Amanecí incómodo, antes de tiempo, ni siquiera fue necesario el pitido del reloj despertador. Con sorpresa, pues no tenía un ápice de frío, me vi arropado con la sábana, sudando como en el sauna. Encendí la radio para oír de soslayo el noticiero de las cinco, pero no había señal. Pensé que a lo mejor la tormenta de anoche habría dañado la planta eléctrica en las cercanías de la emisora. La apagué sin tomarme el costo de sintonizar otro canal. Ya que todavía faltaban minutos antes de la hora usual, volví a recostarme. En vano intenté hilar los recuerdos de la noche anterior, sólo una ráfaga de angustia, como si hubiera pasado algo grave o hubiese salido abruptamente de una pesadilla. Mis últimos recuerdos venían de la cena, con Ariana, en la cafetería del amigo Ponce, a unas siete u ocho cuadras de mi apartamento.
Con esfuerzo pude ver el rostro descompuesto de Ariana que lloraba sin rienda, pero yo no podía hacer nada, sólo sentirme culpable, entumecido, aspirando el aire viciado de cigarro que venía de algún lado. De modo confuso, aunque sospecho que fue en un momento previo al llanto de Ariana, me viene la idea de una tercera persona, en una de las otras mesas de la fonda, la mirada fija hacia nosotros, entre amenazadora e inquisitiva. Debido a las sombras, no puedo distinguir bien la cara del hombre, sólo el ceño fruncido y una de sus manos acariciando el mentón, luego el intento (o quizás sí lo hizo) de aproximarse. De ahí en más la noche se había tragado mi memoria.
Sonó el teléfono, muy extraño a esa hora de la mañana, bajé entonces las escaleras para contestar, descalzo, y con la sábana como túnica. Supuse que era ella, y entonces, con mucha pena, le preguntaría qué había pasado después de la cena. Levanté el auricular pero no dije nada, esperé la voz al otro lado. Nadie habló. Ariana, Ariana, dije; el silencio permanecía, tampoco escuché algún resuello. Colgué, de inmediato marqué su número. El tono de disponible apareció una, dos, hasta cinco veces, luego el mensaje de la contestadora. No quise dejar recado, fiel a mi costumbre de no hablar con artefactos.
Dispuse meterme al baño, antes, el pis de rutina. Crucé el batiente y sin demora abrí la llave. Mientras el agua salía de la regadera, con grave asombro recordé que hoy, dos de julio, era mi cumpleaños. Cómo pude haberlo olvidado, me reproché. Tal si una cosa estuviera unida la otra, caí en la cuenta de que la cena con Ariana era para celebrar mi cumpleaños, porque ella salía esta mañana en gira de trabajo. Parece que a cuenta gotas iría recobrando la memoria, al menos eso fue lo que pensé durante el baño. Alcancé la toalla del gancho y me sequé con fruición. Otro año más, vaya, vaya, te vas poniendo sazón, pensé con sorna. Me gustaba en esa fecha un día sin rituales ni aspavientos, incluso, hubiese preferido no salir de la casa, tumbarme en la cama media mañana, organizar los pensamientos, lidiar con las nostalgias y, ya al principio de la tarde, salir a caminar por algunos parques, bordear el malecón, comprarme una bolsa de rosetas, y dárselas sin escatimar a las palomas. Después, bañado de sol, ir a tomar un autobús, sin rumbo premeditado, acaso a algún pueblito pesquero a dos horas de la ciudad. Pasar la noche allí, en alguna pensión opaca, entablar antes conversación con el encargado de la posada, subir a la habitación, abrir la ventana y observar los reflejos de un ambiente anónimo, en sosiego, un verdadero paisaje que me librase de mi molde citadino, plagado de coches, hormigón y acero. Luego, sacar el libro de mi mochila, quizás aquel de Camus que me regaló Ariana hace un par de meses (y que, por supuesto, no he tenido ni siquiera ocasión de hojear); entonces, leer y leer hasta que se me cerrasen los ojos, aún sin haber tenido tiempo para cenar.
Pero tenía que ir a la oficina. Dos clientes importantes iban a llegar durante la mañana. Me calcé las sandalias de goma y salí del cuarto de baño, satisfecho por el esmero en no pringar de agua las baldosas. Usaría, con el pantalón de lino, la camisa crema que me compré la semana anterior; después de todo, la ocasión lo valía. Anudé la corbata, lamentando no tener una que combinara mejor con la camisa, aunque iba bien con el color de los calcetines. Me miré en el espejo del armario, ya menos cohibido, pues el agua fría había desvanecido los pliegues de la cara que se remarcan al despertar. Pasé el paño a los mocasines antes de ponerme la faja. Había que dejar buena impresión, la prima del Audi último modelo estaba en juego si ligaba ambos asuntos.
Aunque me había levantado con suficiente tiempo, quizás por ello, tardé en vestirme, así que corrí a la cocina para tomarme la leche con cereal y una banana, aunque hubiese preferido esta vez unos huevos revueltos y un poco de café. Vacilé en reintentar hablarle a Ariana, para desearle buen viaje, pero sobre todo para preguntarle por lo de anoche. Al final, desistí, y subí a cepillarme los dientes. Por un momento, debo confesarlo, la rutina de los preparativos antes de salir al trabajo daba la falsa impresión de ahogar mi angustia, pero, en mi contra, apenas era una intermitente neblina, una gota de agua en la duna, que pronto daba paso al tedio.
Sentía de todas maneras temor de salir del apartamento, la misma impresión de cuando desperté tapado de pies a cabeza. Puse el frasco de loción sobre el gabinete del baño y retoqué el cabello con el peine. Me volví a ver en el espejo, éste me hacía ver más regordeta la cara que el del armario. Largué una mueca, como una burla a la figura deformada que tenía enfrente. Fijé los ojos en mis ojos y no pudo venirse otro pensamiento que no fuera el que me hacía sentir que mi vida estaba untada de anonimato y días grises. La vida ahora se podía resumir en unos cuantos casos, algunos delicados, kilómetros leídos de líneas fatuas de los diarios, pocos libros a pesar de mi buena intención de leer más, y Ariana, por supuesto... Ariana, a la que todavía no le proponía matrimonio, por ese inclemente miedo a tomar decisiones elementales.
Del hogar a la oficina me separaba un largo tramo, entre filas apretadas de carros, manejaba siempre con los vidrios hasta arriba, bajo la atmósfera del aire acondicionado; como un puente larguísimo que encaja dentro de una vitrina, que aísla del ruido, del contacto con los demás, que me priva en una palabra del pálpito de la ciudad. Mientras se aguarda el cambio de luces del semáforo, aprovechaba las paradas en los cruces para voltear a ver los rostros impacientes de otros conductores, como retratos, con un gesto hostil que contagiaba el día. De pronto, aparecía casi invariablemente alguna carita imberbe, restregando un trapo en el vidrio delantero, antes de tender la palma de la mano y abrir los ojos como platos. Yo no abría la ventana, mi propio extrañamiento de aquel ambiente adobaba la sospecha de que uno de esos carinocentes intentara atracarme. Aceleraba al ponerse la luz verde, con una carga de conciencia que siempre era menor a mi recelo.
Ariana me había dicho en cierta ocasión, camino al cine una tarde después del trabajo, que yo vivía anestesiado, que estaba a punto de convertirme en una saeta perdida, por haber amarrado al joven vehemente de la facultad para darle paso a un autómata, sin reflejos, vaciado de las enzimas que podían hacerme sentir dolor o gozo profundo. Le reñí por ese juicio, y le pregunté que si acaso ella era diferente. No contestó, quedó mirándome, no con sorpresa sino compungida, mientras yo, al observarla, exageraba mi altivez, y sin decírselo, la desprecié no tanto por el insulto, sino por su estúpida manía de pensar que uno en el mundo puede darse el lujo de hacer concesiones a los demás. Pensé que ella iba a comenzar a llorar, lo cual me hubiera hecho sentir bien, al tomarlo como un signo de victoria, de superioridad argumentativa. Pronto dejó de mirarme, soltó mi brazo derecho y comenzó a juguetear con el perrito de peluche que pendía del retrovisor. Al llegar a un cruce, sin darme tiempo a reaccionar, quitó el seguro de la puerta y la abrió para salir. Mis gritos se ahogaron en la garganta, quedé inmóvil, sintiéndome a un tiempo satisfecho y despechado. Se puso al lado del muchacho limpiavidrios y le quitó la franela, apretujándola, para restregar ella misma el cristal. Adiviné que, más que limpiar trazó una palabra, por supuesto inentendible para mí. La luz en verde, tuve que acelerar. Ariana quedó impresa en el paisaje hostil del tráfico de la tarde. Supuse que era el fin de lo nuestro, por lo cual me sentí en ese instante aliviado, lejos de esa alma tormentosa que es la de Ariana, siempre dispuesta a aguarme la fiesta, tan proclive a socavar mi —de otra manera— imperturbable calma.
Mi temor a perder el equilibrio, el de ella a su propia soledad, o quizás su compasión, no sé a ciencia cierta pero el caso es que tras varios meses nos reconciliamos. Sería inexacto decir que la relación ha mejorado, es preferible pensar que tanto ella como yo hemos decidido controlar nuestros arrebatos y dejar en voz baja los pensamientos hirientes. Eso me ha restablecido la calma, y espero que a Ariana también. Parece artificial, pero si se le mira bien es mejor a quedarse solo o a pasar mal encarados por cualquier motivo. Va en otro mar menos tempestuoso la barca que, me reí, en lugar de crisparme, cuando le pregunté hace poco qué palabra es la que había garabateado en el vidrio del auto. ¡Cretino!, me contestó, sin la carga emocional de cuando aquella tarde.
Apagué las luces, metí la billetera en el bolsillo, cogí las llaves y el maletín, a punto para un nuevo día, aunque lo de nuevo no pasaba de ser un eufemismo. Con el rabillo del ojo noté marchita la rosa del jarrón en la mesita de sala, extraño sin duda, porque creo que ayer, en la mañanita, la había cortado en botón al escabullirme de don Germán, que cuida con celo los tiestos del patio común de las viviendas. Contrariado, cogí la rosa y la fui a meter al basurero de la cocina. Cuando menos yo no lucía tan avejentado como la flor y, para mi provecho, advertía aún esquivas las canas en las sienes.
A través de la ventana de la sala noté por primera vez que el día pintaba opaco, muy opaco, presto a un temporal, común en estos meses de huracanes. A pesar de mi amnesia, supe sin dudar que el paraguas había quedado dentro del auto. De inmediato pensé, a contrapelo, en la imagen vaga de un diario, de no sé qué fecha, con un titular de portada que aludía a la muerte de un abogado penalista en una cafetería porteña. Como un relámpago, entonces, me vi besando un puñal de plata; esta última imagen la atribuía al sueño de la madrugada que tampoco pude recordar.
Abrí la puerta, respiré el aire fresco, sin rastros de salitre; el llanto de Ariana volvió, al principio, casi imperceptible, después más agudo, como un eco que venía del mar; me tapé los oídos, pero de nada sirvió. Había una espesa niebla, ni siquiera alcanzaba a ver las siluetas de los árboles de la acera, ni mucho menos el contorno del malecón y el faro al fondo. El mar acaso se confundía con una inmensa nube. El temor me abandonó de súbito, a pesar de que el límite de los objetos parecía borrarse. Decidí, no obstante la poca visibilidad, bajar la grada que del apartamento me ponía directamente en la acera, lo hice sin cálculo premeditado, pensando tal vez que me lanzaba al mar, por supuesto que no encontré agua, pero tampoco algo sólido que contuviera el peso de mi pierna.
Desde entonces, no sé cuánto tiempo hace, siento que estoy flotando, desde ese momento en que quise salir de la casa a la oficina. De más está decir que no se tendió el largo puente encajado en una vitrina.
Lo que más me preocupa es que perderé las dos citas, y no podré darle la sorpresa a Ariana. Ya me la imaginaba: “¿qué... nos casamos?”. “No, amor, pero te llevaré a pasear en mi nuevo Audi, bordeando la costa hasta que caiga el sol”.