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“Las flechas de Cupido”, por Leon Bazile Perrault (1882)Efectos diferentes (Ovidio y otros)

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Dice la mitología que el niño Cupido, dios del amor, lanzaba dos tipos de flechas. Con unas provocaba el amor en quienes eran heridos; con las otras, rechazo. Pues bien, veremos aquí otras cosas que tenían también efectos contrarios. Pero lo primero que tiene doble valencia es la voz griega phármakon,1 que significa primero “remedio”, pero después “droga funesta”, “veneno”. A estas acepciones podemos agregar otras: “preparación mágica”, “tintura”, “ensalmo”, “fórmula”.2

Lo que hace la diferencia entre un remedio y un veneno es otra noción griega, la dosis, “lo que se da”, que también es término técnico de la medicina. Así lo expresa el saber enciclopédico de San Isidoro de Sevilla, echando mano de una etimología equivocada (cosa nada rara en su época): “El nombre medicina se considera que viene de modo; esto es, del temperamento, de forma que no se administre lo que se necesita sino poco a poco. Pues la naturaleza se entristece ante la abundancia, pero se alegra ante la medianía. Por ello quienes beben antídotos o pigmentos asiduamente o en abundancia, son dañados. Pues toda falta de moderación no lleva salud sino peligro”.3

Sobre las mentadas saetas de Cupido, una de oro y otra de plomo, así narra el poeta latino Ovidio, cuando cuenta cómo el dios hijo de Venus hirió a Apolo: “Sacó de su aljaba dos dardos / de diversos efectos: uno ahuyenta, el otro causa el amor. / El que lo causa, tiene punta y brilla su aguda cúspide; / el que lo ahuyenta, es obtuso y lleva en su caña plomo. / A uno lo clavó en el pecho de Dafne, hija de Peneo; / con el otro atravesó los huesos y médula de Apolo. / Inmediatamente él ama, mas ella huye hasta del nombre de amante”.4 Como vemos, la mitología así explicaba las afinidades afectivas, las cuales me animo a decir que pocas veces se dan. Cabe aclarar que el fixit del v. 472, que es “clavó”, habría que entenderlo en un sentido más amplio, pues no tenía punta sino que era obtuso. Al tópico aluden estos versos de Eurípides: “Eros, de dorada cabellera, dos dardos / lanza de sus gracias; uno es / para un destino feliz; el otro, / para confusión de nuestra vida.5

Y estos otros, de Góngora:

Juntos así nos criamos,
y Amor en nuestras niñeces
hirió nuestros corazones
con arpones diferentes.
Labró el oro en mis entrañas
dulces lazos, tiernas redes,
mientras el plomo en las suyas
libertades y desdenes.6

El italiano Ludovico Ariosto (1474-1533), en su Orlando furioso, cuenta cómo Reinaldo de Montalbán, uno de los caballeros de Carlomagno, estaba enamorado de Angélica, reina del Catay. Antes era al revés: Angélica amaba a Reinaldo, pero éste la rechazaba; de repente todo cambió, pues él la amaba y ella sólo sentía por él desdén. ¿Cuál fue el motivo? Otra vez el tópico de los dos efectos:

E questo hanno causato due fontane
che di diverso effetto hanno liquore,
ambe in Ardenna, e non sono lontane:
d’amoroso disío l’una empie il core;
chi bee dell’altra senza amor rimane,
e volge tutto in chiaccio il primo ardore.
Rinaldo gustò d’una, e amor lo strugge;
Angelica dell’altra: l’odia e fugge.7

En realidad aquí no hay una cosa con dos poderes, sino que cada fuente tenía el poder de cambiar los afectos; en todo caso el amoroso azar dispuso que cada uno bebiera en una distinta. Creo que así suele ocurrir; al menos así pensaba el Ariosto, quien en otro lugar decía: “Ingiustissimo Amor, perchè sì raro / corrispondenti fai nostri disiri? / Onde, perfido, avvien che t’è sì caro / il discorde voler ch’in dui cor miri?”.8

Y Prisciano, autor latino del s. VI d.C., en su poema Descripción de la tierra, menciona a Débride, ciudad de Libia “que supera a todas por el admirable don de una fuente / que caliente hierve en el frío de la noche y las sombras, / pero que es fría como el hielo ante los rayos del sol y el fuego”.9 Las fieras, el clima, el desierto, los pigmeos y todas las maravillas de África bien podrían admirar a estas raras aguas, de dos efectos y fuerte personalidad, pues no van por donde va la corriente. Por otra parte, se parecen al amor, que según Quevedo “es hielo abrasador, es fuego helado”.10 Y Quinto Curcio, escritor latino del s. I d.C.,11 también nos habla de una fuente, cercana al oráculo del dios egipcio Hamón, que tenía propiedades semejantes. La llamaban Agua del Sol. Al amanecer era tibia; a mediodía, en el máximo calor, fría; al acercarse el atardecer, caliente; a media noche, hirviente; al acercarse la luz, multum ex nocturno calore decrescit.12

Una novela griega medieval, la Historia de Calímaco y Crisórroe, habla de una manzana de oro que podía matar y también devolver la vida. Esto es lo que le ocurre a Calímaco, el príncipe protagonista del relato. En efecto él había muerto por la manzana pero sus hermanos encuentran en ella la inscripción: “Si algún muerto sin sentidos huele la manzana, / inmediatamente recobrará sus sentidos y la vida”.13 Y la mitología decía que Télefo, un hijo de Heracles, había sido herido por Aquiles en el muslo. Apolo en un oráculo predijo que lo que lo había herido lo curaría. Así fue años más tarde: aplicó herrumbre de la lanza de Aquiles sobre la herida y sanó.14

¿Pero por qué este tópico de los dos efectos, que acabamos de recorrer un poco? No sé, pero me animo a una endeble interpretación: nos gusta porque nosotros también tenemos dos efectos; porque, capaces de grandes maldades y a la vez de conmovedora bondad, hacemos el bien y el mal con los mismos medios. Es lo que a diario vemos: somos como los fármacos. Sin duda otros, más preparados e inteligentes que yo, darán mejores explicaciones. Creo de cualquier forma que tener a mano estos ejemplos puede ser útil a quienes enseñan literatura.

 

Notas

  1. Para evitar el uso del alfabeto griego, translitero las palabras griegas de un modo aproximado.
  2. Cf.: M. A. Bailly. Dictionnaire grec-français. Paris, Hachette, 1938, s. v. Phármakon.
  3. San Isidoro de Sevilla, Etimologías, 4, 2.
  4. Ovidio, Metamorfosis, 1, 468-474.
  5. Eurípides, Ifigenia en Áulide, 548-552.
  6. Luis de Góngora. Obras completas, 6ª ed. (ed. Juan Millé y Jiménez - Isabel Millé y Jiménez). Madrid, Aguilar, 1972, romance Nº 17.
  7. Ludovico Ariosto, Orlando furioso, 1, 78.
  8. Ludovico Ariosto, Orlando furioso, 2, 1.
  9. Prisciano, Descripción de la tierra, 203-205.
  10. Francisco de Quevedo. Obras completas I (poesía original), ed. José Manuel Blecua. Barcelona, Planeta, 1963, p. 387.
  11. No hay certeza acerca de la época en que vivió.
  12. Quinto Curcio, Vida de Alejandro Magno, 4, 7.
  13. Historia de Calímaco y Crisórroe, 1406-1407.
  14. Cf.: Pierre Grimal. Diccionario de mitología griega y romana. Barcelona-Buenos Aires, Paidós, 1981, s.v. Télefo.