Artículos y reportajes
“La muerte”, de Alicia Calero CerveraApuntes para un género olvidado
Antimateria biográfica de la poesía

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La poesía es el diario de un animal marino
que vive en la tierra y espera volar por el aire.
Carl Sandburg

Cenicienta o hermana pobre de la literatura, la poesía ha logrado sobrevivir contra todas las corrientes ideológicas dominantes que quisieran verla definitivamente enterrada. Enemiga irreconciliable de la cultura entendida como masificación y consumo, y consciente de su papel de Quijote frente a los molinos de viento, la poesía ha adoptado una suerte de guerra de guerrillas, lanzando un libro en el lugar menos pensado, disparando una revista, detonando grafitis sobre el corazón sensitivo de la ciudad. A su favor cuenta con que sólo aquellos que lucran vilmente del prójimo pueden querer su desaparición, y esos, si bien muy poderosos, no son muchos. El resto del mundo, los que inocentemente sobreviven de su propio esfuerzo, son parte de la minoría silenciosa que la reconoce, o integran, por regla general, la enorme masa de damnificados a quienes les han robado toda forma de belleza, como suelen robarle todo. Por eso, la poesía aspira a ser una devolución, la más sutil expresión de lo solidario; vive en el espiral inagotable del boca a boca, desde lo colectivo a lo individual, y nuevamente a lo colectivo, contra todo lo banal, a favor de lo sensible. Cuando alguna vez al día o a la noche, en algún sitio, ese momento ocurre, y la latente señal de lo poético emigra inmanente hacia el lector atento al caos, el Hombre recupera una porción de su lugar en el mundo, avanza un paso. Así como la falsificación de la realidad busca generar conductas, y lo hace —obviamente— en dirección opuesta a la condición humana, la poesía intenta acercar al Hombre a su auténtico destino. Frente a la alienación, la poesía recorre el camino contrario, va de lo gramatical a lo mágico en un sentido plenamente terrestre, dirigiendo su palabra desde un espejo acústico donde el concepto de funcionalidad se refleja en lo plenamente sensorial.

Entre tantas otras cosas hermosas, la poesía es hoy (y tal vez desde diferentes lugares y situaciones lo ha sido siempre) una suerte de intento por llevar la belleza al poder. Pero no al poder entendido como espacio de decisión coercitiva sobre los otros, o contra los otros (a lo cual la poesía se opone irreconciliablemente), sino como horizontalidad y franqueza, desde un lugar donde lo esencial no siga siendo aquello que depende de un motor o de una grifa (esa serie de artículos inútiles que terminaremos comprando, convencidos de que no podemos vivir sin ellos). Ante esa adulteración de lo vital, la poesía es libertad: busca redimir al Hombre de esa forma siniestra y obscena de la palabra acorralada y volcada contra sí misma. Y porque es sinónimo de libertad, una elíptica materia en donde todo resulta posible, la poesía toma fragmentos de lo inasible y los proyecta al exterior; de ahí su compromiso derramado sobre el aire, sobre el oxígeno sensible del Hombre, que es su combustible. Por su confiado apego a cierta simbolización de la alegría, aun en sus versos más tristes, la poesía es gesto limpio y es voz, evidencia clara de que no hay nada más provisorio que aquello que catalogamos de definitivo. Desde esa contienda la poesía puede ser un código luminoso de señales, un arma cargada de futuro, una estrella humeante entre los dedos, o el derecho del Hombre a empujar una puerta. Caminando a nuestro lado la poesía extrae de la vida sus sonidos, sus estructuras raudas, vuelca pintura sobre el día rutinario, mira hacia el lado correcto de la era que nos tocó vivir, se da con el futuro. No hay nada más inútil en términos prácticos, ni nada que se le compare en importancia. Para mantenerla a raya, acompañada de más escritores que lectores, mientras siguen pensando qué hacer con ella, esa inmensa minoría de los hombres inhumanos la acusa de miserable pérdida de tiempo, de anacrónica costumbre en un mundo globalizado y demasiado complejo. Pero la Poesía resiste todas las críticas, todos los agravios y todas las muertes programadas por quienes temen al arte, porque le temen a la libertad en todas sus formas; ella está antes del Hombre enemistado con el Hombre y seguirá estando, con mucha más razón, después de este tiempo de guerra. Porque aun cuando todavía no se haya tomado unánime conciencia de ello, le corresponde al pueblo, además de lo materialmente esencial, la plena posesión de lo poético.

(Publicado en Voces del Frente; Montevideo, 29 de noviembre de 2007).