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Bolsa negra

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Él la mira instalado en la orilla de la cama. La embriaguez del ambiente aumenta con el bochorno pegado en la piel pero él no se inmuta y permanece inmóvil, en calzones, con sus calcetines cafés aún puestos. Sus ojos desorbitados por el exceso de tragos saltan de su cara queriendo alcanzar por sí solos el cuerpo que se presenta frente a ellos.

Ella nota su impaciencia y en atención a ese sentimiento desacelera, concienzudamente, su proceso de desnudez. Camina lento de un lado a otro de la habitación. El contoneo de sus caderas ayuda a vislumbrar en cada paso el encaje blanco de su ropa interior. Provocadora, tomando el control del tiempo entre sus manos, juguetea desabrochando y abrochando los botones de su blusa. Muestra y esconde su ombligo como toda una experta.

Él cierra los puños, apretándolos desesperado. Da tragos acelerados a su vaso. Se muerde la lengua como un tic nervioso; parece que jadea, su boca balbucea palabras incomprensibles, su propio sudor le torna brillante la piel.

Ella por fin cede y se encamina hacia él mostrando su cuerpo joven y firmemente torneado; no se acerca demasiado, sólo se muestra de frente.

Él permanece sentado en la orilla de esa cama gris de hotel. Su uniforme militar permanece, como mudo espectador, en una silla, junto a ella se encuentra una pequeña mesa con el teléfono del cuarto y una hoja con la lista de números de servicio. Sin ningún orden sobre la mesa se encuentran un montón de llaves agarradas por la misma horquilla y una bolsa negra de mujer con una pequeña placa plateada anunciando la marca.

Sus figuras muestran un largo puente de más de veinte años de diferencia entre sus edades, pero “eso no importa cuando el calor del ambiente invita al sexo”, piensa él maliciosamente, mientras en atención a su perfil militar empieza a tramar singulares estrategias de ataque a su joven víctima.

La piel de ella se ve fresca, como si acabara de salir de la regadera; pareciera que se ha preparado para la ocasión, como si conociera previamente la ventaja de que su piel luciera tersa y joven. El vientre firme y el ombligo bien ubicado desorbitan aun más los ojos del hombre que permanece sentado balbuceando. Ella suelta su cabello, es negro y abundante, largo, roza coquetamente su media espalda.

Él carga la tarjeta de presentación de su edad con las prominentes entradas desde sus sienes hasta el punto más alto de la cabeza. Una hilera de pequeñas arrugas sobre su frente baja por los costados hasta formar, notoriamente, cúmulos de arrugas en el marco de sus ojos. Aun sin verle la cara, las ramificaciones de venitas alrededor de sus tobillos, lo abultado y flácido de su vientre o las pecas en las manos muestran indiscutiblemente lo avanzado de su camino por la vida. Muchos son sus años por sobre los años de la mujer que frente a él permanece.

Ella continúa de pie frente a él, callada; aguarda tranquila, con los hombros erguidos como si estuviera en posición de firmes, cooperando con su figura al ambiente militar y bochornoso. El uniforme verde olivo sigue ahí, atestiguando el encuentro de generaciones. Las luces de la noche: autos transitando, anuncios luminosos, faroles de la calle, trasminan hasta el interior del cuarto a través de pequeños huecos entre las pesadas cortinas de color marrón colgadas en la ventana del cuarto.

Ella llega hasta la orilla de la cama. Él se soba las manos, en el preludio del placer y el entumecimiento artrítico. Ella permanece inmóvil, esperando. Él le besa húmedamente el vientre. Ella no voltea a verlo y siente cómo se aferran, desesperados, los dedos de él a sus nalgas, pellizcándolas, como tratando de arrancarlas. Él pasea su lengua, como una grosería, por las piernas de ella, perdido en las mieles de la autosatisfacción sin notar siquiera que ella sigue sin voltearlo a ver. Ella sigue de pie frente a ese desesperado que no se mueve de su lugar, voltea su mirada hacia el uniforme que parece haberle susurrado algo. Él siente de repente un mareo, como un soplo de aire en el pecho, “será la emoción”, piensa, “será el calor”, se consuela. Se incorpora nuevamente, lame lentamente los dedos de ella, las manos, las piernas, las caderas. La mueve a su antojo para no levantarse de la cama, ella cede sin oponer ninguna resistencia, espera. Él vuelve a sentir el mareo, ahora más fuerte, lo obliga a soltar lentamente las nalgas firmes que antes quería arrancar. Se recuesta en la cama, se apoya en un brazo pero éste no logra sostener el peso y el cuerpo entero se tiende sobre la cama. “Me siento mal”, dice él. Ella no responde. “Tráeme un vaso de agua”, ordena. Ella sigue sin responder y se dirige hacia la bolsa negra que permanece en la mesita de servicio. Saca una foto, la mira tranquilamente y en su cara se esboza una sonrisa de satisfacción, luego se dirige lentamente al sillón en el que dejó su ropa. Él la observa sin alcanzar a comprender lo que ella hace, pero sin fuerza para ordenar nuevamente su vaso de agua. La vista se le nubla, todos sus miembros permanecen sin fuerza colgándole del cuerpo, no entiende lo que le pasa.

Ella, con la calma de una mañana de domingo, se mete al baño. Se escucha el agua correr y se escucha también su voz tarareando una canción. A él le empieza a arder el cuerpo y conforme pasa el tiempo el ardor es cada vez más fuerte pero no tiene voz para quejarse. Ella sale del baño, vestida con jeans y camiseta sin mangas, ropa que no traía al momento de que él la subió en su coche gris de vidrios polarizados, en plena avenida. No. No es el vestido negro con tacones altos que combinaban a la perfección con la bolsa negra. Él no entiende nada, el dolor le ocupa toda la conciencia.

Ella, con el cabello húmedo aún y con un olor a jabón y crema, que nada tiene que ver con el penetrante perfume que portaba antes, se asoma a la cama para ver la cara de él. Él trata de decir algo, tal vez quiere pedir ayuda, abre la boca sin emitir ningún sonido. Ella mira su cara como reconociéndola a cada centímetro. Ella recuerda: tenía siete años cuando entraron a su casa para llevarse a golpes y empujones a su mamá. Su papá no estaba, hacía mucho que no estaba. Su mamá lo buscaba desde la primera noche que no llegó, hablaba en el radio, escribía en el periódico, preguntaba en la calle, averiguaba en oficinas y lugares sin lograr encontrarlo. Un día llegaron a su casa y su madre también dejó de estar. Fueron muchos los que se la llevaron, pero fue sólo uno el que le gritó cosas, el que la jaloneó, el que la golpeó; él se mordía constantemente la lengua, como un tic nervioso. Ella tenía siete años pero siempre lo recuerda, siempre lo vuelve a ver, en uno y otro uniforme militar se aparece como un fantasma, como un cuerpo necio que se niega a desaparecer del mundo para siempre.

Ahora este hombre y su pasado permanecen frente a ella, agonizando. Él mira la foto que ella pone frente a sus ojos, es una familia pero él no reconoce a nadie y los ojos le brincan aun más, ya sea por dolor, ya sea por impotencia. ¿Cómo explicar que él no entiende nada de esto?

“Ya no te podrás morder la lengua mientras mueres”, le dice ella acercando su nariz afilada con la nariz sudorosa de él. Ella se incorpora y le da la espalda, con una mano guarda la foto en su bolsa negra y con la otra abre la puerta para salir del cuarto.

A los siete años no se graba claramente una cara, pero un uniforme verde olivo es siempre el mismo, un tic en la lengua es siempre el mismo; una y otra vez, en uno y otro cuerpo, vuelven a ser los mismos.