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Ojos de luna, de Yolanda Arroyo Pizarro

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Ojos de luna, la nueva colección de cuentos de Yolanda Arroyo Pizarro, admite dos lecturas alternas. Por un lado, se trata de textos que plantean la multiplicidad de la condición de lo femenino. Por otro lado, la selección espacio-temporal de los escenarios la convierte en un comentario sobre la condición femenina a través de la historia. La voz narrativa, sea la primera o la tercera persona, siempre se las arregla para expresarse desde una intimidad corrosiva. Esa sensación de lo íntimo se logra por medio de un lenguaje poético muy selecto, y un erotismo sugerido y evanescente.

Los relatos se apoyan en una serie de signos cargados de magia que sugieren la recuperación de los arcanos de la mujer. La luna y la sangre presiden de un modo u otro estos textos en que la condición de femenino se afirma a través de los ciclos naturales y la menstruación.

Pero la sangre es un signo polisémico.

A veces es una marca de vida —se nace bañado en ella— como en el momento del parto de Inoa o para fortalecer a una comunidad que va a la guerra (21). En otras señala la posibilidad biológica y mágica de producir otra vida, como cuando Lea pasa su primera menstruación en presencia de Neris (58). Pero también puede ser el signo de la fragilidad de la vida como cuando Tshanwe observa la herida del conde tras un juego de combate con su hijo (41).

Si bien la sangre de la lunación es un momento iniciático de gran envergadura, para la joven judía Lea se transforma el meandro que la conduce a la impureza cíclica y al sordo castigo social por su condición de Eva-Lilith (70). También hay algo de cierta “sangre inútil” y de la esterilidad que poda, ya no la aspiración convencional de la mujer de completarse en otro ser, sino la de varón de (re)producirse con sus prejuicios en ese ser que se ha formado en el vientre de la hembra. En ese caso el fracaso del proceso reproductivo es culpa de Sofía, y Stephen se siente en posición de castigar físicamente la frustración (88, 89). Así mismo, la pérdida de ese líquido se convierte en la frontera de la muerte.

El trasfondo matriarcal de este libro, en consecuencia, no puede ser obviado. El protagonismo de las mujeres se personaliza sobre la base de la relación con la sangre y la luna. El discurso no necesita, por lo tanto, mucha explicación. Ojos de luna es una colección bien lograda donde el juego con estos símbolos se ofrece en el contexto de una imagen de lo femenino muy abierta. Se trata de una reflexión compleja y personal de la cuestión del género en la postmodernidad.

En los cuentos donde no se encuentra la sangre, Arroyo Pizarro juega con una serie de expresiones alternativas. “Moridero de olas” (25-34) es un relato de tono fabuloso muy sugerente. La forma en que la autora enfrenta el asunto de la proximidad de la muerte en estos personajes marginales por medio de la metáfora del viaje o la huida, es brillante. En “Especias del medioevo” (63-72), la mirada se echa sobre los presuntos pecados de Eva-Lilith: los celos de una condesa estéril —incompleta— ante la sensualidad natural de Armelina, la conducen a aliarse con los signos mayores de la moral patriarcal —los obispos inquisidores— para condenar a la chica. En “Pollitos de colores” (73-84), un médico hermafrodita se siente atraído por una figura andrógina. Y en “Claro” (93-106) una mujer de haberes practica una actividad pedófila intelectualizada que acerca su erotismo a la frontera de la maternidad y el erotismo.

La colección Ojos de luna es una discursividad sobre la sumisión de la mujer y sus acciones rebeldes que, si bien exitosas, no la liberan de su relación con la sangre y la luna. Es como si la autora no encontrase ese lugar en donde la fisiología y los procesos de construcción del género se encuentran porque no existe. De más está decir que la construcción de la feminidad por una mujer se centra, por lo regular, en los elementos de intimidad y cotidianidad en los que se apoya Arroyo Pizarro.

La propuesta de Arroyo Pizarro, se construye sobra la visita a varios momentos emblemáticos de la historia de la humanidad: La Española en 1493, San Juan Bautista en el siglo 16, el año 33 del Calendario Gregoriano, el año 1682, y el presente postmoderno y global. Pero todos esos escenarios se diseñan y se apropian desde la marginalidad: Amina la aruaco-taína rebelde, Tshanwe la esclava rebelde, Lea la judía atrevida o Armelina la sierva sensual. Los márgenes se convierten en el centro desde el cual se interpreta el mundo. Pero hay que aclarar que se trata de bordes femeninos capaces de la violencia y de mujeres que, si bien son víctimas, también están dispuestas a resistir y destruir con el fin de volver a crear.

Con el libro Ojos de luna, Yolanda Arroyo Pizarro se establece como una escritora a la cual habrá que observar con cuidado en los próximos años.