Pretendemos llevar una lectura a las novelas La culpa (1966), de Margarita Aguirre, y La mujer de sal (1965), de María Elena Gertner, a través de la idea de desposesión, es decir, situamos en las protagonistas el problema de la identidad que se construye a través de una limitante que es desposeer el cuerpo. Desposeer entendido como el acto de privar a alguien de lo que poseía.
Pensar el problema del cuerpo en los textos nos remite a ideas de Bourdieu desarrolladas en La dominación masculina (2000) donde la división entre los sexos se ha situado en el orden de las cosas y es visto como lo natural, normal e inevitable, de esta manera nos hemos construido en oposiciones donde el principio masculino es la medida de todo y lo femenino ha quedado inscrito como un sujeto minoritario, de no poder a través de estructuras de dominación que son el producto de un trabajo histórico.
Y las mismas mujeres aplican a cualquier realidad y en especial, a las relaciones de poder en las que están atrapadas, unos esquemas mentales que son el producto de la asimilación de estas relaciones de poder y que se explican en las oposiciones fundadoras del orden simbólico (Bourdieu, 2000; 49).
Simone de Beauvoir, en el texto El segundo sexo (2007), reflexiona en torno a qué significa ser mujer, encontrando en la respuesta el trabajo desarrollado históricamente por el hombre. La mujer se determina y se diferencia con relación al hombre y no éste con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. Él es el Sujeto, él es lo Absoluto; ella es lo Otro (Beauvoir, 2007; 18).
En esta situación la mujer ha sido relegada al espacio privado, lo doméstico, el hogar es su palacio, ella es la reina de un lugar que la oprime y que ha imposibilitado su escena en lo público. En este territorio entonces vemos fijado el puesto de la mujer, un puesto asignado que carece de cualquier decisión o cuestionamiento ya que permite el orden de las cosas, que es el orden de la familia, donde el mundo siempre ha pertenecido a los varones (Beauvoir, 2007; 63).
El orden simbólico traspasa la lectura, se hace por ello conflictivo leer un texto e intentar situarse en un lugar que permita nuevas interpretaciones.
Pedir a una mujer que lea como una mujer es, de hecho, un requerimiento doble o dividido. Atiende a la condición de mujer como algo dado y simultáneamente reclama que esa condición sea creada o alcanzada. Leer como una mujer es una posición teórica, dado que refiere a una identidad sexual definida como esencial y privilegia las experiencias asociadas con esa identidad (Jonathan Culler, 1984; 49).
Intento en este ensayo producir sentidos de lectura en torno al cuerpo de las mujeres representadas en los textos y a través de ello reflexionar en torno a las prácticas que movilizan su actuar y que limitan sus posibilidades de tomar una existencia que escape al orden patriarcal. Para José Beriain en el patriarcado y su simbólica, patriarcado significa una estructura psicosocial en la que un imaginario central de carácter arquetípico —nombre del padre— sobredetermina las relaciones sociales a la manera de fundamento o ley (Beriain, 1990; 169).
La culpa, de Margarita Aguirre. La genealogía en los cuerpos de Carolina, Melania y Marta
Pensar una lectura a través de estos personajes que surgen desde un fundo llamado El Recuerdo me permite movilizar este acto como esencial en la vida de las protagonistas. Tomaremos entonces el recuerdo como la marca que permite identificar la desposesión del cuerpo en la novela.
Carolina, la mujer que representa el eterno femenino toma su existencia en el matrimonio, sabemos que el texto nos sitúa en el orden de la hacienda, un lugar que destina a la mujer a criar a los hijos en el espacio privado para que el hombre productor pueda llevar el sustento. Entonces tomaremos el matrimonio y la maternidad como las acciones que delimitan su cuerpo, el que existe y se justifica para los otros y en ningún sentido para ella.
Los cuerpos no sólo tienden a indicar un mundo que está más allá de ellos mismos; ese movimiento que supera sus propios límites, un movimiento fronterizo en sí mismo, parece ser imprescindible para establecer lo que los cuerpos son (Butler, Judith, 2002; 11).
El matrimonio es el destino social y tradicional de la mujer, Carolina obedece a su destino y en este hecho comienza a presentarse la desposesión de su cuerpo. Esta mujer representada en el texto, abandona cualquier posibilidad de decisión y se entrega de forma pasiva a los requerimientos de la historia.
En Carolina Madariaga, ama de casa, todo su ser respondía a funciones que se desarrollan por sí solas, pero movidas por el influjo de su imponente figura. Era todo: el marido, los hijos la servidumbre, la casa. Nada giraba en torno a ella, pero hacia donde iba arrastraba un mundo sólido, definitivo (Aguirre, 1966; 13).
Y los veinte años de vida conyugal borraban toda vida anterior. A veces le parecía que siempre había vivido en “El Recuerdo” (Aguirre, 1966; 15).
Su verdadera vida comenzó entonces y el recio aprendizaje de las buenas costumbres lo recibió de su suegra... (Aguirre, 1966; 17).
Carolina es tomada por su padre y entregada a un nuevo amo, su esposo la posee para los fines de orden y reproducción, no encontramos entonces proyectos o acciones que le permitan discutir estas normas que han sido naturalmente asignadas. Su cuerpo no le pertenece porque está relegado a los otros, ellos justifican su existencia y le permiten pensar su cuerpo desde el recuerdo que es presentado en ella como una añoranza de lo no vivido.
El matrimonio es entonces un aprisionamiento normal del cuerpo de la mujer, una exigencia social que permite mantener el orden masculino a través de la descendencia donde, en cuanto a la reproducción, como señala Judith Butler (2000), la mujer aporta la materia y el hombre la forma.
El matrimonio entonces es la primera privación de la que Carolina es partícipe. Su cuerpo no exige deseos y se anula para cumplir con el ejemplo de vida cristiana impuesto por la tradición y el espacio social donde ella se desenvuelve. La sexualidad será entonces una pregunta obstruida para ella y se presentará sólo para cumplir con la “bendición” que se ha otorgado a la mujer, su capacidad de reproducción, la maternidad.
La familia exige que la madre exista para solventar sus deseos, Carolina puede ser nombrada ya que es madre, sus hijos son la marca necesaria para que su cuerpo pueda significar.
Si bien de una mujer no se puede decir lo que es (so pena de abolir su diferencia), tal vez no ocurra lo mismo con la madre, dado que ésta es la única función del “otro sexo” a la que podemos atribuir, con absoluta seguridad, una existencia (Kristeva, 1993; 209).
La madre entonces vendrá a apoderarse del cuerpo de Carolina, ella pasará a ser un sujeto universal y tradicionalmente instituido, abandonando sus posibilidades de nombrarse como sujeto particular, su cuerpo entonces le ha sido arrebatado para ser entregado a roles “naturales” que existen pero que no nombran la experiencia.
La descendencia de Carolina representada a través de Melania acentúa esta desposesión que afecta al cuerpo de los personajes analizados. La hija de esta familia tradicional no logra descubrir su cuerpo dentro de la narración. Ella se ve arrebatada y su existencia se ve cortada por una culpabilidad inherente a ella. La violación de la que la niña es víctima dificulta el honor del padre, por ello es cortada de raíz. El recuerdo confuso, el dolor de su sexualidad y el hijo huacho no pertenecen a la tradición familiar, representan una falta grave para la reputación de la familia y por esto leemos las marcas de su cuerpo en la violencia que la afecta y de la que es pasivamente protagonista, ella no se posee, no se descubre y es descubierta y castigada por el orden del padre.
Le apretaba las piernas por los muslos. Ella iba a gritar. Él puso la mano sobre su boca antes de que el estremecimiento del grito saliera por su garganta. Pesadamente dejó caer sobre ella todo el cuerpo. Pateó sus delgadas piernas. Le desgarró la ropa. Se abandonó Melania vencida. Brutalmente le abrió las piernas y ella sintió la quemadura del dolor, entre la inconsciencia del abatimiento y la mano salvaje que le hundía el rostro a la tierra, a las hierbas, a sus vestidos desarbolados (Aguirre, 1966; 28).
—¡Puta de mierda! —dijo Juan Ramón a su hija, derribándola de un golpe.
Y completamente enceguecido por una ira volcánica, siguió pateando y golpeando el pequeño e indefenso cuerpo de Melania sobre la estera que cubría las baldosas del escritorio.
—¡Puta de mierda! ¡A mí pasarme esto! (Aguirre, 1966; 53).
Leemos entonces un cuerpo negado para sí y utilizado y castigado por el poder masculino, la violencia ejercida por los hombres no merece justificaciones, ni recriminaciones puesto que siempre han sido ellos quienes han tenido en sus manos la suerte de la mujer, y nunca han decidido en función de su interés, sino que siempre han tenido en cuenta sus propios proyectos, sus temores y sus necesidades (Beauvoir, 2007; 125).
La figura de Marta aparece en el texto para preguntar por su existencia, ella trae y hace presente el recuerdo de Melania. Lo que la tradición ha ocultado es para este personaje un cuestionamiento de su presente. El conflicto nuevamente se presenta en la imposibilidad de producir cambios moviéndose dentro del orden de su clase y de la educación que ha recibido. Nos encontramos con un desconocimiento del cuerpo, Marta es espectadora de las utilidades de su existencia, se entrega con temor a la experiencia erótica donde, en palabras de Beauvoir, hay un carácter imprevisto y brutal y siempre constituye un acontecimiento nuevo que crea una ruptura con el pasado (Beauvoir, 2007; 312).
Marta comete una infracción al relacionarse con un hombre que no pertenece a las normas, un personaje que busca ocultarse porque está fuera de la ley, además es un simple profesor y está casado, por ello Marta traerá la marca de su pecado, el embarazo la condena al desprecio de la familia, se unirá a Melania y desde aquí proyecta en el hijo todas sus posibilidades de felicidad. El hijo entonces posee a la madre, transforma su cuerpo y no deja espacio a la pregunta por una existencia propia.
Las marcas del pecado en la infracción cometida por Marta, determinan su existencia, si bien podemos observar que ella provoca cambios como los elementos vistos a través de la historia de Santos Pereira, “el huacho”, ella es aprisionada por el recuerdo de Juan González, de esta manera las marcas de su cuerpo irán afectando sus pensamientos. Marta es castigada, la descendencia de Carolina y Melania queda recluida a la locura. La mujer que busca irrumpir un nuevo espacio, destapar la historia que ha sido cortada por el padre, es brutalmente asesinada y desde allí su voz queda silenciada.
Las ascendientes de La culpa están marcadas por desposeer su cuerpo. Carolina comienza a existir en el matrimonio y la maternidad. Su vida se estructura en el servicio a los otros y ello mismo limita sus posibilidades de quebrar el orden imperante. Melania viene a reforzar la idea de que la mujer esta situada desde siempre en un lugar minoritario, ella debe asumir la culpa porque es inherente a su sexo y las agresiones de las que es víctima no necesitan justificaciones porque están hechas bajo el orden de la historia. Marta, que intenta quebrar algunas normas, se moverá siempre dentro del orden masculino, su cuerpo en busca de deseo será violentado, el hijo será su proyecto de cambio pero será imposibilitada de vislumbrar cualquier ruptura concreta, llegará al espacio de la locura que sería el único territorio que podría representar un nuevo sitio para que ella se pensara, pero es silenciada obedeciendo al lugar que la historia ha dado a las mujeres.
Los golpes del hacha eran certeros, apagados por la monstruosa algarabía. La dulce cabeza de Marta Figueroa rodó separada de su juncal tronco, como flor deshecha en sangre (Aguirre, 1966; 340).
La mujer de sal, de María Elena Gertner. El deseo del recuerdo en Amalia
Amalia se nos muestra como una lectora, el título de su novela tendrá relación con el relato bíblico de Zara, la esposa de Lot que desobedeciendo al mandato divino mira atrás, ve la destrucción de Sodoma y Gomorra y es castigada siendo convertida en una estatua de sal. Esta imagen se hace interesante para Amalia ya que tiene relación con la idea de no poder olvidar, es decir, Zara mira atrás porque no desea olvidar, ella necesita un pasado. De la misma manera Amalia configura su identidad basándose en este deseo de no querer olvidar, el recuerdo se apodera de ella e intenta traerlo al presente forzosamente a través de sus acciones.
El pasado es siempre conflictivo. A él se refieren, en competencia, la memoria y la historia, porque la historia no siempre puede creerle a la memoria, y la memoria desconfía de una reconstrucción que no ponga en su centro los derechos del recuerdo (derechos de vida, de justicia, de subjetividad) (Sarlo, 2005: 9).
El conflicto se presenta porque Amalia lo que intenta traer al presente es el recuerdo de sí en relación a otro, su cuerpo cobra existencia bajo la dominación del hombre. La protagonista persigue la idea de la unión perfecta, sus recuerdos están en la idealización del amor y a través de ello configura relaciones pasajeras reconociéndose como objeto de deseo, Amalia admite no sus propios deseos sino más bien busca el deseo de ser deseada.
Desde ese día en adelante, hombres jóvenes y viejos se volverían en la calle para mirarme, y yo percibiría un brillo en lo hondo de sus miradas; un brillo que años más tarde iba a adquirir un significado preciso (Gertner, 1965; 26).
La desposesión del cuerpo de Amalia surgirá entonces de aceptarse para los otros desde un espacio que debe ser ocultado porque no obedece a la norma familiar. Ella será la amante de varios hombres quienes representarán distintos estratos sociales y distintos lugares en el espacio social, notamos aquí la diferencia entre la situación de Amalia y la de sus amantes porque ella sería denigrada al ser descubierta por sus infracciones, en cambio los amantes refuerzan su lugar de poder al tener una amante que cumple y que se encuentra siempre dispuesta a sus deseos.
Amante o marido, es él quien la lleva al lecho en donde ella no tiene más que abandonarse y obedecer (Beauvoir, 2007; 322).
Es importante leer los nuevos espacios en los que se desenvuelve Amalia. El matrimonio al que ella se entrega no toma mayor relevancia a diferencia de Carolina, uno de los personajes de La culpa, ella no se vuelve imprescindible ni sustenta un matrimonio ideal. Esto se acentúa en su embarazo, el que no provoca mayor inquietud y que termina por ser perdido con absoluta indiferencia, el esquema se ve modificado ya que no es la madre la que llora la pérdida del hijo, sino que es el padre el que ve arrebatados sus proyectos en esta pérdida.
La criatura que llevaba en mí fue siempre una sombra intangible, una pequeña muerte anudada a mis entrañas. Para Juan Carlos, en cambio, la pérdida del hijo fue causa de tristezas y decepciones. Él, igual que la mayoría de los hombres encasillados en un modo de existir heredado de sus antepasados, consideraba su hogar y su destino incompletos si no tenía descendientes que prolongaran su apellido y las añejas tradiciones (Gertner, 1965; 158).
Un nuevo espacio es tomado también por Amalia y es el lugar de la escritura, para ella escribir es un esfuerzo constante y necesario. A forma de intertextualidad con el relato bíblico escribe la estatua de sal, novela que dentro de la novela intenta dejar una memoria de las experiencias que han sido silenciadas.
Leemos en Amalia intentos de nombrar una existencia pero esto se ve predeterminado por su papel histórico. Para Bourdieu (2000), todo en la génesis femenina y en las condiciones sociales de su actualización contribuye a hacer de la experiencia femenina del cuerpo el límite de la experiencia universal del cuerpo para-otro, expuesto siempre a la mirada y el discurso de los otros.
Por esto entonces las infracciones de Amalia serán castigadas, se reitera un trágico final a la mujer que desobedece, ella se suicida porque se ve imposibilitada de crear y revisar una propia existencia ya que la única posibilidad que ha tenido de mirarse es a través del cuerpo del otro, Absoluto.
Revisar textos escritos por mujeres y ver en ellos la representación que se hace de la mujer nos invita a preguntarnos por los lugares históricamente construidos y asignados. Lo público y lo privado, la voz y el silencio, son sin duda respuestas al binarismo instaurado y que sitúan siempre a la mujer en el lugar minoritario.
Se ha intentado revisar en los textos cómo los espacios son delimitados desde un principio para las mujeres. Matrimonio y maternidad constituidos como la base de la sociedad significando además limitantes para que la mujer pueda ser activamente partícipe de su historia a través de la posesión de su cuerpo.
Las representaciones sociales le asignan al cuerpo una posición determinada dentro del simbolismo general de la sociedad. Sirven para nombrar las diferentes partes que la componen y las funciones que cumplen, hacen explícitas sus relaciones, penetran el interior invisible del cuerpo para depositar allí imágenes precisas, le otorgan una ubicación en el cosmos y en la ecología de la comunidad humana. Saber cultural (Le Breton, 1995; 13).
Bibliografía
- Aguirre, Margarita. 1966. La culpa. Santiago de Chile. Editorial Zig Zag.
- Beriain, José. 1990. El patriarcado y su simbólica en La interpretación de los símbolos. Barcelona. Editorial Anthropos.
- Bourdieu, Pierre (2000): La dominación masculina. Barcelona: Anagrama.
- Butler, Judith. 2002. Cuerpos que importan. Argentina. Paidós.
- Culler, Jonathan. 1984. “Leyendo como una mujer” en Sobre la deconstrucción. Teoría y critica después del estructuralismo. Madrid: Cátedra.
- De Beauvoir, Simone. 2007. El segundo sexo. Argentina. Sudamericana.
- Gertner, María Elena. 1965. La mujer de sal. Santiago de Chile. Editorial Zig Zag.
- Kristeva, Julia. 1993. Historias de amor. México: Siglo Veintiuno Editores.
- Sarlo, Beatriz. 2005. Tiempo pasado. Cultura de la memoria y giro subjetivo. Una discusión. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.