Letras
La edad de hierro

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Decidida a cambiar el rumbo del destino, Azucena Marchite salió a la calle.

La calle la esperaba para saltarle encima.

No importaba, iba a hacer algo que cambiaría el rumbo a su vida, ella que, como el Salieri de Amadeus a la música, la había dedicado a la literatura. Igual que una diosa que se metamorfosea, la literatura se le había presentado bajo algunas de sus múltiples formas: como alumnos con mirada vacuna, pastando en la pradera de la ignorancia, o como el universo de vastos libros, que llevaba fundidos como una segunda piel, y bajo la de palabras que hacían brotar los torrentes de su magma, emborrachándolo y arrastrándolo todo.

Así, en esos trances, había escrito Las campanas no doblan por él.

Qué novela.

En la esquina de Rawson y Garay se le cruzó una bicicleta contramano, se detuvo para dejarla pasar, y el ciclista comenzó a hacer círculos frente a su Clío verde petróleo. Claro, si el ciclista pudiera interpretarla, estaría comunicándose en un código común, el de la calle, y en ese caso no iría a contramano. Se sintió torpe de haberle tirado esa margarita a un chanco que miraba la nada, delante de él, como si ni siquiera registrara que estaba en la calle. Enfrente, salía Rafael de Diego de su casa, portando la enorme montaña de los libros que había leído, sus viajes a la Antártida, las cartas de Petorutti, y ese enorme e irreconocible mundo que fluía de sus palabras. A él le había encantado la novela. De todos los demás, no se sabía.

Cuando cortó el semáforo de San Luis retomó la marcha.

Que fácil parecía entonces.

Una trama policial impecable: un fiscal que asesina a un travesti dominicano en un prostíbulo. Cómo había podido ocurrírsele eso. No lo sabía (de eso justamente se trata la literatura). Pero en ese mareo, había hecho una obra maestra cuya intriga crecía hasta el final. No soy, yo, pensaba, sino esa deidad que vive prisionera dentro de mí y que, como Sophie Scholl, mira por la ventana con rejas el cielo azul.

Quieren cosas pasatistas: ahí tienen y encima, buenas. Sólo eran tres personajes, además del muerto. No le había hecho falta más, como en Trama macabra, con Michael Caine y Lawrence Olivier.

En Rioja se cruzó una motito en contramano manejada por un enorme insecto de una sola mano, con enormes ojos negros y cabeza en forma de gorrito. Otra extremidad era una garra que parecía un teléfono, y por un momento el escape calló al concierto de Brahms.

Construyó su obra en un equilibrio impecable, entre el orgasmo y la articulación prodigiosa, y cada ladrillo estaba ahí, con las palabras justas.

Acabado el trance místico, la registró, y empezó a mandarla a las editoriales, los concursos, y a peregrinar en busca de contactos que pudieran ayudarla.

Cómo podía ser, pensaba tiempo después, que con todo lo que había pasado por dentro de ella, ahora el mundo fuera tan indiferente.

En la esquina de Rioja y Alvarado la saeta de una fiorino blanca con vidrios negros pasó en rojo por Alvarado.

Quienes tenían contactos no los compartían con ella, y las editoriales directamente ni le contestaban. Ya había comprobado que en los concursos no se lee, que siempre los ganan los mismos; pero seguía creyendo en su obra, seguía teniendo la fuerza impulsora de los escritores de lanzar al mundo objetos que, como cometas que entran a la atmósfera, se desintegran apenas comienzan su trayectoria. El motor de la literatura es también su primera víctima.

Así fue el primer año. Así fue el segundo, así era el tercero. Mientras, leía y releía Las campanas no doblan por él, sin poder corregirle nada, porque era perfecta. Seré yo. Serán ellos, será la novela, había pensado. Ahora se daba cuenta de que no; no eran ni ella ni la novela, sino que las dos estaban a contramano, como la bicicleta y la motito.

Buscaba la calle de la dirección salvadora, ¿era San Lorenzo, Roca, o Primera Junta?

Ir a Fray Mocho se había convertido en un martirio. Cuántos títulos, cuántas colecciones, cuánta comología, cuánta tradición, cuántas novelas de esas a las que se les adjudica la calidad de prodigio nada más que porque las escribió fulano, cuántas pésimas traducciones, qué cantidad de obras maestras y en esa primavera de títulos y autores, muchos desconocidos, muchos malísimos, se preguntó por qué extraña razón, en un horizonte tan colorido, no había lugar para Las campanas no doblan por él.

Entendió así que la calidad no significaba nada, y entonces, para qué vivía, para qué se había entregado a la musa tan devotamente, soportando a las vacas pastando en la pradera de la ignorancia, los jadeos, la indiferencia de la primavera inalcanzable donde ella no existía.

Tuvo un lapso de inactividad. Trató de pensar en otra cosa. Hizo yoga, subió a la cinta, al elíptico, hasta pensó en comprarse un celular, de esos con los que hablan todos aquellos que no registran al que tienen al lado, sólo para tratar de ser como ellos, pero descubrió que no valía la pena, que más vale ser cabeza de ratón que cola de león. No se trataba de parecerse a nada, sino de echar una pócima capaz de inocular el centro mismo de esa negación que le daba el mundo, invirtiéndola en un signo positivo: había que encontrar un cambio.

En la esquina de Avellaneda se cruzó una cuatro por cuatro que por poco la choca, enfrascado el conductor en mandar o recibir un mensaje de texto.

En esos momentos se piensa en William Golding, a quien 26 editoriales le habían rechazado El señor de las moscas, o en Giuseppe Tomasi, que murió con el rechazo de Il gattopardo clavado en su corazón. Pero a ella ni siquiera se la rechazaban, simplemente, salvo aquel sello que le dijo que su obra era excelente, pero que no podía publicarla por la crisis del libro (cuál sería la crisis del libro, si están por todas partes y se publican sobre todas las cosas), la ignoraban.

Pero ahora no, ahora todo quedaba atrás, ahora se había decidido a una mutación drástica.

Antes, había venido la época de las consultas a las editoriales de autor, tan dispuestas a abrir sus brazos a los ignorados por el cielo de la industria cultural.

Eso sí, el abrazo tenía su precio. No importaba la calidad, no importaba el enigma puro, sólo la cantidad de páginas, el número de ejemplares y la forma de pago, en tres cuotas, o con Master o Visa hasta en doce mensualidades. El precio incluía la presentación en un salón y la muestra en el stand de la feria del libro, pero “no hay que esperar que la obra se venda, solamente cabe la satisfacción a los autores, de verla impresa”. Le ofrecían, por un módico sobreprecio, la posibilidad de corrección, justamente a ella, a Azucena Marchite, que había dedicado su vida a las letras.

Ellos sí, contestaban en el día, con una cifra como para irse a las Bahamas en el Clío, con Miss Dalloway, la gata, las dos juntas: los que no ignoran al escritor es porque viven de él, pensaba y también pensaba por qué razón nadie, en ningún suplemento, hablaría de eso, sumergido en una cuidadosa negación, o acaso sería un mafioso pacto de silencio.

Ahora recordaba: Roca. Roca e Independencia.

Finalmente llegó. Estaba a salvo de las bicicletas danzantes, los descomunales insectos de las motitos, las fiorino kamikaze y los 747 con vidrios negros y pilotos celulares.

Al fin.

Ahora entraba, dispuesta a gastarse toda esa plata en lo que siempre había querido y que la transportaría, como un céfiro, a un orden nuevo y a la vez antiguo y elemental.

Frente a ella se extendían las esculturas, la quietud de la sala del museo, el silencio del hierro: las salamandras, con sus puertas y detalles de bronce y sus vidrios biselados, los discos de arado, las ollas de fundición, las paelleras, los atizadores, los anafes, los portafuegos. Objetos profundos y enigmáticos. Era un silencio de templo. Todo eso hablaba de épocas remotas, infantiles, de un elemento, el fuego y de una esencia: el recuerdo.

No se trataba de una primavera sino de una dimensión: la de aquello que —como ella misma— era frío y aparentemente sin vida, pero que podía soportar las temperaturas más grandes, y así, se encaminó hacia eso tan deseado, aquello que las letras nunca habían podido darle, aquello capaz de reinventarla, rebautizarla, y llevarla al inefable mundo de los aromas, los gustos, los sonidos y el ineludible calor infantil de la leña y su dulce olor. Tanto ofrecerse a las letras, que nunca se había dedicado a cumplir este deseo y así, se encaminó a la cocina Istilart a leña que, con sus puertas, su manómetro y sus hornallas refulgía con esa mezcla de cosa inalcanzable que podrá sin embargo ser obtenida, y con eso saldar una extraña cuenta pendiente. A partir de ahora, nunca más escribiría.

Si bien menos que publicar Las campanas no doblan por él, valía un dineral, que le pareció un regalo.

Allí recuperaba la sensación infantil de arrojar los marlos a las llamas, el crepitar del quebracho, y todo aquello que, en la evocación, le devolvía el campo perdido, cuando era tan chica que le parecía que en la vida la aguardaban grandes cosas.

Ahora, recuperar esa sensación era algo más grande que aquello que la estafa de la vida le había negado.

Me dedicaré a los anafes, los fuegos y la cocina, pensó mientras le venían imágenes de los programas de Francis Mallmann en el Sur, con el Land Rover (ahora yo seré una aventurera exótica, como él).

Salió de allí como si se hubiera curado de una extraña e invencible enfermedad, con esa sensación de inmensa esperanza que sobreviene al dejar atrás una larga amargura y aguardar a que nos lleven e instalen algo que habíamos deseado siempre, y que, o habíamos ignorado que lo deseábamos, o nunca nos habíamos atrevido a obtener, quizás por pensar que no era posible, que no éramos dignos de ello, o vaya a saber por qué.

Salió despacio, dobló en Independencia. La ciudad había retrocedido, ahora todos parecían cederle el paso y ella pensó que después de todo, las campanas no habían doblado por él.

Cuando la detuvo el semáforo de Garay una astilla se clavó en su mente: el sonido de tres letras pasó zumbando, una vez y otra y otra, como tres flechas: F, N, A.

Sí, el Fondo Nacional de las Artes.

¡Cómo no se le había ocurrido!

Quizás habría que intentar ahí.

Luego se sumergió en la piadosa evocación del fuego, que resuelve todos los enigmas y devuelve todos los recuerdos que valen la pena.

A Noemí Gil de Castro y Rafael de Diego