Letras
The hater

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A José Ernesto Rodríguez

De las pocas cosas que Arturo hubo de posponer durante largo tiempo, a la espera de mejores circunstancias, una de ellas era matar. Víctima de un extraño proceso mental en el cual las pequeñas cosas se convertían en enormes tragedias, Arturo desarrolló el sabor por todo tipo de vindicaciones, cuando sentía que sus causas eran más que justas. Muchas de ellas lo fueron. Su atropellada infancia la transcurrió en una inmensa casona donde vivía la enorme familia. De carácter apaciguado y piel de color un poco más oscura que el resto de sus coetáneos, fue obligado a vivir como un bastardo. Con el tiempo sabría que su madre huyó de la casa cuando era adolescente y había quedado embarazada. Nunca se casó. La tragedia se hizo más dura cuando ella, en busca de mejores oportunidades, lo dejó al cuidado de estos familiares y marchó a trabajar en la gran ciudad. Nunca quiso culparla, aun cuando todo el mundo, con la excepción del primo Álvaro, hizo de su vida en aquella casa algo duro, penoso, miserable. El abuso no sólo fue psicológico sino también físico. Huyó varias veces, intentó matar a uno de sus agresores, trató de acabar con su vida. Lo internaron en un orfanato de donde su madre lo rescató. El amor llegado en la flor de la adolescencia y la mano afable de un cura lo salvaron del abismo. Fue ese mismo cura quien un día descubrió en el pequeño Arturo los rasgos de imperdonable que lo caracterizarían por el resto de su vida. Sus miradas de odio, su sentido del recuerdo, o mejor, del no olvido.

Los dieciocho años le llegaron con la promesa del futuro mejor, de las tierras lejanas como un dorado. Llegado el momento, empacó y huyó. La puerta de la vida se le abrió franca. No ocultó su indiferencia ni su desilusión ante la gran familia. No hizo promesas vanas de continuo contacto, comunicación. Su madre, único ser piadoso, santo, que rodea la existencia de esos seres llamados hijos, recuperó de algún escondrijo de la casa algunas joyas que le entregó entre lágrimas. Arturo no dio señas de conmoción. Empacó, hizo viaje desde su casa hasta el aeropuerto a solas. No miró hacia atrás. Únicamente las cartas entre él y su madre mantuvieron vivos los viejos sentimientos.

Viejos sentimientos que recordaba con una extraña mezcla de tristeza y alegría. Como aquellas tardes de sosiego junto a su único ser querido. Los paseos al parque en los que jugaba pelota con seres imaginarios, mientras su madre, quizás abrumada por otros sentimientos, desde la distancia vigilaba con una leve sonrisa de cansancio. También recordó los gemidos callados, y las lágrimas que al ser descubiertas, ella secaba con rapidez; como para no transmitir lo que, a todas luces, ya había sido transmitido.

Los años se sucedieron con los éxitos. No así los amargos recuerdos que se acrecentaron con la muerte de su madre, entre la soledad e indiferencia del conjunto familiar. No fue capaz de volver para darle el último adiós al único ser digno de sus recuerdos, de sus amores. Algunas pocas condolencias llegaron en sobres de aquel que ya era un extraño país. El dolor sólo acrecentó su sed de venganza.

Pasados los treinta, al caer en cuenta que el dolor y la venganza sólo aumentaban su tamaño y fuerza, decidió que había que cerrar el capítulo. Comenzó la trama que ya, desde su infancia, había imaginado; pero que sólo el tiempo y la madurez le permitieron perfeccionar.

Escogió el mejor momento del año para viajar sin sospechas. Boletos de ida y vuelta a alguna isla del Caribe, desde ahí, con nombre falso, otro boleto a su país. Sacó de una lista muy personal a sus cómplices, necesitaba ayuda. Pensó en Ricardo, su único amigo de juventud, al cual había conocido en el orfanato donde lo internaron. Pensó en Álvaro, el único primo inocente, y al que todos en la familia querían y admiraban por su inmensa bondad. Hizo tres llamadas. El primero aceptó a todas las exigencias gustosamente. El segundo lloró de alegría al saber de la vuelta del ser querido alejado por las infamias. A ambos Arturo imploró el mayor de los secretos, en aras del factor sorpresa. “El tipejo no les va a pagar de todas formas. Yo les entregaré la otra mitad luego de que ustedes cumplan con el trato. Aparenten que es un robo”, sentenció Arturo a través del auricular en su tercera y última llamada.

En la oficina se despidió con la promesa de disfrutar sus merecidas vacaciones, souvenirs, y muy buenas fotografías del “holiday”. De camino a casa recogió en los suburbios el pasaporte falso y la caja con los mementos prometidos a sus compañeros de trabajo.

La noche previa la pasó sobresaltado, recorriendo en su mente todos y cada uno de los pasos de su plan. Un profundo cansancio le recorrió todo el cuerpo cuando pudo por fin desabrochar el cinturón de seguridad en el avión. Cayó en un profundo sueño. En la isla alquiló por una semana un pequeño cuarto en el hotel del aeropuerto. Conectó su ordenador portátil al aparato telefónico. Sólo cinco horas lo separaban de su destino final, abordaría otro vuelo y estaría en casa luego de tantos años. Se imaginó de nuevo los viejos paisajes, las encumbradas laderas, la vegetación floreciente. Gruñó de felicidad al sentirse conductor de una justicia divina; sonrió al ver la victoria tan cerca, y de su lado. Desde la ventana del avión observó el paisaje árido y caluroso. Nada había cambiado al parecer. Se dirigió hacia la zona de casilleros del aeropuerto, guardó un paquete en el número veinticinco, colocó la pequeña llave en su bolsillo; caminó a la salida. Ricardo lo esperaba en el terminal cual lo pautado. Se intercambiaron ciertas palabras, bromearon sobre el paso de los años en cada quien. Al llegar al vehículo, Arturo revisó la caja con todo el material solicitado, tomó el teléfono celular, lo encendió, las copias de las llaves del auto de Ricardo y el pequeño regalo; los guardó en su bolsillo. Sólo faltaba algo, Ricardo extendió su mano hasta debajo del asiento y sacó el revólver envuelto en un paño. Arturo lo revisó y asintió con la cabeza.

Mientras el paisaje se sucedía, nada parecía haber conmovido aquellas tierras áridas de hombres duros y odiadores; así lo pensó Arturo. Ricardo relataba en voz alta algunas anécdotas del pasado que no hicieron desviar a Arturo del drama de aquellos últimos instantes de gloria personal. Vindicta. Pensó una vez más en lo que temía; que quizá luego de obrar su venganza, el remordimiento supliría su odio. La tristeza a la furia. Un cadáver a la imagen suave de su madre. Decidió correr el riesgo. Suplantar una carencia por otra. Por una vez sentirse el malhechor, perseguido ya no por recuerdos, sino por culpas.

El teléfono celular sonó a la hora acordada. Confirmó la hora del encuentro y colgó. Arturo le agradeció a Ricardo el gesto de amigo, sacó el dinero de su pequeño bolso y le recordó que tenía que estar en el lugar de la reunión a las cinco de la tarde, para saldar la deuda de que habían hablado; Ricardo le recalcó que esa era sólo la mitad del dinero que él debía, a lo que Arturo contestó que la otra parte estaba en un lugar seguro y que era una medida para salvaguardar su vida, “Si tienes el dinero completo te dan un balazo”, le espetó. Cuando ya se acercaban al caserón donde el primo Álvaro vivía, Ricardo detuvo el carro y le dijo a Arturo que esperaba que hubiera perdonado los errores del pasado (Arturo recordó cómo Ricardo y otros en el orfanato abusaban de él constantemente). “El pasado quedó ya atrás, mi viejo amigo. No hay rencor”, aseveró Arturo mirándolo a los ojos. Sacó la pequeña llave de su bolsillo, se la entregó y le pidió que la conservara con él. Se dieron un abrazo sincero y Ricardo prometió estar de vuelta a la mañana siguiente para llevarlo al aeropuerto.

Mientras se acercaba a la puerta Arturo sacó de su bolso el pequeño presente; lo aguantó entre sus manos y tocó el timbre. Álvaro abrió la puerta y ambos se entrelazaron en un abrazo profundo. Ricardo dio vuelta en la rotonda y a lo lejos divisó a los dos hombres detenidos a un costado del camino; no había nadie alrededor. Avanzó algunos metros más y detuvo el automóvil. Álvaro no paraba de preguntar cosas y de lamentar por la ausencia de Arturo en el funeral de la tía Alicia. Mientras se acomodaban en la sala Arturo le entregó el presente al primo y observó el reloj; eran las cinco en punto, no había mucho tiempo. Cuando Álvaro se disponía a abrir el paquete, Arturo disparó a quemarropa. Ricardo cayó fulminado en el piso mientras uno de los hombres le revisaba la chaqueta, encontraron las llaves del auto y la otra más pequeña, hurgaron en el auto en busca del dinero; salieron en búsqueda del aeropuerto. Mientras la mancha de sangre se extendía por sobre la alfombra Arturo escuchó el teléfono de la casa repicar. Se lamentó el no poder disfrutar de las lágrimas que todos en la familia derramarían por esta innecesaria muerte. Al contrario de lo que temía, no sintió nada. Aguardó en silencio hasta que la contestadora respondiera, y escuchó su propia voz en el parlante lamentando el no poder hablar con Álvaro, enviando saludos a todos en la familia desde sus vacaciones en el Caribe, y excusándose por no viajar a verlos a pesar de estar tan cerca, por lo corto de sus vacaciones. La computadora, a cientos de millas de distancia, había hecho su parte a la perfección (su coartada estaba lista, nadie podría acusar a alguien a cientos de millas de distancia del lugar del crimen). Tomó el paquete, lo abrió bruscamente y regó la cocaína por encima del cadáver de Álvaro (él era uno de los pocos que sabía que Álvaro era adicto, fingió una escena de venganza por deudas y drogas, y así abochornar aun más a la familia). El conductor observó en el reloj del tablero que eran las cinco y diez e hizo señas al copiloto para que hiciera la llamada. “Está en el aeropuerto. Casillero número veinticinco”, pronunció Arturo, cerrando la puerta de la casa y dirigiéndose hacia la calle por uno de los laterales. Mientras el taxi se abría paso por entre el denso tráfico y el insoportable calor, Arturo hizo su última y magistral llamada. Un sujeto incógnito llamó a la policía y le informó del homicidio cometido en la rotonda, describió el auto y las personas, mencionó haberlos escuchado hablar del aeropuerto, se reservó el nombre por temor a represalias. La policía, sospechando una fuga anticipada, acordonó el aeropuerto a toda prisa. Arturo le extendió el dinero al taxista desde la ventanilla y se enfiló hacia el estacionamiento del aeropuerto, le costó un poco divisar el viejo armatoste de Ricardo; sacó el chip del teléfono y abatió este último con todas sus fuerzas contra el suelo, se dirigió rápidamente hacia la maleta del auto, la abrió y colocó el revólver, envuelto en un paño, entre la caja de herramientas. Lanzó las llaves en una de las alcantarillas. La policía detuvo a los dos sospechosos en el área de los casilleros, mientras éstos descargaban su furia contra un paquete aparentemente lleno de periódicos viejos. La policía no les creyó el cuento de que un hombre, con una voz misteriosa, había coordinado todo sin estar nunca en persona, mucho menos después de encontrar otro revólver en la maleta del auto; “Y yo soy Sherlock Holmes y esto es una película”, bromeó uno de los policías. Era lógico que la víctima les debía dinero (Arturo había denunciado el acoso en la policía unos meses antes), y que los extorsionadores sólo habían cumplido su promesa de enviarlo “al otro mundo” por no haberles pagado a tiempo. Arturo tuvo que esperar mientras la policía levantaba la restricción de las áreas comunes del aeropuerto. Se deshizo del pasaporte falso inmediatamente después de haber llegado a su habitación en la isla, y se dispuso a disfrutar de sus restantes días de vacaciones. Estaba fuera de peligro. Una mueca de satisfacción se dibujó en su boca al recibir el email con la noticia de la muerte de Álvaro, y la profunda consternación en que la familia se encontraba sumida. Ahora todo estaba en su lugar.

Llegada la hora de retornar a los Estados Unidos, Arturo abordó el vuelo y se dejó llevar por el sueño. Durmió durante lo más largo del trayecto entre el Caribe y Boston, donde debía hacer su escala hacia Los Ángeles. En Logan abordó su último vuelo y suspiró de alivio; luego de algunos retrasos el avión despegó a las siete y cincuenta y nueve, faltaba muy poco ya para descansar y dar todo por terminado. Una vez más, el cansancio y la satisfacción se le hundieron en la piel y lo hicieron dormir profundamente.

Tuvo un extraño sueño, su primo Álvaro, sentado en un banco de plaza, sonreía sarcásticamente. Arturo entreabrió los ojos sobresaltado en el avión al sentir un brusco viraje, pensó en las turbulencias. Entre dormido, se asomó por la ventana y se extrañó el ver la ciudad tan de cerca; trató de recordar las veces en que los vuelos de Boston a Los Ángeles sobrevolaban Nueva York. Distinguió borrosamente la cara de Salvador Allende en la televisión del pasillo, escuchó a lo lejos una alusión a los veintiocho años del golpe. En los asientos centrales del avión, en la misma fila que Arturo, una mujer lloraba mientras hablaba por el teléfono celular; por un momento elucubró sobre las razones de semejante llanto, pensó en lo notorio del stress en la cara de las personas cuando se vuelve de unas cortas vacaciones, y lo estúpido que es pensar que algo malo te puede pasar hoy en día en un vuelo. Decidió cerrar sus ojos de nuevo, escuchar un poco de música con los auriculares y relajarse por el resto de lo que quedaba del viaje.