Letras
Cuentos

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El hombre que viajó al centro de la tierra

Su deseo, desde que era un niño, era viajar hacia el centro de la tierra. Un día, asqueado de leer trabajos científicos y ficciones sobre el tema, compró una pala y comenzó a cavar en el jardín de su casa. Entrada la noche decidió descansar un poco. Ya acostado en su cama, se soñó continuando el trabajo e internándose en el fondo del rojizo y desolado paraje. El calor lo arropaba, el fuego lo estaba derritiendo. Mientras tanto, en la cama, el cuerpo se hacía cenizas.

 

El rito invariable

A Julián Márquez

Acomodado ante su máquina de escribir, enroló una hoja de papel y comenzó a teclear frenéticamente, haciendo brevísimas pausas, solamente para aspirar su tabaco o llenar su vaso con ron. Terminada la página que cada día se dedicaba a escribir resolvió leerla detenidamente. Con su lápiz hizo tachaduras, enmiendas y algunas anotaciones al margen con letra pequeña, mezquina y hormiguera. Finalizó la corrección, dio un sorbo a su trago y se fue a dar un paseo. Al volver, levantó la piedra que había puesto sobre la página para que no se fuera volando. Siguió examinándola minuciosamente, aunque con suma extrañeza: la vio como si no le perteneciera, con cierto asco. Aspiró profundamente su tabaco, exhaló con lentitud, secó el sudor que chorreaba de su frente y la leyó nuevamente. El asco que sintió segundos antes llegó renovado, esta vez bajo la forma de una náusea abrumadora. Tensó la página fuertemente. La amarró entre sus nerviosos dedos. Tenía ganas de romperla pero no lo hizo. Cerró los ojos, respiró profundo y lanzó un espeso escupitajo sobre ella. Se formó una especie de piscina donde nadaban con soltura algunos trozos de tabaco. Puso otra vez la hoja sobre la mesa, lentamente. Pasó toda la mañana observándola, estudiando el comportamiento de la saliva y de los trozos flotantes, viendo cómo su propia letra y los caracteres estampados por la máquina de escribir se hacían cada vez más difusos. De pronto se le ocurrió que podría darse un baño en aquella amarillenta piscina. Si él fuera un pequeño ser no dudaría en hacerlo. Y, sonriente, en voz alta, farfulló: ¡aquí está la historia, coño!

 

Instante

Comenzó a llover y las sillas del Café reflexionaron sobre su insoportable levedad.

 

Los espejos de Narciso

Máscara y río, grifo de los sueños
José Lezama Lima

La casa de Narciso estaba repleta de espejos. Podía reflejarse en uno de ellos y simultáneamente observar el que a sus espaldas lo retrataba; el resplandoroso filo de sus hombros y el cristal que cubría el techo del recinto lo deleitaban.

Un día emergió de uno de los espejos su gemela. Las imágenes se fundieron en un hondo abrazo.

Luego de la efusión sintieron una gran furia. “No es posible que existan dos seres iguales”, fue el tormentoso lamento que lanzaron al unísono.

Los espejos temblaron y Narciso enfureció aun más: sabía secretamente que su hermana era aun más luminosa.

Quisieron decidir su destino en un duelo; pasaron días planeando los términos y de tanto espejear recapacitaron: era abominable que uno de ellos desapareciera. Entonces acordaron sumergirse en la inconsciencia oceánica y nadar en direcciones opuestas para jamás volver a encontrarse.