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Dos relatos

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Las horas muertas

Esta es la peor hora del día. Me deprime esta hora muerta. Hay que tener cierto don para soportar estas cosas. El calor, el clima seco, el suelo ardiente, el sol violento, la soporífera melancolía de la tarde. ¿Qué estaría pensando Nuño de Guzmán cuando se le ocurrió erigir una ciudad en este infierno? ¿Por qué no nací en una urbe hermosa y fresca, como tantas que hay en Europa, Paris, Suiza tal vez?

El hombre avanza sin levantar sus ojos abstraídos, caminando a lo largo del arroyo, calle tras calle, entre el tropel de pies apresurados. Un mudo eructo raja su hambre. Se detiene, abre un instante los labios y apoya la mano nerviosa sobre su vientre. Tacos, lengua, buche, panza. Glándulas tiernas, intestinos de animales rezumando grasa. Mariscos, ni soñarlo. La mano se introduce en el bolsillo, cuenta al tacto las tres monedas de diez pesos. ¿De qué murió el muchacho ese? Salmonela, infección viral, algo así.

Sus pasos lentos lo llevan por el centro. En una esquina descubre a la hija del tendero. Buen Dios, el vestido de la pobre chica no deja nada a la imaginación. Cómo se atreve. Parece prostituta. Quisiera saber si sus padres son cristianos.

Sigamos. La tarde empieza. ¿No será mejor irme al mall ese, nuevo? Ahí tienen aire acondicionado. Gasto, todo significa un gasto. No puedes andar como estúpido sin una bolsa en la mano. Además aquí hay más cosas que ver. Aparadores, muchachas.

Me fue revelado que. Espera, en la plaza de catedral alguien reza bajo el quiosco acompañándose de una guitarra. Los veo, un menesteroso da gracias a todo pulmón, tres mujeres indigentes, Biblia en mano, faldas largas, pelo encanecido, le consuelan ante la indiferencia de la gente que no lo ve ni lo oye. Como si no existiera. Paso precipitadamente y levanto la mano. Casi lo señalo con el dedo. Veo el gastado puño de mi camisa manchada. Ellos no levantan los ojos. Hay una sonrisa luminosa dentro de sus miradas oscuras. Tendría que protestar por tanta infamia. ¿Quién les mete ideas en la cabeza? Alguien debe haber detrás de ellos. No, no se mueven solos. Alguno picándoles el amor propio. Las bancas ocupadas por los viejos. Ni una banca libre. Un anciano moreno pide al otro. ¿Un cigarrillo? Quizás una moneda para pagar el urbano porque se está levantando. Aquí en Culiacán todos piden. Nadie ofrece. Te pide la María en una esquina del mercado, los sempiternos indigentes que pagan con antigüedad sus sitios inamovibles, sus babeantes bandejas petitorias a la mano. Que no se acerquen. Una mirada furiosa hay que lanzarles. En los semáforos, los viciosodelincuentes te escupen el cristal de tu vehículo. Una presencia. ¡Alma mía! Qué trasero, la sigo con la mirada, la cintura desnuda, el ombligo al aire me prohibió contemplar su rostro. Se pierde entre los transeúntes hacia los frentes de las tiendas. Ahí está el vidente. Adelanta su barba gris, contempla absorto esa otra belleza que desfila. Tiene invitados en la cabeza. Conseguía espacios en revistas. Literato o algo así. Todos terminan locos.

Desde la esquina, frente al banco, los remates en los aparadores. Bajísimos pagos casi regalados. Los sombrerudos con sus botas de piel de avestruz relucen sus calvas. Están de moda. Es de moda ser narco y estar calvo. O parecer narco, da lo mismo. Es el sello de la violencia. Buscan el bisnes. ¿Cómo se dice? Business, con doble ese, creo.

Ahora cruzo hacia el lado de la sombra. Rostros pasando, sudorosos. ¿No es la maestra Méndez la que viene a mi encuentro? Por Dios, se dará cuenta de que no estoy enfermo. Mejor voltear para otro lado; hacerme el desentendido.

—¡Profesor Pérez! ¿Cómo está usted? —los ojos enormes, saludadores de la compañera.

—¡Oh! Muy bien. Para qué quejarnos.

—Este calor. ¿No impartió clases ahora? No lo vi en la escuela.

—No me sentí bien. Este golpe de calor.

—Espero que no sea nada grave. ¿Mañana tiene clases?

—Sí, señora. Mañana me toca dar en el turno matutino y en el nocturno. No puedo darme el lujo de faltar a los dos.

—Yo impartiré sólo en la noche. Bueno, hasta mañana entonces.

—Sí, claro. Hasta mañana.

Las dos figuras se pierden en el caluroso vaho de la tarde.

 

Qué paisaje tan maravilloso

Uno después de otro y a diversos intervalos vamos llegando. La iglesia es demasiado estrecha y a cada paso me pego en la rodilla con el borde de una banca. En una de ellas, donde me acomodo, está una señora de cierta edad que se arregla cuidadosamente con la mano su vestido floreado. A su lado, adosado en el muro lateral, sobre una repisa ridículamente baja, un santo languidece. Y sobre el palio sacramental, bajo la mirada afligida de dos silenciosos ángeles de yeso, está un enorme Cristo crucificado, en su túnica azul de Prusia sobre una peana dorada.

Lo recuerdo. Están las dos hileras de bancas desvencijadas. Y ante el altar, dos sillas forradas de una tela blanco amarillenta, engalanadas con sendos moños dorados, están a la espera de la pareja de novios.

Que paisaje tan maravilloso. Mañana otoñal. La iglesia situada en la parte alta del pueblo permite que desde mi banca se divisen los techos del caserío. Más al fondo, en el cerro, una recua de mulas avanza por un sendero a lo lejos, y una ruidosa bandada de pericos se define en el aire amable.

El novio ingresó por la sacristía y se encuentra a un lado del altar, y asiente gravemente con la cabeza a cada palabra del sacerdote.

Y he aquí, la novia aparece en la puerta de entrada. Compañera que ahora será esposa, avanza por el pasillo central. Un poco pasada de peso, viene de la mano de sus dos hijos pequeños. Qué momento tan conmovedor. Boda tardía. Una luz suave se filtra por los ventanales. Aire suave. Sombras frescas. Justo cuando pasa a mi lado, emocionada comienza a llorar para sí calladamente. Olor a naftalina. Leve crujir de telas. Y de un vistazo, en la otra hilera de bancas percibo a la muchacha. Algo no encaja. Me muestro cauto. Dirijo la mirada hacia el altar. Bajo la barba gris del sacerdote el novio espera emocionado. Ahora regreso la vista brevemente a esa hermosa muchacha vestida como una niña. Está sentada sobre las piernas de una señora, seguramente su madre. Evito sus ojos. ¿Quién habita exactamente detrás de esos ojos oscuros? Ojos secretos escudriñadores. ¿Tendrá veinte años? Pero viste como una colegiala. Qué extraño —rigurosamente extraño—, en los pueblos alejados nunca falta un loco. Pero es mil veces peor en una mujer. Inocencia perenne. Mocedad eterna.

Los novios se instalan en sus respectivas sillas. El sacerdote les murmura alguna indicación y abre la Biblia. Todos lo siguen con la mirada. La misa empieza.

De reojo sigo viendo a la muchacha. Está algo inquieta, se remolonea. Pobre. Una verdadera niña. ¿Qué puede estar pensando? ¿En dónde está la justicia Divina? Todos estos niños eternos. Las cosas que no podrán aprender. Nos reímos de sus gracias porque los creemos incapaces, y nos sorprende que digan algo que pudimos haber dicho nosotros. La gente tendría que comprenderlos, hacerlos felices, facilitarles su paso por la vida. ¿Y qué es la vida para ellos? Sólo un sueño, una eterna excursión por el parque de los juegos. No, ellos deben de tener sus ideas propias. Y si ríen todo el tiempo es porque ríen doblemente para librar su mente del cautiverio del instinto. ¿Y cuál será su nombre?

—Hagan el favor de ponerse todos de pie —dice el sacerdote.

Crujir de bancas. Frente a mí, un anciano apoyándose en su gastado bastón trata de incorporarse lentamente.

La muchacha de un salto se levanta de las piernas de ¿su madre? Trata de sentarse en medio del pasillo central.

—Quédate quieta, Teresita. Toda la gente nos está viendo. Ponte derecha, hija, y cuando te sientes no quiero que lo hagas con las piernas abiertas.

—Ni creas que me voy a estar parada, ¿eh? Ni creas.

La madre la toma del brazo. Hunde la cabeza.

La barba gris del sacerdote se eleva hacia el frente. No, no distingue la fuente de ese pequeño disturbio. Ahora regresa su atención a la Biblia. El monaguillo hace sonar su campanilla.

La mano del cura vuelve perezosamente las paginas. Inicia con el yo pecador. Yo volteo a ver a la señora. Le sonrío con una señal afirmativa.

Arrepintámonos de nuestros pecados...

Todos empezamos a ponernos de pie. La mujer de edad que está a mi lado extrae un pañuelo de su bolso y lo coloca en la repisa del reclinatorio.

—¡No! ya te lo dije, amá —la muchacha tuerce la boca en un mohín de desagrado. Habla en un tono demasiado alto.

El blanco rostro de la madre por un momento sonríe nerviosamente. Vacila. Clava los ojos en su hija.

—Te voy a dar algo. Anda, hijita...

—¡No!

—¡Quédate quieta! —dice la madre bruscamente.

La mujer del pañuelo cambia la postura de su cuerpo, se recarga hacia atrás para juzgar.

—Ven —le digo a la muchacha al tiempo que toco suavemente su brazo y me deslizo para hacerle espacio en mi asiento.

—Gracias, señor —me dice la madre y la empuja levemente.

—¿Estás bien ahora? En realidad puedes sentarte. Te levantas cuando quieras.

No contesta. Se sienta nerviosa, arruga el entrecejo, mueve la cabeza buscando la aprobación en los ojos de su madre. Pasa un dedo sobre sus labios. Bella. Fina. La piel de su mejilla izquierda es sonrosada y suave. Dios. Dios. No la conozco y mírame aquí sufriendo por ella. Una verdadera lástima. Ella jamás podrá formar una familia.

El resto de la misa transcurre sin que yo me dé cuenta. Sin voltear a verla, siento junto a mí a esa bella perturbada. Doncella ingenua. Hermosa alma inmaculada. ¿Y si un día, casualmente la encontrara sola? Perfume de lascivia. ¿Qué delito estaría cometiendo si yo? Virgen santísima, no debería pensar en eso, estoy en una iglesia.

El padre sigue recitando su oficio, observa a la pareja. Los bendice gravemente. “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Aquí viene el dulce beso. La puertas de la iglesia se abren para permitir la salida de los novios. Crecen los murmullos, carcajadas, ruido. A medida que avanzamos hacia la salida pierdo de vista a la muchacha. Los invitados se van esparciendo hacia el jardín donde se charla y se ríe en pequeños grupos. Las mujeres lucen todas elegantes vestidos. De un grupo brota una carcajada por una anécdota hilarante de un individuo.

Ahora te descubro, Teresita, con tu madre que te toma de la mano. Con gusto te tomaría en mis brazos solamente para volver al interior de la iglesia para casarme contigo.

A mi lado dos hombres conversan.

—Pobre vieja —dice uno—. Ha de ser difícil cuidar a ese tesoro.

—Puedes asegurarlo. Es un verdadero pimpollo.

El que acaba de hablar voltea a ver a Teresita. Entonces la madre se interpone. Parece saber lo que ve el hombre, lo que le ronda por la cabeza.

Las veo dirigirse hacia la calle donde se creen a salvo. Pero hasta allá las sigue mi mirada. Quizás ellas no tienen un hombre que las defienda. Quisiera saber. ¿No estaré yo como esos dos, buscando el momento propicio para llegar a ella a hurtadillas? ¿Y qué me hace mejor que ese par de buitres? Mejor irme sin despedirme de los novios. De cualquier manera ya cumplí.

Yo la miré. Estuve ahí. Ella a mi lado. Pobre yo. Pobre niña. Pobre mundo con esta clase de gente.

Y mira qué recuerdo me quedó de una boda.