El escritor mexicano Carlos Fuentes compartió este 14 de noviembre el camino que siguió para comenzar a escribir, a los 25 años, en Ciudad de México, su célebre novela La región más transparente, acto con el que clausuró el congreso internacional organizado en su honor en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam).
El laureado escritor, ensayista y diplomático ofreció la conferencia magistral “La novela de la ciudad y la ciudad en la novela”, por la que desfilaron personajes, anécdotas, circunstancias y hechos que delinearon el perfil del literato que es actualmente.
Inició su alocución diciendo que comenzó a escribir poniendo vigilias, sueños y castidad a esa novela que le llevó cinco años. “Tuve una familia feliz e interesante. Amigos, maestros y lecturas integraron mi proyecto de vida. A eso, tuve que sumar una extraordinaria capacidad de adaptación, pues como hijo de diplomático tuve la necesidad de viajar por diversas partes del mundo, estudiando aquí y allá”, comentó.
De esa forma, añadió, su primer colegio fue en Washington, Estados Unidos. A pesar de que en la primaria fue Miss Florence, su profesora de mejillas coloradas y sonrisa permanente, quien le enseñó las primeras letras, él las había conocido antes, sentado en las rodillas de Alfonso Reyes, entrañable amigo de la familia.
“En ese tiempo me sentía mensajero de México en ese país. El 18 de marzo de 1938, día en que se expropió la industria petrolera, mi padre me explicó cosas sobre lo que pasaba en México y la relación que existía entonces entre México y Estados Unidos”, acotó.
Dijo recordar con cariño lecturas como La vuelta al mundo en 80 días y Los tres mosqueteros, obras que lo siguieron a Santiago de Chile, a donde su familia viajó con valija diplomática. “Me topé con un reino amazónico donde los muchachos éramos, apenas, los zánganos, y las muchachas, las reinas”.
En esos años de juventud comenzó a leer a Cervantes y Quevedo, “lección básica para mi propia escritura”. Entonces fue enviado, comentó, a un colegio británico y caro en Chile, “donde se formaban los cuadros de los mandos políticos y económicos del país en ese entonces”.
Recordó a su maestro Julio Durán, quien lo introdujo a la literatura chilena, a través de los más hermosos relatos populares. “Fue entonces cuando escribí mi primerisísima novela, en la gaceta del Instituto Chileno. Se llamaba Estampas mexicanas, muy patriotera, pero eso sí, llena de las mejores intenciones”.
Fuentes recordó que en ese tiempo fue admitido en el equipo de fútbol del colegio. “Me colocaron como centro delantero. Y no abundo en las decepciones que esa decisión provocó a los responsables del equipo”. De ahí, lo cambiaron a cuidar los banderines. Pero como tampoco dio el ancho, dijo, fue trasladado hasta la última orilla del campo deportivo y de ahí, directamente al gueto de los intelectuales. “Me confinaron al rincón de los que sólo les interesaba leer y estudiar, sitio donde conocí a un amigo de apellido Torrete, quien también influyó en mi futuro”.
La diplomacia lo llevó a Buenos Aires, Argentina, donde giraba a su alrededor el tango, librerías e incipiente sexualidad. Tenía 16 años cuando regresó a este país para ser inscrito en el Colegio Marista México. “Mi amigo Melchor Ortega fue otro actor de mi vida, con quien escribí una novela que nunca terminamos”.
El también autor de Aura, La muerte de Artemio Cruz y otras novelas de trascendencia mundial, añadió que en México vivió con sus abuelas, las dos llamadas Emilia, siendo la paterna quien le inculcó leer periódicos. “Ella cocinaba huachinangos con salsa borracha, arroz con pulpos y zapote prieto”.
Uno de sus maestros fue el emérito Enrique Moreno de Tagle, quien le ofreció un libro renovador, “no por el tema sino por su estructura y técnica narrativa, Pueblo y mujeres enlutadas, de donde aprendí que en literatura no hay temas nuevos, sino nuevas formas de abordar los temas de siempre”, aseveró.
En México, entre sus ires y venires, compartió el autor con el público asistente, “conocí a Graciela Olmos cantando ‘El siete leguas’ en la casa de ‘La bandida’. También realizaba inmersiones en cabarets como El Molino Rojo, Waikiki y, sobre todo, el Salón México”.
Para 1950 regresó a París, sólo para encontrarla devastada por la Segunda Guerra Mundial (1939-45). “Era una Europa grotesca, con cráteres en las calles. Yo tenía 21 años de edad. Una noche de verano conocí a Thomas Mann en un café. Era un hombre alto, elegante y sabía manejar a la perfección los cubiertos con los que comía”.
En ese instante, reveló, se dijo: “Si no puedo ser él, ni escribir como él, al menos quiero hacer lo que él”. Y al regresar a México con esa idea sintió claramente que esta ciudad le dijo al oído: “Carlos, aquí te tocó, qué le vas a hacer, en la región más transparente”.
Fuente: Notimex