El otoño había secado las últimas hojas de los árboles y postreras bandadas de pájaros cruzaban hacia el sur. En el apartamento que he rentado desde hace algunos meses en New Jersey, leía las noticias de mi país, ejercicio diario y doloroso, que repito con desesperación y desconsuelo. El último informe hablaba sobre la monstruosa estafa de las llamadas pirámides, esa nueva vergüenza nacional. Estaba irritado por el cinismo del gobierno, por la bellaquería de los abogados, por la maldad de los timadores, por la estupidez de la gente, por la actitud de los periodistas. Desde hace años en Colombia, una noticia peor tapa la anterior, sin que ninguna logre ser plenamente procesada. El tsunami informativo impide cualquier comprensión cierta de los hechos y nos condena a la repetición autista de nuestras tragedias. Miré, a través del doble vidrio de la ventana de mi estudio, los árboles desnudos, las hojas muertas sobre el césped y el cielo plúmbeo que anunciaba los duros meses del invierno. A escasos cinco metros, una ardilla atesoraba la última semilla con la promesa feliz de la primavera. Entonces, me amenazó de nuevo la sensación amarga de que Colombia es un largo invierno sin promesas.
En esas estaba cuando me llamó mi primo José y me preguntó si estaba interesado en asistir a un encuentro de escritores y críticos que iban a hablar sobre la obra de Roberto Bolaño. Me dijo que el evento se iba a realizar en Washington y que, si yo quería ir, él cubriría todos los gastos. Por supuesto, acepté. Escuchar algunas valoraciones sobre el trabajo literario de este autor podría resultar sugestivo. Además, no pude dejar de advertir la extraña coincidencia que me destinaba a escuchar las conferencias sobre la obra de un escritor del cual se ha señalado su profundo pesimismo y su desesperanza por Chile, justo cuando las ingratas noticias ratificaban el pesimismo de muchos por el destino de mi país. Pensé en los juegos del azar, que tanto apasionan a Auster, y tuve la vaga intuición que algo más que regodeos académicos me deparaba este viaje.
Mi primo me explicó el itinerario: partiríamos a las once y cincuenta de la noche y llegaríamos a las cuatro y treinta de la madrugada, dormiríamos un rato y saldríamos para la Universidad de Georgetown a las nueve de la mañana. El bus estaría estacionado en la calle, al lado de Penn Station, y nos dejaría en alguna calle de Washington, donde el amigo Román nos recogería. No pagar terminales es una de las razones por las cuales este servicio sólo cuesta veinte dólares. Hice cuentas: con cuarenta dólares se paga el pasaje de ida y vuelta (diez horas por carreteras seguras y en excelente estado). Si una persona trabaja ocho horas limpiando una casa, se gana ciento veinte dólares. Este dinero le alcanza para pagarse el viaje de ella y sus dos hijos a la imponente capital, donde, además, casi todas las entradas a los sitios turísticos y culturales son gratis. En Colombia, la señora se gana veinticinco mil pesos por el mismo trabajo. Ese dinero le alcanza para ir, ella sola, de Cali a Buenaventura (cinco horas, ida y vuelta, por pésimas carreteras y con innumerables riesgos), mientras sus hijos la esperan, encerrados bajo llave, en alguna humilde covacha. Esa es, pensé, otra de las innumerables razones del pesimismo sobre el futuro de nuestro país y de las incesantes migraciones de los colombianos hacia cualquier lugar.
Al día siguiente salí de mi clase de latín, en Hunter College, tomé el tren E, me bajé en la 74 con Roosevelt y llegué a casa de mi primo, en Jackson Heights. Comimos, conversamos un rato y nos fuimos para Manhattan, pasadas las diez de la noche. No hubo ningún inconveniente durante esas 230 millas que recorrimos de New York hacia el sur. Lamentablemente, la oscuridad no me permitió ver mucho: avisos y señales de tránsito que se iluminaban y oscurecían al paso del bus, árboles y prados, autos y camiones, desvíos y salidas, luces de fábricas y ciudades, un parqueadero en Baltimore (donde nos detuvimos por diez minutos) y, por fin, las amplias avenidas de Washington. Llamamos a Román y nos apeamos del bus. En la calle hacía un frío de los mil demonios y no había dónde guarecerse, así que no tuvimos más remedio que resignarnos a sentir, en silencio, el paso lento de cada uno de los segundos de esos quince minutos que se demoró en llegar nuestro anfitrión.
A las ocho de la mañana estábamos en pie. Desayunamos unos ricos huevos a la mexicana, con cosas adentro que no pude identificar, pan, jugo y café. Llegamos al campus de Georgetown y caminamos alrededor de los más de cincuenta edificios que constituyen la universidad católica más antigua del país. Cuando entramos al salón, ya había comenzado el primer orador. En total eran ocho, entre profesores, escritores, críticos, la traductora de 2666 al inglés y la editora de la obra de Bolaño en USA. Después de las primeras cuatro intervenciones, hubo la acostumbrada discusión y salimos a almorzar. Hasta ahora, nada extraordinario, como casi siempre ocurre en estos eventos, que parecen más una puesta en escena que una verdadera reflexión académica.
Entramos a la cafetería de la universidad, dos pisos con diversos bufés de los cuales uno podía disponer a su antojo. La mesa que ocupamos Román, José y yo, se llenó con más de una docena de platos. Un calzón relleno de queso y espinaca, carne de pavo molida, carne de res con picante, arroz con verduras, crema de tomate y gaseosa con una rodaja de limón constituyeron mi opíparo menú. Luego, una torta de queso, helado y café. Hora y media de comer, conversar y descansar. A nuestro alrededor, los estudiantes almorzaban animadamente. Me dijo Román que Georgetown tenía un costo anual por estudiante de alrededor de cuarenta mil dólares. Es decir, calculé, lo que una persona se gana, con el salario mínimo colombiano, en quince años de duro trabajo. Esa constatación me produjo una mezcla de sentimientos de rabia, tristeza y desesperanza. El pesimismo amenazaba de nuevo.
Mientras terminaba mi café, un muchacho limpiaba la mesa de enfrente. Su gesto triste me hizo acordar de un mesero, en un restaurante de comida pesada en Manhattan, al cual le solicité que me recomendara algo rico y quien me contestó, casi avergonzado, que a ellos no los dejaban comer ahí. Eran latinoamericanos, el muchacho de New York y este de Washington, y las personas que servían la comida, que limpiaban las mesas, que acarreaban los trastos, que aseaban la cafetería de Georgetown University. Es bien sabido que la mayoría de los inmigrantes realizan el sueño americano detrás de las cocinas, en los baños, en las bodegas, en los oficios miserables. Las potencias se construyen también sobre los hombros del mundo en desarrollo y sobre los millones de seres humanos que dejan todo para tratar de inventarse un destino mejor en tierras extrañas. Y ahí estaba yo, en la capital del imperio, en la cafetería de una de sus prestigiosas universidades, comiendo las viandas que preparaban estos trabajadores esforzados y que servían con una amabilidad sin rencores.
Regresamos al auditorio, donde proyectaron una amplia entrevista con Bolaño, en Chile. Ahí pude ver mejor al escritor, su naturaleza, inteligencia y erudición, la claridad sobre su propia poética, la sencillez sin adornos de su discurso; lo que uno advierte en la lectura de sus textos. Quedó clara, en aquella conversación, su percepción de la novela, su afecto por escritores como Cortázar, su disgusto frente a los epígonos del Boom (con mención directa a Laura Restrepo) y su aprecio por escritores como Villoro y Villa-Matas. Tomamos un breve descanso, antes de continuar con la segunda ronda de intervenciones.
De regreso, cuatro conferencias. De todo lo escuchado, dos participantes se destacaron. El uno, por su inteligencia; el otro, por su estulticia. El primero, un juicioso crítico español con una sugestiva tesis, según la cual Bolaño había concebido, generado, administrado y promovido un proyecto de creación de un nuevo canon, cuyas características lo ponían a él en el centro del mismo y, por ello, había resultado tan prontamente un autor canónico y una de las voces señeras de la nueva literatura latinoamericana. El segundo, un escritor chileno que se dedicó a mostrar unas fotos de él con Bolaño y a decir cómo lo quería el escritor, qué amigos fueron y otros comentarios de farándula. El culmen fue su anotación a una foto en la que aparecían él y su hijo al lado de Bolaño: “Mi hijo está aquí, en este auditorio, con nosotros”, dijo, ahogado en su risa, mientras señalaba a un orgulloso adolescente. Con él acabó el evento. Mejor, él casi acabó con el evento.
Ahora sí, el vino y los tentempiés usuales: fresas, uvas, variedad de quesos, galletas, carnes frías. Conversación con el uno y el otro. En breve, cada cual por su lado y nosotros a hacer un poco de turismo, unas vueltas por la parte central de la ciudad. Desde el auto, contemplamos el edificio circular del Capitolio, que es la sede del poder legislativo; el monumento a Washington, un obelisco de 185 metros de altura; el monumento a Lincoln, una imponente construcción en mármol; el Pentágono, los museos, las sedes gubernamentales y centenares de edificios, la mayoría con diseños clásicos, muchos de ellos en mármol o en granito blancos. Todo limpio, suntuoso e imponente. Esta es una ciudad impresionante, hermosa, con amplias avenidas, fuentes, parques, diseños arquitectónicos deslumbrantes. No podía ser de otra manera, fue concebida en 1790 para convertirse en la nueva capital de los Estados Unidos, es decir, el corazón político del imperio, y fue llamada Washington en honor de su primer presidente. El mismo Washington contrató al arquitecto Pierre L’Enfant para que la diseñara similar a París. Es, pues, pilar del orgullo americano, centro del poder mundial, atracción turística y destino de inmigrantes. Esa es la ciudad que, por gracia de Bolaño, yo estaba visitando por segunda vez en mi vida.
El vino y el agua que había tomado me urgieron a buscar un baño. Aguanté, por un buen rato, dada la belleza que me estaba siendo ofrecida. Sin embargo, la necesidad se impuso. Mis amigos me dejaron al frente de un restaurante. Ellos iban a dar la vuelta y me recogerían de nuevo. El establecimiento estaba cerrado y el carro se había ido. Avancé una cuadra buscando otro sitio, pero no encontré. No conocía los alrededores y no hallaba nada abierto. Parecía que la vejiga llegaba a su límite. Al final de la cuadra, un edificio de columnas altas parecía un buen lugar para hacer una trastada. No me atreví. Siempre he censurado ese comportamiento vulgar, tan propio de taxistas y borrachos en Colombia. No hay nadie por aquí... y si mis amigos se demoran... No, pero tanto que yo he criticado... El dolor aumentaba. Afortunadamente, el carro llegó y nos fuimos a buscar un sitio adecuado. “Casi me hago en ese edificio”, les dije a mis compañeros. Soltaron la carcajada. No me pareció tan gracioso, hasta que me dijeron que ese era el edificio del FBI. “No sabés que esta es la ciudad más vigilada del mundo, que tienen cámaras y satélites monitoreándolo todo. Te habrían caído cincuenta agentes”, señaló Román. “Casi te orinás en el FBI”, se carcajeó mi primo. Dada la larga historia de abusos y vejaciones que hemos padecido en nuestra compleja relación con el imperio, pensé que no hubiese sido tan mala esa descarga simbólica, aunque no me gusta promover el desquite.
El último lugar que vimos fue la Casa Blanca, sede del gobierno. La observamos desde lejos y sólo pudimos acercarnos a la parte posterior. Me sobrecogí ante los muros blancos y recordé que la bellísima edificación había sido levantada sobre la ignominia de la esclavitud. La mayoría de los 600 trabajadores que participaron en su construcción fueron esclavos. Negros humillados, vejados, despojados de su dignidad, habían puesto su esfuerzo o su vida al servicio de la soberbia del imperio y la desmesurada ambición del emblemático presidente Washington, que la había concebido cinco veces más grande, según los planos que se conservan. Eso había ocurrido sólo dos siglos atrás. Ahora, en un proceso en el que uno advierte la grandeza de este país, un hombre negro, Barack Obama, se había ganado el derecho de llegar, en calidad de presidente, a la sede de gobierno. Con él vendrán su esposa, Michelle, y sus hijas, Malia y Sasha, que son descendientes de esclavos. Los hijos de los esclavos, de aquellos hombres que construyeron la Casa Blanca bajo el yugo de la más indigna de las condiciones humanas, serán sus ilustres moradores. La emoción que me embargó es inefable. Lo que ocurría en el corazón del imperio, que tanto daño le ha hecho al mundo y a mi país, llenaba mi corazón de esperanza y optimismo.
Esa, ahora lo entiendo, fue la verdadera razón de mi viaje a Washington. Sentí la fuerza de la historia y supe que, independiente de lo que ocurra con la administración Obama, el pesimismo y la desesperanza no son los únicos caminos para la humanidad. En ese momento y en ese lugar emblemático, pensé de nuevo en Bolaño y en mi atolondrado país, y tuve la nítida certeza de que, aun para Colombia, la espléndida primavera es una promesa inviolable.