Esta palabra carece de sentido y ese es el sentido de su escritura, esa su soberanía. A nadie debe y a nadie va dirigida. Como la rosa. Como el cuerpo de ella. En este espejo nadie se mira, nadie tiembla en esta página. La luz se tapa los ojos, su sed de forma ha quedado insatisfecha. Esta nada significa nada. Significar es fracaso que ostenta. Esta escritura fracasa con decisión, calla sin haber dicho cosa ninguna. Cavo una fosa para sepultar esta palabra y que nadie ponga pie alguno sobre ella.
Impío estilete del sol divide mi ayer en dos olvidos iguales y persiste una mancha de fulgor en el laberinto sin alas de esta rosa. El canto de la mañana clava su pico de luz, pequeña llama que guía mi pie incierto. El verano en su caída se aferra de la rama más terca del guayacán. Mis manos no me alcanzan. Me despeño entre los que se levantan en esta ciudad cuya caricia es cuchillos ausentes. Todo el esplendor de este día es sólo el comienzo de la herrumbre.
Pequeña Alejandría
“La muerte está hoy ante mis ojos
como el deseo de un hombre cautivo por ver su casa”
Antiguo Egipto
Pongo tempestad en mi corazón y fuego en las palabras. Regreso delirante a la infancia y queda a salvo el papel blanco. Cae indiferente la hoja del árbol, cae una estrella húmeda sobre la hierba, cae un ángel loco en la canoa del sueño y el cantor no se entera en su noche de ébano y droga: Habla más fuerte el mundo su silencio. La muerte está hoy ante mí, la miro a los ojos, mi mirada incendia la escritura y doce soles se consumen sembrando frío adentro: Queda a salvo el papel blanco. Sólo sobreviven la fortaleza de mi infancia, el orgullo risueño de mi madre y el miedo de tu amor. Ahora habla más fuerte el mundo su silencio:
Hay dolores que viven en manada y atacan cuando huelen una herida. Lo que carece de temblor no me interesa. A tu paso se abre el mar rojo: yo me quedo de esta orilla. No hay tierra prometida que cumpla su promesa. Ante los censores escondo mis manos manchadas de tinta. Condenado, cargo la maleta de mis nadas. La palabra silencio habla demasiado para expresarlo. La palabra soledad me acompaña, traicionándose. El pan es estrella irremplazable de la mañana. La violencia nos viene del sol. La fresca sombra del árbol borra mi sombra estremecida.
A mi regreso, sólo tu perro me reconoce.
Llega a la tierra prometida y no levanta allí su casa; reconoce que dios la ha engañado de nuevo. Llega a la belleza y quiebra su espejo; sabe que ese no es su destino. Llega a la verdad y no se amaña allí; echa sobre sus hombros la pesada carga e inventa un sendero hacia lo inefable con su lámpara de oscuridad. Llega al domingo y no descansa entonces; ama su pie errante. Adelantada a sus propios pasos, invisible y umbría, no posee luz propia pero sabe encender el fuego. Sin fe en el camino, cuanto más se aleja más cerca está del comienzo, hasta alcanzarse a sí misma por la espalda, pero no se reconoce. No mira hacia el horizonte que la llama. No vuelve la cabeza para reconocer el sendero de sal. Su rostro desaparece entre la bruma. Su equívoco pie importa nada. Camina con zapatos de felpa entre el simún, para que su rastro no pueda ser seguido. Sólo el orden del polvo que ha levantado en su errancia estremecida es lo que queda. Para evitar explicaciones se defiende con olvido. La poesía.