Letras
Victoriano Alcántara

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Cuando Victoriano Alcántara cerró la puerta, un escalofrío trepando por su espalda le mordió la nuca como un reptil fantástico. Afuera la noche ensanchaba sus latidos sobre los perros atentos. Un viento negro escurría de prisa su largo vestido. Entre bota y bota sonando como tambor lejano contra el piso, la casa callaba meciendo un oleaje de penumbras.

El hombre bajo la toalla se miró de nuevo en el espejo. Sólo un breve gesto tenso, todavía. Sin importancia. Sin rastros de sangre, magullones, dientes rotos. Apenas los ojos negros dilatados como los perros que afuera deambulaban la noche, nerviosos. Que andaban atentos con todos sus colmillos atentos, deambulando.

Victoriano —correntino, peón de albañil, soltero, treinta años— conocía de memoria historias de muerte y lobizones. Desde chico fue acostumbrándose a relatar apariciones y abrir senderos por el monte.

En más de una noche de luna llena clavó sus ojos en la punta de los pies, como si fueran una presa codiciada, mientras las manos morenas raspaban su cara en busca de cualquier indicio imprevisto, desesperadamente invadido de miedos y de habladurías.

Su familia no hizo otra cosa que trabajar por nada, como si trabajar fuera deber de ocupación gratuita para los pobres. Mejor dicho: sus padres no hicieron otra cosa que trabajar por nada. Vales por tabaco y yerba a cambio de veinte horas diarias de desmonte en los feudos de ilustres apellidos que decoran las calles de las ciudades. Serpiente y desmonte y hambre.

Los hermanos de Victoriano representaban un abanico de malos ejemplos, cretinadas e hipocresía santulona sin igual, sobre cuyos pormenores llegaron a dedicar algunas columnas los diarios de los pueblos cercanos. El anteúltimo de los Alcántara fue ubicado de monaguillo en una parroquia, por una tía fanática de no recuerdo bien qué congregación. Para desaliento de la mujer, el chico no entró en el seminario sino como mandadero oficial, ocupación ideal para vivir de arriba en Santa Fe.

Adalberto, el mayor de los siete Alcántara, graduado con honores de contrabandista en la Triple Frontera. Los mellizos, par simpático si lo había en todo Corrientes, cadetes desde los doce años en una gran tienda de Resistencia, hasta que los descubrieron revendiendo mercadería y fueron a parar a la calle, aunque un concejal de la capital, que andaba entreverado en esos asuntos de reventa, los hizo entrar a la administración pública de encargados de no sé qué área de Compras de la Municipalidad.

Crisóstomo Segundo, quien fue dado a luz justo cuando Adalberto inflaba los pulmones para soplar las velitas de su primer cumpleaños, se dedicó a la política como guardaespaldas de un mandamás del Pacto en Paso de los Libres. Julián, de quien poco podrían comentar las comadres memoriosas, era trece meses mayor que el fallido aprendiz de curita. En algún momento de su vida abrazó la artesanía regional, pero en los últimos tiempos se ganaba unos pesos como mercachifle y revendedor de baratijas a pilas en Uruguayana.

Victoriano tuvo hasta los dieciocho una vida tranquila, anónima, sin roces con sus semejantes. Hizo el servicio militar en Entre Ríos, y allí comenzaron a chorrearle las penurias. Le daba por morder a los conscriptos dormidos. Lo molieron a palos varias veces y hasta conoció las asperezas de la celda gracias a sus irrefrenables impulsos. Después, enganchado de cabo en el Ejército, comenzó a hacer carrera. Hasta que un día metálico de enero, un tal José Ignacio Cabañas, de guardia en los arsenales, lo vio correr en cuatro patas, zigzagueando entre unos tambores de combustible. Lo encontraron jadeando boca arriba.

En el pueblo dijeron —que decía un principal— que se había contagiado alguna porquería con la hija del despensero, que tenía ideas raras.

No pudo haberse puesto tan malo ese gurí, se lamentaba un sargento mayor de apellido Loria, que lo tuvo a cargo cuando manejaba un camión cisterna.

Lo cierto es que a Victoriano Alcántara, después de algunas juntas médicas, le dieron licencia por tiempo indeterminado.

Los perros gimieron mientras encendía la lámpara de la cocina. Se calzó las botas y una gorra. El viento negro regresaba con un bramido que se enredaba en las arboledas. Alcántara, trabajosamente, garabateó una breve nota con su mano izquierda. Cierta sirena agitaba a los perros que ladraban diferente. Victoriano descolgó el Máuser descargado, con mira telescópica.

En otros tiempos supo matar varios leones de un sólo tiro, comentaría después un hombre conocedor de las andanzas del milico por el monte. Le hizo un gran favor a la gente, afirmaría una anciana de negro casi como un rezo, cerrando los ojos y persignándose.

Alcántara se detuvo frente a la puerta cerrada.

La villa, ahora, hervía bajo una espesa expectativa. Se escucharon pisadas de varios hombres.

—¡Salí, correntino, estás rodeado! —gritó un agente. Victoriano acompañó la inconclusa ronda de la puerta con un leve movimiento de su mano, mostrándose de cuerpo entero, a contraluz, sin respuestas, ni gestos, ni palabras. Sin pensar en nada.

Alzó el Máuser hasta el hombro apuntando despacio. Una lluvia de muerte lo partió en cuatro.

Dicen que al frente de la partida estaba un sargento gordo y hablador que no dejaba de repetir algo acerca de una bala de plata.

Victoriano Alcántara quedó allí, en medio de su sangre, como cualquier cristiano.

Este cuento fue incluido en la antología Racconti fantastici, d'amore e di morte. También fue publicado por Patrick Cintas, en francés.