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“Entre las flores de la colina”, de Orlando González MorenoUn tránsito por entre las flores de la colina

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Plasmar la cultura de la urbe es una tarea que en los últimos siglos algunos escritores venezolanos se han impuesto, posiblemente, con el fin de testimoniar un sinfín de rituales propios de los seres que deambulan por las grandes ciudades de nuestro país. Las voces de José Rafael Pocaterra, Salvador Garmendia, Adriano González León, Luis Barrera Linares y Ángel Gustavo Infante, entre otros, son fiel testimonio de lo que ha significado recrear a través de la ficción literaria el complejo mundo interior de esos personajes que devienen impunemente por urbanizaciones y calles de reconocido prestigio; sectores sombríos y distantes; bulevares que semejan abigarrados lupanares; bares y todos aquellos inimaginables lugares que puedan hacer posible el libre tránsito de los más recónditos sentimientos que se posee.

Fiel a ella y a sus actantes, el catedrático, cuentista y ensayista Orlando González Moreno (Ciudad Bolívar, 1948), reúne en el texto Entre las flores de la colina (2008, Caracas, edición del autor), novena obra de este escritor, treinta y tres relatos en los que destacan, además, nueve minicuentos. Estas historias pertenecen a interesantes arquetipos de las metrópolis, quienes muestran un fantástico repertorio de situaciones atemporales que logran impactar al lector.

Las anécdotas y sus protagonistas se pasean, en la mayoría de los casos, por la ciudad de Caracas, quien se erige en la compañera protectora del delincuente que roba; del seductor que persigue a su objeto de amor; del estafador que ofrece lo que no puede dar; del profesor que ya no soporta más “la rutina de repetir la misma clase”; de los infieles; en fin, de ese hombre cansado de tanta anarquía existencial. No obstante, el escritor, en algunos eventos, convierte a esa metrópoli en un lejano recuerdo y la sustituye por un lugar más apartado y menos trágico, en el que los moradores de la gran capital encuentran, paradójicamente, la escurridiza felicidad.

Los relatos heterofónicos que conforman esta obra narrativa están estructurados con un discurso que se aparta de lo artificioso; su lenguaje es atrevido, sin afeites y muy directo. Este fenómeno permite desnudar todo lo oscuro, profano y hasta escatológico que se disfraza en la vida postmoderna, pero desde una postura mordaz y jocosa.

Esa comicidad que en ocasiones colinda con lo irreverente marca el ritmo de cada historia, permite abordar temas como la muerte, la homosexualidad, la infidelidad, la mendicidad y la delincuencia desde la postura de un escritor que se convierte en un cronista de seres que, como él, aunque vivan en ciudades descarnadas, también tienen el derecho a transitar entre las flores de una colina.