Letras
Monólogo con página en blanco

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“Estoy escribiendo esto porque el médico me ha dicho que ponga en papel todo lo que siento y todo lo que pienso. Pero la verdad es no sé muy bien por dónde empezar”, escribe Esteban en la página de un viejo cuaderno cuadriculado que alguna vez sirvió para llevar las cuentas de los pedidos de la pastelería. No sabe cómo continuar, no sabe si anotar que esa mañana se levantó y no desayunó porque llovía y se puso a pensar en su ausencia. Y que salió a caminar sin paraguas y regresó empapado y se sentó en la cocina y allí se quedó por mucho rato. Deja el cuaderno y se acerca al balcón y mira largamente a la calle.

Al día siguiente Ana llega temprano. Trae comida, limpia la casa y sobre todo habla, habla mucho. “Yo la oigo desde lejos. Hace mucho que viene y repite las mismas cosas, que debería salir, tomar aire, que me hará bien...”, escribe en el cuaderno. Cuando Ana se va, Esteban va al balcón y riega el lirio. Todos los días le echa agua porque teme descubrir una mañana sus hojas marchitas. Mira el lirio por mucho tiempo hasta que los ruidos de los chicos en la calle lo sacan de la niebla tenue en que se encuentra. Entonces entra a la cocina y come algo de lo que le dejó preparado Ana. Allí lo sorprende la noche en penumbras mirando la colección de platos en la pared, repasando los colores brillantes de la cerámica, tratando de recordar la procedencia de cada uno de ellos. El de las cuatro margaritas sobre fondo azul fue el que compraron en aquellas vacaciones en la isla, eso sí lo recuerda. Pero en algunos casos es inútil. Por ejemplo no sabe de dónde salió el rojo con pequeños rombos verdes en el borde. El ruido de una sirena en la calle lo saca de sus memorias.

“Hoy no he salido de casa. Me llamó Antonio para invitarme a cenar a su casa, le dije que me había mojado y que estoy un poco resfriado y creo que es cierto, me duelen los huesos y me duele algo más por dentro, no sé exactamente qué”. Esteban cierra el cuaderno y en la tapa verde ve escrito con una letra que no es la suya Pastelería Isabel. Cierra los ojos y cree adivinar el aroma del biscocho de café y nueces. Luego sale al balcón y se sienta a mirar el lirio. Un pajarillo de plumas azuladas revolotea sobre la flor entreabierta y desaparece. Esteban suspira y siente que algo se le remueve en el pecho. Se levanta y mira hacia la calle. Divisa las mismas casas de siempre. La farmacia en la esquina, la antigua zapatería que ahora es un banco. Y ve el aviso de neón de la sala de videojuegos. Le parece imposible que alguna vez ese espacio haya estado lleno de bombones, pasteles, tartas y dulces. Entonces sólo había un cartel en la entrada que daba la bienvenida e invitaba a probar los dulces de la temporada. Ahora pululan los chicos que se sientan en la acera y conversan animadamente. Esteban no alcanza a escuchar de qué hablan. Comienza a llover y todos entran empujándose y formando algarabía.

“¿A dónde habrá volado el pájaro de ayer? He soñado con él, lo veía alejarse desde el balcón y cuando miraba hacia abajo, sólo veía una playa y mucha arena. Y no había nadie. Me desperté tarde y regué el lirio”. Esteban mira la taza de café ya frío que reposa al lado del cuaderno. “Ana dice que vendrá el fin de semana para desocupar el closet” escribe al fin y aprieta el lápiz fuertemente contra la hoja. El ruido de la punta al partirse lo arranca de su pensamiento. Esteban se pasa la mano por el pelo abundante y canoso, mira hacia el balcón y vuelve a pensar en su ausencia.