Sala de ensayo
La soledad en Un tal José Salomé de Arturo Azuela

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A propósito del pasado homenaje a los 70 años del escritor mexicano Arturo Azuela y, gracias al esfuerzo conjunto de universidades y editoriales, se ha publicado una colección con su nombre que consta de 15 títulos, de los cuales la mayoría son novelas. Dejo la profundización exhaustiva de esta totalidad, a la emprendedora disposición de un futuro libro; aquí sólo trataré lo referente a Un tal José Salomé.

La ambigüedad que surge de la desparticularización de circunstancias tiende a forjar universalismos. De ahí que haya elegido de la billetera de títulos, uno en el que los referentes espaciales bien pueden ser asumidos como propios para lectores de distintas latitudes. A diferencia de El tamaño del infierno, La casa de las mil vírgenes, Los ríos de la memoria y Alameda de Santa María, en que la representación del espacio es un barrio de la ciudad de México, en esta novela nos encontramos con un espacio ambiguo, violado por el choque de una superciudad con un pueblo. El desarrollo de la trama son las eventuales vicisitudes que determinan la lapidación del más débil y la heteróclita y sin rumbo constitución del otro.

Es una novela dividida en dos partes. La primera (“El antiguo Rosedal”) es la historia de los últimos albores y la decadencia de un pueblo de leñeros, con la exposición de sus costumbres, sus amores, sus cantos y sus héroes. Mientras que la segunda (“El vecindario perdido”), relata el arquetipo negativo de “la conquista” o, dicho de otro modo más literal, la desolación de los sobrevivientes del antiguo Rosedal. Este dualismo se unifica bajo el hilo conductor de dos días en la vida de un personaje: José Salomé. La importancia de éste radica en ese hecho, ya que la novela es un mural de voces varias que, sin periodicidad precisa, toman las riendas de la narración como deícticos catafóricos de la trama.

La primera jornada de José Salomé es símbolo de la plenitud del Rosedal y de sus últimos tiempos. De ahí el tono evocador e idealizante de todas las voces narrativas. En ese sentido, esta primera jornada es la configuración psíquica de una “historia nacional” desde su fundación mítica hasta sus sospechas apocalípticas, representada bajo la parabólica imagen de un día de trabajo. Conforme José Salomé trabaja, el narrador y las voces de los pobladores se desatan en monólogos y recuerdos que dan fe y testimonio de un hecho existencial en abstracto, la creencia en un pueblo llamado el Rosedal. Los capítulos de esta primera parte son nombres para desfragmentar el tiempo de un día. Antes del primer capítulo, sin embargo, como un folio suelto o un eco descabalado de la partitura de una composición musical, la voz sin tiempo de José Salomé invoca el recuerdo del Rosedal. La urdimbre del tiempo que viene después en los capítulos, son recuerdos de su historia inmediata.

La configuración social del Rosedal es un símil de la organización de una horda, Leodegario (tutor de José Salomé) es el leñador más experimentado, los trabajos, y los comercios de dicha acción, son supervisados y organizados por él. José Salomé, por su parte, es la representación del héroe epopéyico, no sólo porque su origen es un mito que nadie quiso desentrañar (su madre ya estaba embarazada cuando conoció a Leodegario) sino porque también así lo transformó el “trovador” del pueblo, después de que J. Salomé anduviera peregrinando por la tierra gracias a la leva. Don Andrés, en realidad es el barbero, sacamuelas, boticario y musicólogo, esto es, el que domina artes que sólo vienen como resultado de una tradición iniciática; a diferencia de la tosquedad del hacha, la navaja que esgrime contiene la idea de sutileza y técnica. Don Andrés, consciente de las tradiciones de un pueblo, le regaló una figura nacional al Rosedal. Los demás personajes cumplen también un papel en el esquema, la comadrona, el sotanudo, el herrero, la prostituta.

“Un tal José Salomé”, de Arturo AzuelaConforme los momentos del día pasan y los recuerdos se van arremolinando en el consciente colectivo del Rosedal, una idea lejana y abominable comienza a florecer en la narración: la ciudad, una mancha de cochambre y podredumbre hambrienta de terrenos. Desde el primer capítulo, “La salida del sol”, hay una breve referencia a la ciudad; pero en “Los últimos rayos del sol” (capítulo VIII) y en “Ya de noche” (capítulo IX) esta idea se transforma en una obsesión, como un terror nocturno que acaba siendo el presentimiento de su propio fin.

La segunda parte del libro es otra jornada de José Salomé; pero una en la que ya es un anciano decrépito, cuando no quedan del Rosedal más vestigios que la tragedia de unos alcohólicos consagrados, y donde la ciudad ya los ha rebasado desde hace tiempo. Si la tragedia de José Salomé en los tiempos del Rosedal, era un conflicto amoroso por la idealizadora imagen de Genoveva, en los tiempos del vecindario es la búsqueda inútil de una razón de ser.

Sobretodo Josefina y José Salomé, son los sobrevivientes más heridos del antiguo Rosedal, otros sin menor conciencia asumieron el yugo sin preguntas ni dolores. Pero este par de viejos llevan a flor de piel los prados, ríos, cavernas y mantos celestes de ese lugar. Por eso se niegan a irse, a difuminarse entre la indeferencia del interminable bosque de edificios y senderos de chapopote. El trovador del antiguo Rosedal, por el contrario, se especializó, se adaptó al nuevo universo y lejos quedarían los acordes con que le construía una tradición al Rosedal, finalmente se internó en el nuevo mundo y no volvió.

Como una “visión de los vencidos”, José Salomé y Josefina expresan ese desarraigo que viene como producto de la extinción cultural de un pueblo. Mientras la idea de una deidad en el Rosedal era asumida sin complicaciones, representada en las imágenes de la vieja capilla; en el vecindario se torna una figuración terrible, incomprensible e indiferente que juega al titiritero con los hombres. Mientras en el Rosedal no hacía falta un tiempo preciso y desfragmentado infinitamente, en el vecindario se asumen los horarios divididos en números. Y finalmente, mientras en el Rosedal todos seguían por confianza y franqueza a Leodegario, en el vecindario los dirigentes son unas criaturas difusas que ensucian las calles de propaganda que nada quiere decir.

Arturo Azuela, con un especial uso del lenguaje, donde es posible observar la diferencia entre el poema en prosa y la prosa poética, revive el pasado de América Latina en esta suerte de fábula de la perdición y la soledad.

El título, cargado de la misma ambigüedad que el tiempo y el espacio en la novela, es una estrategia de particularización en la mente del lector. “Un tal José Salomé” es “un tal individuo”, o “un tal pueblo”. De ahí que esta novela pueda ser asimilada con mayor facilidad. Aunque conviene destacar que la prosa de Arturo Azuela tiene el doble valor de los grandes escritores, por un lado claridad y precisión en los contenidos, y por otro profundidad y belleza en lo referente a las formas.

Ser hombre, peripatética y rousseanamente, es formar parte de un conjunto de identidades de similares máscaras y mitos. Deshilvanar dichos pretextos ontológicos implica un encuentro descarnado con la soledad más aciaga del ser. No dudo que la lectura de esta novela penetre al lector en esas riberas, inconscientemente presentidas por todos.