fijamente y sentencia:

—Pero al fin y al cabo hasta un hombre como usted está jodido. Esa mujer no le corresponde.

Al finalizar la frase me suelta el brazo y arranca. Quedo solitario empapándome bajo la suavidad del agua. Doy media vuelta y camino a casa.