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“La otra mejilla”, de Belkis Cuzá MaléLa otra mejilla, de Belkis Cuzá Malé

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La otra mejilla (ZV Lunáticas, 2008) cayó en mis manos por una feliz casualidad. Fue un milagro de la cibernética —un mensaje de Belkis Cuza Malé anunciando el lanzamiento de su libro para el 10 de noviembre pasado, que me llegó justo una semana antes de la citada fecha— y de, ¿cómo negarlo?, el influjo que sobre mí ejerce Miami con sus flanes cubanos y pastelitos de guayaba.

Lo primero que me llamó la atención fue el dibujo de la cubierta, un esbozo de palma con las hojas azules. Luego supe que era también de Belkis, poetisa-novelista-periodista y además dibujante. Multitalentosa, en una palabra. Después de su foto, con mirada de pitonisa que interroga a la vida junto a una taza de café, viene un prólogo de Grace Giselle Piney Roche que describe los versos de la autora como “libres y ligeros”. A mí, que entiendo poco de poesía, aquello me gustó. Me asustaría de haber leído “encadenados e insondables” o algo por el estilo.

Así que me adentré, ya con confianza, en el poemario, después de pasar junto a un Platero-caracol que se atraca de flores en un prado. La otra mejilla es un libro íntimo, pero no cerrado, en que la voz poética fluye en un estilo casi confesional:

“Dime, por Dios, qué hago yo aquí
tan pequeñita”

Interroga en un “Credo” que, como señala la prologuista, está “poco convencido de la divinidad”. Belkis se pinta sola en sus palabras. Dulce y sencilla pero también, si viene al caso, subversiva. Como hace falta ser.

En sus versos vive una búsqueda de la esencia que desdeña lo aparente, lo supuestamente real, para buscar el tronco de la vida. La poesía es cubana (“Jagüey Grande”) pero también universal. Usted puede no haber estado nunca en Jagüey Grande, no conocerlo ni de oídas, pero igual sentir un temblorcillo de reconocimiento ante “el paisaje de grandes tazas de café y un potrero por medio”. No aparece, por suerte, nada del hiper patriotismo que está hace tiempo mandado a recoger:

“Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte”.

El poema final, “Modelo para una encuesta” es sin duda más apropiado para cerrar el libro.

“La única encuesta posible
ha dejado de interesarme, ya lo sé”

admite la poetisa. Y el poemario se cierra dejando al lector con todas las preguntas, posibles e imposibles, que a cada uno le toca responder.