Letras
Antología apresurada

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Ahogo

Al filo de una sombra, rezo;
en pos,
desnuda y maldiciente,
tal como esa noche en que dormimos sobre piedras.

Era otra vez la misma,
que volvía al cruel confesionario,
que enrabiada
perseguía al aire,
como un lobo a una rata enferma.

 

Ángelus

Siento el frío en la oración,
siento el fresco y tibio soplo de los santos sobre mí,
siento el agua que se enreda,
siento el árido cemento en mis rodillas
y aquel salmo exhausto
que declama en mis cansadas peticiones.

La emoción sonroja el pensamiento,
pide más mientras me envuelve,
me sacude,
me penetra,
me estimula,
me acaricia,
nubla mi razón,
mis mejillas lo confirman,
mis manos buscan sin saber;
a tientas bimezclada en el confesionario;
me espera el sublime canto de la devoción.

Otro día más, otro atardecer,
otra mañana.

El camino es misterioso,
siempre lo he sabido.
La experiencia es clara y la duda permanece,
sin embargo se aniquila,

a sí misma, a la misma hora,
en el lugar de siempre.

 

Lejos del Edén

Divaga el resplandor,
aprieto, enciendo,
flagelizo entre paréntesis mi ánimo de ardid.
Canto sin saber la melodía;
ensalzo y me entremezclo con los fieles
rumbo a la montaña.
Mi vestido blanquecina,
una luz demente cubre mi cabello,
aún más amarillo.

Siento el alma muerta,
o tal vez me angustia el giro de su voz.
Siento que me muero a cada paso,
oigo el rezo sobre el horizonte
y la emoción termina de ocuparme,
usarme, acariciarme;
mis rodillas sienten un breve hilo de unión mística
y completa soy.

Ante la evidencia me someto una vez más,
sin apenas escuchar la petición,
mi ruego;
llagas, cuerdas y coronas de universos que me hieren,
las estrellas bailan frente a mí,
la luna mancha en sangre;
soy mujer y santa,
una rata en la cloaca,
se diría,
y el final de mi camino ante esa cruz en ruinas.

 

Fiebre

...se detiene, y se cierne eterna, la lívida luz de un relámpago.

María Luisa Bombal.

Cubierta en lienzos y mortajas,
cambio al norte, mi desmejorada unción;
canto entre paréntesis,
mi hiel, mis manos,
mi frente bajo los carbones,
mi azulejo chañaral que se entre observa
por el tierno trino de las olas.

No hay más sol que el imposible,
que este cuerpo que envilece encadenado a la memoria.
Abro las cadenas,
hacia el frío oscuro, arrinconado
y
me rebelo en contra de mi casta juventud.

Puedo correr, recién ahora,
luego de años habitados entre imágenes y piedras;
vuelvo al blanco
asimilado por la enfermedad que me consume.

Cavo zanjas en la arena
y examino doce llagas que me sangran.
Las aves de rapiña sobrevuelan, cándidas,
cansadas,
producto cierto del delirio amargo.

Desvanezco entre millares de cadáveres,
podridos casi todos.
Fantaseo con holgura hacia las nubes
al encuentro del origen, de la luz.

Mientras duermo,
vencida por el aire atribulado,
mi piel se extiende y se confunde entre las rocas.

Las bestias huyen,
inconstantes,
al evidenciar mi desaparición
o mi caída.

 

Nada vuela hacia el Oriente

...suelta la rienda
en su acostumbrado error.

Sor Juana Inés de la Cruz

No regreso al aire,
más que al tímido avatar de una tormenta.

No regreso al fuego,
frío,
más que envuelta en sedas negras llenas de pecado:

Una voz me agita el alma,
en total entrega y reflexión;
busco el cielo entre los vidrios,
busco el mar revuelto,
la espuma gris de un día gris,
mi fe que a ratos huye sin pavor.

No regreso ya —está decidido—;
mi ahogo es inminente,
la conciencia seca,
el recuerdo blanco,
una orden que entre sueños cumplo a medias:

Quita ese vestido de tu cuerpo,
y lo demás;
tócame en el punto más cercano a los infiernos.
Ven conmigo hacia las llamas,

le respondo con la voz enmohecida.

Ven, bendita, al espacio de la luz.
Cuenta el viento entre el cabello,
mi veneno corre por tus venas.

Yo me quedo lisa y permanente,
adosada, ineficaz.

Como un océano indeciso,
como el tibio rastro de una sombra que se aleja...