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El otro lado del porche

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Hoy sale Charly de la cárcel y yo he venido a buscarlo. Desde las diez y media de la mañana me tienen esperando en esta sala oscura de mala muerte viendo pasar reos que me piropean, que me miran con lujuria, otros con melancolía y otros que simplemente se preguntan qué rayos hace aquí una chica como yo. Resulta que la hora de salida oficial es a las dos de la tarde y como Sabaneta está tan lejos de la ciudad, no pienso devolverme a casa y regresar luego. Además, es Charly quien va a salir hoy. Han pasado exactamente tres años desde que está metido aquí y en esos tres años no he dejado de venir a visitarlo al menos una vez por mes.

La última vez que vine, el celador de su ala me quiso entrevistar. Sabe quién soy y que vengo a menudo. Quiso saber, a manera de reafirmación, si yo había notado algún cambio en Charly en todo este tiempo. Naturalmente, le dije que sí. Le conté que en cada visita yo le traía libros especiales; esos libros especiales lo eran tales porque hablaban de espiritualidad y filosofía. “Le traje todo desde Sócrates hasta Charles Manson, Dalai Lama, Nietzsche, Dostoievski, Camus, algo de Bukowski, hey y hasta Paulo Coelho también porque, sabe, uno no es nadie para decir dónde una persona va a ver el camino. Eso sí; la Biblia no. Me contó que aquí tenían montones de personas que venían a evangelizarlos”. El celador asintió; quiso saber quién rayos era Charles Manson pero yo pensé que sería mejor cambiar de tema.

Para ser sincera, en todo este tiempo, los cambios que vi en él pudieron haberle pasado igual fuera de la celda que dentro de ella, pero no quise decir nada que comprometiera su salida. El custodio me dijo que era reconfortante oírlo puesto que se acercaba la fecha de partida y un poco de cosas más sobre su mamá que había dejado de venir a verlo y cosas de esas que ya yo sabía y no me tenía que contar.

Cuando salí y me fui a casa sentía algo como un hueco en el pecho como siempre que sales de visitar una cárcel, supongo, al ver tanta gente que se equivocó en una cosa o dos y están metidos por más de veinte años. A veces ni siquiera fue su culpa, pero el sistema no funciona de la mejor manera. Siempre piensas un poco en lo mal que está que haya gente allá afuera que cometió los mismos errores y anda en BMWs presumiendo por la calle, porque nadie les dijo que lo que hicieron estaba mal, o porque fueron un poco más listos a la hora de esconder sus fechorías.

A pesar de eso, también sentía emoción por la salida de Charly en una semana.

De regreso en la ciudad nadie quería saber mucho de él. Tres años fueron suficientes. Habían dicho que jamás podrían olvidarlo pero en tres años se las habían ingeniado para esfumar el recuerdo.

Lo que pasa es que toda esta gente en realidad tiene lo que supongo es un buen motivo para no querer verle más la cara a Charles.

Les cuento.

Él nunca fue lo que diríamos un borracho o un drogadicto ni nada por el estilo; bebía de vez en cuando, fumaba otras veces, incluso podía aparentar ser un tipo bastante normal si lo mirabas desde afuera. Nosotros todos le queríamos muchísimo; era algo parecido a nuestro papá, todos lo admirábamos y respetábamos. Nadie se iba de viaje cuando él predecía lluvia, nadie tocaba a las chicas que le gustaban a pesar de que él diera luz verde y nadie se quedaba hasta más tarde cuando en las madrugadas pateando las calles, Charly decía “creo que ya es hora de irnos, nada bueno pasa después de las cuatro”.

Una de las razones de que esto fuera así era su carácter: era fuerte, quiero decir, muy fuerte, severo en sus juicios, ese tipo de hombre. No era del tipo que armaba pleitos en cualquier sitio pero sí de aquel que si sabía que le habías traicionado, estabas muerto para él. Ese tipo de hombre que uno nunca termina de conocer y que se va de una fiesta en la mejor parte porque una canción lo ha puesto sentimental. Pasaba el año fastidiándote como un animalito cínico y en Navidad te decía que te quería. Cuando todos te sacaban una moneda de la oreja, él te sacaba un pedazo de queso.

Era impredecible y esa cualidad realmente se hizo sentir una noche. Estábamos en uno de los bares de costumbre, reunidos por el cumpleaños de una amiga a la que no veíamos hacía algo como medio año, hablando y actualizándonos, alrededor de quince de nosotros, esperando aún por él. Lo esperamos algo así como hasta medianoche cuando por fin llegó volando completamente, contándonos sobre un tipo al que había visto en la tele y que le había hecho entender un montón de cosas y qué no. Un rato después de que hubo llegado, hablando y mirando en cualquier dirección, nos dimos cuenta que hacía unos minutos que no lo veíamos. Lo encontramos discutiendo muy fuertemente con un tipo en la otra mesa, un tal Tony al que conocía de hace tiempo, y la escena no se veía bonita. Comenzó a gritar; nos asustamos. Se levantó de la mesa y caminó hacia fuera bruscamente, molesto; regresó y tumbó la mesa de aquel tipo de un golpe.

El tipo no hacía NADA. Nadie entendía qué pasaba; la chica del bar no sabía qué hacer y le gritaba que por favor saliera, que se fuera y se calmara en algún otro lugar. Charles gritó que se podía calmar allí dentro y le agarró la cara a la chica dejándole la mandíbula a un paso de dislocada. El novio de nuestra amiga le pidió llevarlo a su casa y entonces le saltó a este tipo también. El resto de mis amigos buscaron instintivamente resguardarlo pero no lo lograron y la pelea fue horrible en un abrir y cerrar de ojos, todo el bar estaba de un lado protegiendo a un tipo que casi ni conocíamos, de Charly, a quien conocíamos desde lo que nosotros llamábamos toda la vida.

Claro que no lo lograron porque a esta altura ya el tipo estaba maldiciendo y listo para estallarle la cabeza a Charles y no hubo nada que nadie pudiera hacer para detenerlos porque golpeaban a cualquiera que se le metiera en el camino. Lo único que se podía hacer era cerrar los ojos; cerrarlos y rogar que el golpe seco y certero de muerte que escuchamos no hubiera sido de Charly. Y no lo fue. Entonces olimos la sangre y alguien llamó a la policía. Homicidio involuntario; tres años, ya se saben el resto.

 

Hubo mucho silencio por mucho tiempo, diría unos cinco meses más o menos. Mi ciudad es muy pequeña y los chismes corren como en un pueblo. Todo el mundo se enteró de lo que pasó y no había un alma que no hubiera intentado explicarse a sí misma qué ocurrió esa velada. Pero nadie daba con algún tipo de respuesta, ni siquiera yo, en mis visitas a él —que al principio las hice fugada de casa—, después de un tiempo a nadie le importó más por qué lo hizo, si saldría o no, si yo iba o no, si corríamos peligro estando allá.

En sus mentes, el tipo que habían querido tanto ahora era un espectro vicioso que sólo podía venir a hacerles daño. Y yo era, de alguna manera, su cómplice.

La verdad, no tienes idea de cuánta gente puede ser así hasta que lo ves pasar. Sé que no te gustará escucharlo pero la mayoría de las personas son vecinas mal pensadas: se sientan en sus porches desde que sale el sol hasta que va cayendo la tarde mirando justo a través de tu ventana, esperando verte llegar más tarde de lo usual, oírte gritar, que te despidan de tu trabajo o que tengas una amante; allí sentados matando el tiempo hasta que tú tropieces y caigas directito en sus lenguas de fuego; se relamen contigo por un rato y luego, poco a poco, como si fueras un chicle, se les desvanece tu sabor.

Así también pasó con esto, sólo que el tema revivió ayer por la tarde cuando le pedí al que había sido siempre el mejor amigo de Charles, que me acompañara a buscarlo. “Oye, le encantará verte. Te juro que no le molestará que no hayas ido a verlo en este tiempo”. Obtuve un rotundo no.

En realidad no le importaba que le perdonara por no visitarlo. Era sólo una más de las personas que se habían rendido con él; le había afectado de más porque no se explicaba cómo una persona a quien creía conocer tan bien —“mi mejor amigo, ¡coño!”, solía decir— pudo haber resultado ser tan distinta. Uno más, pensé y le odié por un par de segundos.

Entonces me preguntó aquello.

Que cómo lo hice, preguntó. “¿Cómo hice... qué?”, dije. “Ya sabes, seguir siendo su amiga, ir, mirarlo sabiendo que mató a un tipo, llevarle libros y tortitas para su cumpleaños, ir a buscarlo ahora que no sabemos qué pueda hacer afuera... ¿Cómo lo haces? ¿No te da miedo?”.

Torcí un poco los labios. Ya ni siquiera me sorprendía que se comportaran así. Tal vez no valiera la pena responderle, pero igualmente lo hice:

“Mira. Mira... cuando... cuando yo estaba en la universidad, yo tenía un profesor a quien, el primer día que entramos a clases, odiamos casi instantáneamente. Resultó que le tocó dar una de mis materias favoritas, que era literatura, así que de una manera u otra le agarré cariño al tipo. Nos veíamos en los pasillos, nos saludábamos y eso. En clases él hacía chistes odiosos y yo me reía; yo los hacía y él se reía. Supongo que él veía que yo no me frenaba de decir lo que pensaba sólo porque él pudiera bajarme la nota. No es que fuéramos íntimos amigos pero había confianza. Pero... cuando la gente salía mal en los exámenes, era lo peor. Nos gritaba a todos —dije. Decía que nadie iba a pasar la materia jamás. Decía cosas como que de todo el salón solamente un par de personas de verdad merecían estar allí y el resto podía irse al diablo. El tipo se portaba como un cretino y la gente salía de la clase malhumorada y decidida a dejar de estudiar por siempre, a no presentar más exámenes y eso. Salían a ensuciarle la reputación con los alumnos menores. Yo no. Jamás lo hice. Cuando me preguntaban qué pensaba de mi querido profe, con todas aquellas pruebas en la mano, yo sólo los miraba y les decía... ‘Yo sólo sé que ninguna parte de ese sermón fue conmigo. Él cuenta chistes conmigo’. Ellos creerían que eso no duraría mucho; yo simplemente asumía ser una de las personas de ese par que él decía valía la pena”.

“...Esa ...esa noche que Charly... que se volvió loco —seguí—, no lo hizo conmigo. Es decir, toda esa rabia y esa locura no tenían nada que ver conmigo. Ya lo he pensado mucho y también le di vueltas a lo que debes estar pensando, eso de que fácilmente un día la agarrará conmigo”.

“¡Eso!”, interrumpió, “debe darte miedo que un día coja una rabia y la pague contigo. ¡Te puede golpear, no sabes lo que puede pasar!”, dijo, casi feliz.

“Pero ves... hmmm... yo... simplemente no lo creo. No concibo que eso suceda. Y no me parece que sea cuestión de ser ingenua tampoco, digo, yo lo conocí por un montón de años antes del incidente y era mi amigo. Y después de eso... jamás vi por qué no debía seguir siéndolo. No sé si me entiendes: de alguna manera, sencillamente sé que si Charles vuelve a reventarle la cabeza a alguien contra una mesa, no será la mía”.

Así le dije. Él me miraba con cara de que ni yo misma podía creerme eso que me salía de la boca pero, saben, ahora que lo cuento tiene aun más sentido que cuando lo dije. Lo he estado pensando por un rato mientras espero que sea la hora, dándole vueltas y cada vez estoy más convencida de ello.

Ahora faltan sólo unos veinte minutos para las 2 y después de todo este rato acá sentada, estoy pensando que en vez de quedarme aquí, prefiero ir a esperar a Charly a la acera del frente. Sólo para ver qué cara pone al pensar que ha salido y no estoy aquí. Y luego ya le gritaré para que me vea: “¡Hey, Charles!”.

Hey, Charles, después de toda esta mierda... ¿de verdad creías que no iba a estar?