Me había acostumbrado a la frustración y a los senderos inestables de mi patria. La mía, la absurda, la pestilente. Gustosa albergué por años la agonizante punzada de lidiar con el papeleo. Me tragué a sorbos la noción aguda de la espera, palabreja sucia de frenos que desenfrenan el irreverente desencanto de la impunidad. Me redimí de mis culpas con rezos contaminados. Movimiento difícil. Geométricas realidades trazadas con puntos que dejaban circular los calores. Señales invisibles y la fragilidad siempre incorruptible de los pájaros libres.
Desencadené mi partida con pausadas respiraciones. Dejé atrás las tullidas multitudes que, rodeadas de coloridos preámbulos, anhelan poseer verdades que flotan en un aire embriagado de falsedad. Mentiras que despojan a lo cierto de su lado de verdad.
Huí de la mentira y se exacerbó la fealdad. Anómalas criaturas, bisontes encogidos de civilidad, farsantes enfermos de disfuncionales piedades, paladines de hechizas injusticias llorando lágrimas rápidas para muertos veloces. Y lo blanco y lo negro entremezclándose.
Ardientes latigazos de realidad que me orillaron a soñar como último recurso. Cancelé mis sentidos para evadir la fealdad. Infalible evasión que me desprendió del entorno y me escondió en mÍ misma.
¿Quién soy hasta que me descubro?
Mirada interna que acabó por segarme. Desorientada salí de mí misma en búsqueda de trampas para ratas y a tientas comprendí que no somos pocos, sino poquísimos. Caminé, durante meses, por senderos que conducen a nada. Cuestioné la moralidad de un sistema respaldado por átomos egoístas que se repelen uno al otro. Comprendí entonces que no había nada en el medio. Nada, aparte de la inmunidad que me brindaba mi género. Carente de referencias e internamente confrontada hice malabares por dejar de ser yo misma. Angustiosa comodidad que socavaría mi intento de evolución.
No mucho después de seguir siendo yo misma, recibí por correo las credenciales que me avalaban como un espíritu en deterioro. Manía invasora la mía de reencarnar la farsa de las hermanas de la caridad y otros titanes menores. Refugié mis pensamientos en temores ajenos, en cabezas de gente pequeña. Ya fuera de mí y dentro de ellos, desarrollé la tendencia a infligirme voluntarias confusiones. Épicos los ensayos que me devolvieran al fugaz recreo de convivir con mis ausentes amigos de la infancia. Volví para toparme con personas que sólo hablan consigo en voz alta. Liberadora la nostalgia que incrementó mi fiel propensión a apagarme.
Cuando callo, ¿qué parte de mí resulta traicionada?
Tras el bullicio, busqué el encanto bucólico de las verdades que se callan. Despiadadas las controversias, diáfanos los disensos. Miradas perdidas. ¿Y yo? Retornando siempre al vulgar punto de partida. Mudamente me sumé a connotados festines. Historias poco exploradas de seres andantes que, tras dejar las palabras y su mal uso, habrían de conducirme al enclave de la limpieza conceptual. Al renacer de mis más inapropiados apetitos.
Silencio de espejos circunstanciales que me reflejarían sonámbulas visiones, fragmentadas partículas de mí: ser semiconsciente que deambula por jardines de esplendores antiguos, de rigurosos y distorsionados presentes. Flores que huelen a indescifrables aromas.
Y calla mi utopía siempre muda en un “aquí” lunático y desparramado.
De entre el silencio emergieron peninsulares aullidos, gestos vitales que materializarían la urgencia de reanimar la inconstante y fútil travesía de mi vida. Me atrajeron los gritos de las almas suicidas. Invitada a evadir los profusos evangelios, morí envuelta en profanidad y renací con la apatía diluida en un “aquí” detenido por evidentes exactitudes.
Exactitudes que se hicieran perceptibles sólo cuando mi muerte canceló los tradicionales sentidos. Pude entonces entender la violenta historia mía. La malentendida e inconclusa fortaleza que me curaba en vida de una enfermedad inexistente: el agudo deseo de escapar.
¿Y la parte podrida de mí? Resucitaba cada mañana, haciéndose acompañar de mi declinado instinto de conservación.
Disfrutaba poseer tan profunda verdad cuando el canto de una araña me alertó que mi muerte no era tal. No había muerto ni un momento y seguía siendo yo misma. ¿Me había engañado el espectral movimiento, el sangriento carnaval o la refrigerante agonía?
¿Y después? Volví a la vida en medio de trémulas palpitaciones, sintiendo como mía la penuria ajena.
Desde el instante ese en que realicé que estaba viva, comenzaron a estallar ante mis ojos etéreas burbujas. Lágrimas de un llanto horizontal, elíptico. No son ni tuyas, ni mías, ni de nadie. Llanto anónimo que corroe la rígida sequedad de mis ojos otrora desérticos.
Lluvia de llanto que me purifica. Dosificadas células de realidad que lubrican mis sentidos. Sufrimiento ajeno que se apodera de mí: inconclusa criatura que ha dejado de morir con anticipación.