Abrir un libro supone algo así como abrir una puerta y entrar en una habitación en la que intuimos algo, una percepción a través de las señales que nos van dando. Abriendo el nuevo libro de Édgar Borges, atendiendo a su título y leyendo las primeras páginas, podemos tener la sensación de que se trata de una novela negra o policíaca. Tenemos los ingredientes clásicos del género: una muerte, dos inspectores de policía que investigan, un escenario donde comienzan a entrevistar a personas relacionadas con el caso. Con un poco de imaginación podríamos recrear una escena fílmica de ese interrogatorio, de dos policías, del salón, de los interrogados. Sin embargo, muy pronto, esta idea, aunque se mantenga, se nos empieza a antojar extraña, pues asistimos a una serie de recovecos que parecen buscar el confundirnos, se diría que el autor juega al despiste. O quizá que atendiendo a una canónica denominación de que hay novelistas de método, que a la hora de escribir lo tienen ya todo perfectamente planificado y la narración consiste en seguir un camino trazado en el mapa, a los que desde luego Édgar Borges no pertenecería, sino más a los segundos, a los que se embarcan en un viaje con la solitaria compañía de una brújula. Así, cuando hemos pasado unas pocas páginas, atravesamos las fronteras de un supuesto género para ir a otro lugar. ¿Hacia dónde? Después de haber leído el libro en dos ocasiones, me es difícil definirlo, sobre todo si se trata de hacer escuetamente, y esto no es una descalificación de la novela, sino al contrario. Existen novelas que necesitan más de una lectura, podría haber dos, tres, cuatro... podría fragmentarse y leerse por partes, y todas (las partes) nos dirían algo, pues estamos ante una obra que, a modo de la Rayuela de Cortázar, podríamos penetrar por una cueva y tendríamos la salida a un lugar diferente.
Nos encontramos ante una historia: la muerte o asesinato de una mujer, que sólo es un pretexto para abrir puertas a otras historias, para dar vueltas a la misma, ensimismados, realizándonos preguntas que sirven para abrir más interrogantes. Más que ante una novela negra nos encontramos ante un género que sería el género pretexto (ya varios críticos han definido la novela de Édgar Borges con este calificativo), pues bajo los esquemas de lo negro se nos transporta a una serie de sensaciones, de lecturas, de vivencias, de esa literatura muy difícil de conseguir, que no depende tanto de la trama, del suspense, ni siquiera de verosimilitud de la historia que nos están contando, sino que se trata de un puzzle cuyas piezas encajan un tanto de manera anárquica. Nos encontramos ante una de esas lecturas que no nos son indiferentes, nos provocan, nos perturban, también provocan nuestra sonrisa, aunque no sepamos muy bien la causa de esas reacciones.
Tenemos en nuestras manos una novela metaliteraria, en el sentido de que habla de la literatura como ejercicio de creación, de admiración y, ante todo, uniendo vida y literatura. Desde una biblioteca (situada en el apartamento de la familia de la muerta) que tiene mucho de imaginaria, aunque sea real, esa biblioteca de Alejandría de la que hablase Jorge Luis Borges. Así, de esa forma, van cayendo libros, a veces en el sentido más literal del término, nos encontramos con autores más o menos conocidos, vivos o muertos, que, con sus escritos, se convierten en una parte más de la trama y de la vida de los personajes, y cuya presencia no es casual ni complementaria, ni tampoco un ejercicio de erudición, sino que son pequeñas cajas que van componiendo una parte de la trama narrativa. Pero no se queda ahí la presencia metaliteraria, nos la encontramos en la propia muerta y en sus descendientes, que de alguna forma se convierten en autores, que crean la vida y la muerte de su propia madre, como una obra en la participa la propia fallecida, pero no tenemos claro si confundiéndose con las miradas de sus hijos. Porque en un momento dado nos percatamos de que hemos partido de la realidad, pero no tenemos claro si hemos pasado a lo fantástico, a alguna forma de surrealismo, o bien estamos ante una realidad extremada. El cruce de textos nos llega a producir un estado de confusión, de gozosa confusión, pues pienso que en la lectura es a veces bueno perderse, incluso no entender, porque en los ambientes abstractos, enmarañados, vamos más allá de lo que alcanzamos a ver con la altura de nuestros ojos, que suele ser una visión muy limitada. Y en esa mezcla de realidad e irrealidad, tenemos dos ejes que forman parte de la compleja textura de la novela. Una es la forma en que miramos a los demás, cómo cada cual va dibujando a la persona ajena en base a sus propias percepciones, según los contextos vitales que cada uno es capaz de crear, de la alteridad que establecemos con el otro. De esa forma vamos construyendo a la persona sobre la persona realmente existente. Ocurre en la novela cuando hablan de la madre sus dos hijos y descubrimos que existe una distancia de una madre a la otra, aunque ésta sea la misma. A modo de Rashomon, esa película donde diversos personajes nos cuentan una misma pelea, pero con historias bastante diferentes, que parten del tiempo en que la han visto, así como la participación en la misma. La novela, una y otra vez, nos hace plantearnos una pregunta: ¿cuál es la verdad? Porque, si bien es cierto que, ante un crimen, debería existir una sola verdad, en este caso: la madre, una muerte, esa verdad depende de los conocimientos y de la visión que hayamos tenido de la misma.
Derivando de esas visiones y engarzada a la misma vamos hacia el otro eje temático, lo que podríamos llamar el conflicto que subyace debajo de la novela, que es la maternidad, la Pacha Mama en cuerpo de mujer. Nos encontramos con que la madre, supuestamente asesinada o muerta, va adquiriendo un carácter globalizador y dominante, porque en definitiva es algo tan sencillo y globalizador como la propia vida. Es una madre heterodoxa, capaz de reunir en un mismo ser múltiples personalidades, tanto que, más que ante un personaje único, nos encontramos con la temática de la madre y todo a lo que ella nos une, ese cordón umbilical que articula y desarticula nuestras conexiones vitales, para el que no siempre tenemos una explicación situada en el campo de la lógica.
La madre de nuestra historia se convierte en un envoltorio, como si las paredes del útero materno no desaparecieran en el momento del nacimiento y siguieran existiendo a modo de paredes invisibles que nos protegen del mundo exterior al mismo tiempo que configuramos nuestra visión de ellas. Se diría, incluso, que ese cordón umbilical forma una parte de nuestro ser junto a nuestras ideas, a nuestra moral, configura una parte de nuestra cosmovisión. Así lentamente vamos a llegar al final, un final en el que no encontramos respuestas a la interrogante que lleva la novela por título, pero creo que sinceramente a esas alturas quizá sea lo menos no saber, es si la madre ha sido asesinada, si ha fallecido de muerte natural, si continúa viva o si ha existido realmente. Porque todas las preguntas caben, pues, como dice Andreu Martín en el prólogo: “No se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas”. Una novela a la que invito a entrar en la seguridad, o en la amplia posibilidad, de que es posible perderse, es más, es necesario perderse para recorrer este gozoso laberinto, aunque al final quizá lo que nos volvamos a encontrar sea otro laberinto.