Letras
El tacón de Manuela

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Estúpida chatarra, cómo me traicionas en esta boca de lobo. Sí, ya sé, el taller, parece hasta que hablaras, que insensatez. Y esta menguante caprichosa, nada que colabora. Pero mis pupilas se dilatan, se acostumbran. Quizás ahora pueda caminar sin miedo a dejar la frente estampada en alguno de estos postes que no destellan más que negligencia y burocracia. Recuerdo que a unas cuadras hay una estación de servicio, un teléfono. ¿Servirá? ¿Traigo todo? Si dejo algo en el auto seguro lo desvalijan. Virgencita, acompáñame. ¿Por qué siempre me habrán dejado aquella lucecita prendida? Si me hubiesen enseñado a entender la oscuridad ahora no me estarían retumbando salvajes los latidos. Es que esta zona no es buena, sabía que no debía tomar esta ruta. Seguramente la autopista se descongestionó pronto y hubiese podido llegar a casa, pero en cambio estoy aquí, deambulando por esta avenida exánime. Sólo venía a estos lados de pequeña cuando acompañaba a mi madre a comprar frutas en el mercado de la plaza. Eran otros tiempos, ahora esto es tierra de nadie, un poco más y dejo el tacón en la alcantarilla. ¡Ay! Pero quién se quita los zapatos en esta inmundicia. ¡Imposible! Tic toc tic toc. Despertaré a los indigentes, los latidos me suben poco a poco a la garganta, el auto ya se ve pequeño, distante, debo estar cerca. ¡Ah! Recuerdo esta panadería, la misma fachada, ahora en blanco y negro; la vida le ha pasado por al lado, a la avenida entera, y ni se dieron cuenta. Del derecho al izquierdo, del izquierdo al derecho. Cómo pesa esta cartera, siento que llevo al mundo sobre mis hombros. Que prácticos los hombres que pueden cargar la vida en un bolsillo. El auto ya parece de juguete y aún no llego a la estación de servicio. ¿Seguirá allí? Virgencita, acompáñame, creo que era por aquí, no debe estar a más de tres o cuatro cuadras, mira que ya no me entra aire en el pecho y tengo el cuerpo mojado del miedo que resbala ya hace rato de mi frente. Dicen que uno debe creer en las señales. Al salir de la oficina vi un auto accidentado, pero si de esas señales se ven todos los días, lo que he debido hacer es llevar el bendito carro al mecánico cuando empezó a hacer aquel ruido. Llovizna. Lo que me faltaba. Van dos más y aún no veo nada. El agua aprieta. ¿Y el auto, de qué tamaño va? No, no, no, lo sabía, debo apurarme, alejarme, ay virgencita, ayúdame que yo oro por ti, no importa que me hayan dejado la lucecita encendida, me estaban cuidando, gracias, cuídenme también ahora, ay Dios, los tobillos titubean, el miedo pesa en la punta de los pies, inclinados, los dedos aterrados, corre, apura, el agua se sacude ahora fuerte contra mí y, más atrás, contra él, perdóname diosito, perdóname chatarra, las frutas del mercado, de qué me quejaba tanto, perdóname, no puedo ni gritar, en qué momento se me cayó el aliento, alguien que me escuche, que me ayude. Tic toc tic toc, tic... ¡Ay! ¡Auxilio! Señor, por favor, señor, no, no, se lo pido, no me haga daño...

Y allí, tirada en el piso, con un pie desnudo, los párpados fruncidos y el tacón viéndome adolorido desde la alcantarilla, pero con cara de ay qué mujer tan tonta, escuché la voz de aquel hombre próximo a mi cuerpo decir “Señora, pero cómo corre, caramba. Tenga, se le cayó la billetera de su bolso. Yo en su lugar me habría quitado los tacones”.