Sala de ensayo
Róger LindoHacia la ciudad inllegable
El perro en la niebla de Róger Lindo

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“Lo único que sé, afirmé,
es que hay que salir de este país antes de que reviente”.

“Todo país por pequeño que sea,
tiene 15 minutos siderales de fama”.

La fuga de un país a punto de estallar y la búsqueda de una nueva identidad de parte del narrador es el tema de El perro en la niebla (2006), la primera novela publicada del poeta salvadoreño Róger Lindo. Y es el topos de la narrativa centroamericana de la postguerra. Pero no en la acepción de “tópico o lugar comun”, sino como espacio discursivo: el “lugar” mental que la diáspora vive y escribe, el locus enunciationis del que habla Walter Mignolo.1

En los narradores de la diáspora centroamericana, el topos del país en ruinas, abandonado por el buscador de identidad, se convierte en el lugar interior de topografía idiosincrática, en un paisaje sólo existente para el narrador, con sus “ríos”, “lagos”, “picos” y “volcanes” o, mejor dicho, sus continuidades precarias, sus sondeos anímicos, sus hitos históricos y sus pasiones absurdas. El que eso les ocurra a los escritores tránsfugas es muy explicable. El telurismo salvadoreño se extiende a la historia, cuyos protagonistas políticos han rebautizado los sitios malditos de la matanza, rellenado los valles de la memoria, allanado los hitos de la violencia, desviscerado las emociones: han cambiado la faz de El Salvador terreno a una gran explanada de cemento, fábricas de pernicioso café instantáneo, smog, ruido regatonero en cds pirateados, tenderetes de plástico y baratijas. A este lugar no puede volver el escritor que vivió los 70s-80s ni que resida allí mismo o, en el caso del viajero que vuelve al lar patrio de vacaciones, ni que se plante allí frente al palacio de gobierno, pupusa en mano ridículamente, mientras ve salir a Saca y a algún ex guerrillero tornado en ministro, hablando ambos amigablemente. Al narrador le es imposible llegar al topos del que partió su relato y esto, precisamente, es lo que hace a su fuga eterna.

Viene a agregarse a este paisaje Lindo. Narra en primera persona el protagonista Guille, un muchacho clasemediero, dado a filosofar en su novel faceta de “revolucionario” que analiza el acontecer en los primeros años de la Guerra Sucia ya que la universidad ha sido cerrada. El perro en la niebla (Epeln) atisba, husmea, lame y mea el sendero desnarrado hacia el país irreconstruible del -yo.2 Lindo ha cultivado por décadas el tema del recuerdo de El Salvador, desde sus poemas angelenos de Los infiernos espléndidos (1998):

la gran víbora de niebla
que descendía hasta mi pecho
ciudad-flor desangrada
en el circo de la noche

y continúa cultivándolo en Epeln, en un valioso afán de reconstrucción.3

Nadie va a sospechar de un pobre diablo que ha tenido que irse al norte [162].

Desde lejos, en todas partes, se advierte lo que soy... un perro en la niebla [176].

La capital del país irreconocible es una ciudad inllegable: ni le deja llegar a ella, ni le llega al nivel de él. Epeln revisita El Salvador, “un planeta que estalló”, dice Lindo.4 Escrita por un periodista que trabaja en un rascacielos del downtown y vive de ermitaño del West Side de Los Angeles, es su vuelo a un Kriptón resguardado del mirar inquisidor,5

La organización hermética a la que pertenecía necesitaba abrir un frente a unos kilómetros de la capital y tal fue mi destino. La idea me encantó, así podría asomarme por las noches al pico más alto del sector y espiar mi ciudad desde ahí. Con suerte, me dije, me encargarían una que otra correría urbana. La subzona “Naranjal” resultó ser uno de los corredores entre la ciudad y los frentes. En realidad era una tierra de nadie [158].

Yo, por mi parte, pensaba aferrarme al país y, de ser posible, a la ciudad y su volcán. Unas veces rodaría por los bulevares como un neutrino, cambiante, inasible, insaciable. Otras veces residiría agazapado en las alturas, en lo profundo de los cafetales profundos del volcán, abrazado a su frío, fascinado con la luz titilante de las grandes torres de transmisión que montan guardia en su cima, y por los rumores de la ciudad, que ciñen el cono silente como una hidra a su víctima [125].

y es también el atisbo profético de un joven observador curiosamente desapegado:

El gerente, así como los jefes malos, eran retenidos como garantía por si se presentaba la policía. Algún día, pensé, se podría hacer un buen musical con todo eso... En un corredor descubrí a Ana Gladys [la obrera con quien tendrá relaciones íntimas] paseándose con un pigmeo de aspecto zarrapastroso [9].6

Descubrí que cada semana se inauguraba una nueva colonia en las afueras de la ciudad... De continuar este proceso ininterrumpidamente, juzgué, el país iba a terminar convertido en un gigantesco tablero de cemento [158].

Hades interior, ciudad otrora vibrante de posibilidades, ahora convertida en una lápida basta, de ignoto contenido, piedra cubierta de glifos que una vez fueron los nombres y fechas de los seres y lugares amados.7 “Un traidor puede cambiar el mundo” [183].

El narrador de Epeln invoca a la ciudad que no pudo salvarse a sí misma. La invoca con una medida mezcla de dolor y cultivado desdén, whisky en mano, ante los avatares de la urbe provinciana con aspiraciones. Como técnica de estilo, recurre Lindo a la bimembración simétrica de los clásicos, al latino “entonces” y “ahora”:

¿es que otra ciudad sonaba bajo las suelas de mis zapatos..? A dos cuadras del parque redescubrí el viejo cine al que solía llevarme mi madre cuando niño... ahora sólo pasaban ahí viejos filmes mexicanos para una audiencia muy distinta —domésticas y policías [3].8

y al conocido tópico de “las aguas del olvido” y “el tiempo borrador de todas las cosas”:

En algún momento, me dije, debía comenzar a trazar el perfil de la ciudad: las rutas de autobuses, la descripción de los parques... luego vendrían las aguas filosas del tiempo a borrarlo todo... el centro amenazaba convertirse en una tierra de nadie poblada por extraños, las clases medias escapaban a las afueras, cada día se distanciaban más y más del centro. La ciudad se estiraba: hacia el norte y hacia el sur en una proliferación de residencias multifamiliares, bancos, centros de compras y al oriente, parques industriales donde se exprimía a los obreros la sangre y el sudor del cuerpo... Algún día el centro [de San Salvador] sería un enorme hoyo negro lleno de recuerdos. Entonces aún estábamos lejos de eso [14].

Era una noche tan neblinosa que tuve la impresión de habitar una ciudad construida encima de un buque de proporciones prodigiosas. Abandoné mi máquina a varias cuadras del lugar, cerca del downtown [de Los Angeles], prendí un cigarrillo y caminé un largo trecho pensando en lo rara que es la vida. La niebla caía lentamente sobre la Novena Calle [190; mi énfasis].

¿Niebla en el downtown de L.A.? ¿Desde qué ciudad habla, en este final de thriller, este narrador? ¿Narra el viejo en Los Angeles o el joven de San Salvador? ¿Qué tan “neblinosa” es cada “impresión” suya como para poder seguirle, si es que el hacerlo merece la pena?9

...en la oficina yo tenía mi propia cafetera, muestra de mi carácter inconforme [23].

Vivir para la acción es como entregarse al sueño, y nada me fascina más que soñar [16].

...es difícil tener una erección en medio de una balacera [29].

Me caes bien, le susurré al final del tercer polvo [46].

Desafortunadamente todas las revoluciones parecen ocurrir siempre en el Atlántico y sus alrededores [106].10

[en la página final, no cumple su encargo de matar a un paisano.] Comprendí que los tiempos heroicos habían terminado, y que eso que tenía ante mí no era sino una rata... (señal, pensé, de que necesitaba una compañera)... Fue en ese momento que decidí mudarme cerca del mar, suponiendo que la proximidad del aire marino y la neblina iban a sentarme bien [193].11

¿Cuál es el punto referencial —si alguno— del “nosotros” en ese “entonces aún estábamos lejos de eso”? La búsqueda de solidaridad con un “nosotros” desdibujado es tan nebulosa e imposible como la recuperación de esa ciudad que ni es Los Angeles ni es San Salvador, sino una utopía nunca confesada ni compartida con otros, sean de donde sean. Este, claro, es un problema falso para el crítico literario, miembro de una tribu academizante que se solaza en este tipo de cosas (y las cobra); pero es un problema verdadero para el lector o lectora poco dado a apreciar las finezas del punto de vista irónico (debido a que, por ejemplo, ha de bregar a diario por sobrevivir, caso de la mayoría de los salvadoreños).12

El problema es que no podemos saber si ha habido maduración del personaje, porque tampoco podemos discernir el punto de vista del narrador. Al lector le importa discernir si el protagonista madura o no, ya que anuncia desde el inicio que va a narrar sus andanzas y peripecias de “revolucionario”, reales —en el caso del narrador que ha madurado— o, al contrario, producto de la imaginación juvenil e inocuamente encantadora. ¿Punto de vista irónico? ¿De quién? La obra termina con un párrafo detectivesco (la noche “neblinosa” en L.A.) muy similar al del inicio en el que el narrador cuenta su entrada al mundo obrero:

Mi primera visita al local sindical se produjo sin grandes solemnidades... En la esquina, las puertas del Club de Motociclistas no se abrían aún. A esa hora, era de suponer, sus afiliados entregaban mensajes, acechaban a algún adversario o se abrían paso entre la muchedumbre... De inmediato supe que me habían puesto en las manos una pelota de barro ordinario, tosco, sin esperanza. Mi primer gran error fue creer que tenía algo que enseñarles [1].

Puede que por humor, todos los tópicos del escritor novel se filtran en los comentarios del protagonista (“erecto”, “acción” y “espeso” son los vocablos favoritos de Guille hasta el final de la obra), joven que, apenas asomado a la aventura, se figura a sí mismo una vez como detective, otra como explorador, piloto o navegante (“me sentí como Elliott Ness: el navegante que vivía en mi interior se había decidido por adoptar un gesto estoico”; 83), otra agente secreto (“mi reciente ingreso a los ajetreos de la vida secreta”, 69).

Volviendo al operativo, me tenté el fierro y avancé en medio de la niebla, sin sombra, apenas tocando por el haz de un farol esquinero. A lo lejos se borraba el perfil de los rascacielos del downtown, que me parecieron ataúdes recién descargados en un muelle, fatuos y callados. Era temprano. Me colé al bar, atestado como siempre de tipos japoneses, y pedí un vodka-tonic [191].13

Va irguiéndose el humor irónico de Epeln hasta desbordarse en un juego irreverente con el deslinde de voces narrativas, entre las que en vano intentamos oír la del autor real:

Como si el terror no bastara, en esos días penetró al país la moda disco... [yo] raramente bailaba, prefería emplear mi tiempo en observar a los demás [después de] compartir un porro con mi amigo Piolín... un gran tipo y nos gustaba la misma música: Pink Floyd, Yes, Blood Sweat and Tears, Crosby... Después de la invención de la maxifalda, el disco fue lo peor que nos mandó el Imperio. Se lo dije a Piolín [59]. Cuántas lunadas nos disfrutamos ahí [en la playa] con Piolín y otros amigos y amigas... durante mi breve juventud... Eso sólo era posible en los viejos tiempos por supuesto [76].

El autor se habrá divertido de lo lindo en la elaboración de párrafos semejantes, en los que evoca, en tiempo verbal presente, que le “encanta” la compañía de muchachas jóvenes:

Nos separamos como por común acuerdo (me encanta tener complicidades con muchachas, lástima que no se pueda hacer más seguido)... [44].

...yo siempre he pensado que las mujeres no deben entregarse a los oficios de la maternidad... antes de formarse intelectualmente [127].

Quizá por diseño intencional del autor —inútil dilucidarlo— no están marcados los deslindes del narrador joven/viejo durante la mayor parte de la novela, salvo ocasionales atisbos,

[L]e pedí prestado a mi tío el libro de Suetonio. Pocos días después estalló una ofensiva que supuestamente iba a abrir el camino de las batallas definitivas. Fue algo así como cruzar el Rubicón... Si uno se afinca desde joven en el desprecio a la muerte y si la fortuna lo permite, se puede llegar lejos (la osadía ante todo fue la primera lección que aprendí de Julio César)... En ese entonces no me daba cuenta de que nuestro naciente ejército guerrillero no era capaz sino de ejecutar acciones de tercera categoría... no logramos asaltar ni un solo cuartel [156; énfasis añadido].14

que le revelan como un fino penetrador de la psique colectiva; p.e. al presenciar la altisonante parla y macroproyectos de los grupos revolucionarios “de poca monta”:

En los meses siguientes puede decirse que terminé por habituarme a la vida a la intemperie. Incluso me gustaba. La razón principal: me hacía sentir como si estuviera al principio de la historia y formara parte de un grupo empeñado en fundar una nación a partir de la nada. Nada más fascinante que pertenecer a una tribu nueva en un siglo viejo, sobre todo si se pelea contra un imperio: no me interesa la vida si no es para enfrentarse contra algo grande [162].

Es poco dudable que en este tipo de observaciones, Lindo deja sentir una fuerte carga de ironía retrospectiva atribuible por tanto al narrador/viejo. No obstante, el deslinde entre voces narrativas, la madura y la joven, no se discierne sino —quizá— hasta el final poético, de gran belleza literaria, en uno de los párrafos audaces de este lector de los clásicos:

Miré a Ana Gladys, menos parecida que nunca a Katherine Ross, alejándose para siempre de mí y dejando tras sí una larga estela de descendientes... Miré a mi madre con el cabello veteado de blanco, dominada por la fe de mi retorno... Miré a mi padre completamente ofuscado en alguna parte del país de las tinieblas. Obviamente nadie se molestó en explicarle los cambios ocurridos en el mundo después de su muerte.

Miré que el Gran Jefe de la organización antaño hermética a la que yo pertenecía... se había suicidado en Nicaragua...

Miré una marea —de la que formaba entusiasta parte— descender sobre mi ciudad, y la vida fue algo así como la batalla de Marengo, o como las noches de estrellas fugaces, o más probablemente, como el choque contra hermosos y enhiestos molinos de viento [172].

y aún en estas últimas páginas, se emborrona el deslinde entre voces narrativas, con el tono irónico de Guille contra sí, en su última apreciación sobre el bigote, como signo de madurez (unos pelos faciales que desaparecen de la cara al navajazo de unos segundos):

Era el infantilismo puro de la Revolución... Era como si yo hubiera sido un antihéroe que ha yacido varias horas debajo de su barcaza volcada sin darse cuenta. El bigote desaparecido también podía interpretarse como símbolo inequívoco de que la paz iba a imponerse... no por amor sino por cansancio [181; mi énfasis].

El empleo de auto-ironía, el self-deprecating sentido del humor, es un guiño del autor a la lectora o lector empeñados en discernir voces narrativas y adivinar entre ellas a Lindo.

En esto como en otros aspectos, Epeln es obra de humor agridulce en la línea del Quijote. Lindo no oculta en ningún momento su filiación intertextual, respecto a los autores bajo cuya paternidad arropa su Epeln, menos aun con el padre de “la ínsula Barataria”:

En cuanto a nosotros, es decir al movimiento obrero, una vez que se ha llegado tan lejos ya no es posible detenerse. En ese momento, de pie en la atalaya, sentí como si estuviera en la torre mayor de una nave insignia, al frente de una flota que ha partido con grandes expectativas a la búsqueda de una ínsula, pero que por algún error de navegación se ve de pronto sumida en un espeso mar de niebla. Embriagado por el sentimiento trágico de la vida... [21; énfasis añadido].15

Pese a distinguirse en la primogénita de Lindo un cierto pedigrí unamuniano, el narrador/“perro” de Epeln clama ancestro directo del Quijote, del El coloquio de los perros, y de toda obra cervantina cuyo protagonista/narrador sea un “pobre diablo” lleno de ínsulas e ínfulas, con la mente recalentada por los excesos de la lectura de libros antiguos:16

...me dediqué a deambular en su biblioteca como un viejo hechicero que se prepara para una lid. Después de pasearme frente a los estantes una y otra vez, seleccioné Vidas de los Césares, de Suetonio, y Vida de Napoleón, de André Malraux, como mis libros de cabecera para la fase que se avecinaba, aunque a última hora, con el objeto de aligerar mi carga, repuse el... [139].

Mas no por eso deja de ser un perro centroamericano, un cadejo salvadoreño, cancerbero del pasado y de ultratumba.17 Lindo abre la puerta salvadoreña hacia El Manco.18

Este aspecto resume todos los de Epeln y ha de ser analizado. Guille le regala el Quijote a su musa, a quien desea “reclutar” para su “Ministerio del Talento” [6] —núcleo del mayor humor de Epeln. Ana Gladys es la Dulcinea sindicalista de un Don Quijote guanaco.19

Guille, inexperto en lides amorosas y sin novia, se siente atraído por la obrera Ana Gladys, e intentando moldearla a sus gustos literarios, le da a aprender palabras del Quijote:

“El perro en la niebla”, de Róger LindoUna obrera en proceso de instrucción es la criatura más delicada que cabe imaginarse. Gozaba [ella] descubriendo palabras... Las recogía y las observaba con la pasión de una entomóloga [74].

[N]adie me autorizó a hacerlo, pues mis ideas estaban demasiado adelantadas para mi tiempo, así que me resolví a obrar por cuenta propia, es decir, a reclutarla y prepararla para una nueva forma de ser [6].20

Mi obrera se había enamorado de las palabras, un gran salto de calidad para ambos [pocas líneas antes y en el mismo párrafo, estaban en pleno acto sexual y ella, dictu propio, buscando quedar embarazada pese a los condones de él y a sus charlas malthusianas en contra de la actividad genésica] [117].

Por tal razón, explicó [Ana Gladys], tenía el Quijote abandonado momentáneamente. La noticia me preocupó: las ideologías pasan, la buena literatura es perdurable —es decir, mientras exista la especie [123].

Por supuesto que es ella la que, con los pies asentados en la tierra, termina escogiendo su propio destino: logra salirse del país con un carguito y hallar el Sancho que la preñe.21

Ana Gladys se le va transformando a Guille en un símbolo femenino de la ciudad imposible e inllegable. La amante obrera y morena se va yuxtaponiendo a la madre refinada y blanca para juntas crear ese país mental en que habita el narrador viejo/joven, amante/hijo:

...tuve una plática con mi madre... yo era su único hijo... me reveló que mi padre tenía relaciones íntimas con una paisana suya. Yo... lo recordaba como un perdedor empedernido [90]; mi lucidez estaba menguada. Por alguna razón volvió a asomarse en mi mente la figura de [mi ex novia] Lupita, como si en vez de hablar con mi madre estuviera discutiendo con ella [92]. Vi nítidamente a mi madre y a Ana Gladys, hundidas hasta la cintura en el agua: pieles lustrosas, cabelleras untadas a los cuerpos, y una sombra que se acercaba lentamente, trazando un signo en las aguas [93]. Decidí pasar ese tiempo con Ana Gladys, pero antes fui a visitar a mi madre. La vista del volcán en el horizonte me puso de buen humor, hasta parecía haber crecido durante mis días de encierro. Una nube oscura similar a un caracol gigantesco flotaba perezosamente en su cumbre. Sin duda se gestaba en su interior la última precipitación del año [114].

El lenguaje alusivo al chaparrón sobre tierra fértil es de apropiada raigambre edípica. Sirve para marcar los ritos de pasaje a la edad adulta; así, por ejemplo, cuando Guille entra al cuarto de su madre, que ha salido con un hombre y no ha vuelto a altas horas de la noche:

En ese momento comenzó a caer una lluvia rítmica, leve pero rebosante de autoconfianza. Abrí la ventana... y saqué la mano cuanto pude... Reconocí el perfume... la fragancia que mi madre llevaba aquel día... No paraba de llover. Un impulso me llevó hasta el tocador, y me dediqué a contemplar las fotos desplegadas al pie del espejo, empezando por el retrato del marido, es decir de mi padre... Nunca me expreso mejor que cuando bebo. Entonces me convierto en la persona más interesante y profunda que conozco. Llegué a la cama en vilo por una especie de torbellino delicioso. Me hundí en el fondo de una barcaza negra, silenciosa, conducida por una figura oscura, que me trasladó a una orilla brumosa [101].

El poeta Lindo hunde su Epeln en el mundo acuoso, oscuro y neblinado de los sueños y de esa “realidad” que no fue sino una proyección de los deseos reprimidos del subconsciente.22 El lugar tabuado se vuelve irresistible. Epeln es el conjuro a un conjunto de apariciones febriles gestadas en la mente de Guille y es aquí donde Lindo deja la compañía exclusiva de Cervantes y continúa su travesía en la de Unamuno y Freud, buenos conocedores ambos de la obra cervantina y del mundo del subconsciente encapsulado y eterno —el de Guille.23

El narrador viejo nunca deja, de una forma discernible, de ser el joven narrador que participó en la actividad subversiva de los 70s-80s —si por participar entendemos sus filo-maduras observaciones tras cada chasco “militar”, entre desvaríos bajo la influencia de la mota, en la tiniebla de su psique clasemediera. En su doble dimensión, el narrador escribe un Bildungsroman, con todas las características del resobado género adaptadas al siglo nuestro: el joven que va aprendiendo, y se masturba y se mira al espejo para chequear su look, mucho más que mira lo que pasa afuera, más de lo que “hace” aparte de hablar:

Venía el tiempo de las batallas definitivas [137].

En adelante, me dije, todo iba a caminar más lento. Quizá las batallas definitivas no estuvieran a la vuelta de la esquina como las imaginaba [143].

Parece haber maduración en el joven cuyas menciones de la “organización hermética” a la que pertenece van disminuyendo y cediendo al desencanto; pero su sentenciosidad es dura de atribuir. Hay tanto del narrador viejo como del joven narrador en los maquiavélicos consejos de no descuidar la práctica de ejercicios estratégicos como la cinegética: “Aunque la caza estaba fuera de mi alcance, debido a la extinción de las especies domésticas, decidí poner en práctica el resto de los consejos del florentino siempre que hubiera lugar. Para efectos prácticos hice de caso que yo era el Príncipe” [53]. El intento final de Epeln de dar solución a estos dilemas se produce en las últimas páginas, referidas al tránsito de México a Los Angeles, y es la de recurrir a la figura del antihéroe de thriller:

...un acceso de voluntad me hizo plantarme firme ante las fotografías de los héroes que se ven en esa estación [de metro], y ya no me moví. No es que me importen los héroes, fue sólo un acto reflejo. Quizá ni siquiera fueran héroes, sino cantantes populares [de rancheras] [175].

Volviendo al operativo, me tenté el fierro y avancé en medio de la niebla, sin sombra, apenas tocado por el haz de un farol esquinero. A lo lejos se borraba el perfil de los rascacielos del downtown, que me parecieron ataúdes...

Pero antes, se permite Lindo una fugaz aparición como poeta (“La soledad sólo tiene sentido en las ciudades”, 145). A tres cuartas partes del transcurso de la novela, sobreviene un muy esperado cambio de ritmo, con la descripción de la vida al raso,

En el momento de sentir la proximidad de la lluvia me lanzaba a una loma que me servía de atalaya, y manteniéndome erecto y solitario, con los ojos cerrados, me concentraba en sentir los nortazos, que arremetían con la fuerza de una tropa de mongoles [146].

para volver presto a la ciudad tabuada, su locus inescapable, que le atrae y repele por igual. El poeta Lindo reinstaura la novela lírica del interbellum en suelo americano.24

Beatriz Cortez pone a los poetas salvadoreños Miguel Huezo Mixco (El ángel y las fieras) y Róger Lindo (Los infiernos espléndidos) en la compañía de Dalton, “la estética pasional”:

Si bien la voz poética en la obra de estos autores carece de las ilusiones revolucionarias que guiaban sus actos como partícipes en la guerra, ha logrado sobrevivir gracias a la cínica forma que tienen de reírse de sí mismos y a lo que metafóricamente les queda todavía: la vida. Con ella a cuestas, la voz poética se marcha en un viaje existencial, enfrentando batallas privadas, todas pobladas de poderosas pasiones, para lograr darle sentido a su vida a través de su emigración o para perder el sentido de todo otra vez. Pero de cualquier forma, viaja para reinventarse.

Es en este espacio de la postguerra que el poeta adquiere la oportunidad de buscarse a sí mismo y de construirse una nueva identidad. Para lograrlo, se deshace de su vieja piel de guerrero y se construye como un nuevo ser. Se convierte ahora en un fugitivo de su propio papel en la historia.25

Cortez da certeros pasos para asomarse a ese vacío de crítica, al que pocos osan —quizá porque esté lleno de muertos. Pero este brillante estudio suyo se limita a la poesía.

En cuanto a la narrativa centroamericana de postguerra sigue habiendo un pavoroso vacío de crítica e interpretación.26 A la sombra del poeta salvadoreño Roque Dalton, asesinado en 1975, justo venían surgiendo gente de la talla de Claribel Alegría, Manlio Argueta, Miguel Huezo Mixco y Horacio Castellanos Moya, cuando la pesada lápida cayó de nuevo sobre El Salvador. No hubo críticos ni interpretadores porque no hubo escritores, ya que los pocos que no pudieron escapar del país hubieron de callar por un tiempo prudencial y dedicarse a sobrevivir en alguno de los pocos puestos que, sobre un terreno aún humeante, dejó en pie la cultura oficial.27 Y eso me devuelve al locus.

“¿De (desde) qué locus estamos hablando?”, pregunta directamente Estela Fernández Nadal al abordar el tema de los “Subalternos, migrantes, letrados, e intelectuales dis-locados”,

Retomemos ahora la cuestión de la pertinencia de la mirada del migrante como horizonte develador de la realidad latinoamericana (una realidad que, recordemos, es heterogénea, en la que coexisten y luchan diversas formulaciones de la identidad y de la memoria).

desde una perspectiva ecléctica que intenta conciliar el análisis marxista con los estudios culturales y tomar en cuenta aspectos como la globalización, la migración y la alienación:

Por este camino se arriba a la consideración del inmigrante de origen latinoamericano, radicado en los Estados Unidos, como uno de los referentes más firmes del “subalterno”, y a la del académico norteamericano como el prototipo del primero; algo que, sin duda, guarda una relación íntima con el hecho de que quienes teorizan en esta línea son, mayoritariamente, intelectuales oriundos de América Latina pero radicados en el primer mundo. ...¿Qué significa esta presunción de que el intelectual puede confundirse con los subalternos, formar parte de ellos, hablar desde ellos? Con [Friedrick] Jameson creemos que se trata de una ilusión que permite calmar la mala conciencia producida ante la evidencia de que existe una distancia infranqueable entre el acto de conocer y el objeto de conocimiento.28

Esta cita se le aplica a Epeln en el párrafo revelador en que Guille condensa su desazón:

Con un poco de audacia, Lupita y yo podíamos haber escapado a otro país, a Europa o a Canadá, donde fuese posible reinventarse, ponernos a salvo del cataclismo y la locura que venía y de pasada poner a salvo a mi madre [82].

Un escape del lugar infernal en que se ha convertido el paraíso clasemediero, de parte de estos Adán y Eva salvadoreños; una pareja y un escape frustrados, un linaje imposible.

“Topos”. Un modo de terminar de explorar el locus enuntiationis es por medio de la figura del itinerante maldito, el primer nómada y el primer alienado del que se tiene cuenta: de Caín, a cuyos descendientes se atribuye la invención de la música y la poesía, pero también de las armas y las ciudades.29 Para seguirle, es de nuevo un poeta salvadoreño autoexiliado, Gabriel Otero, el que nos lo permite con “Sueños de Caín frente al espejo”:

Caín durmió
después del asesinato
se soñó habitante
de tierras extrañas
se vio labrando desiertos
pletóricos de cadáveres
se imaginó fundando ciudades
con infiernos de plomo
y cielos de hielo
se sintió entraña
del becerro de oro
luego despertó
y su culpa
le hizo reptar eternamente
hacia el destierro.

En este valle
construimos la ciudad
creamos símbolos
dioses imaginarios
y uniones perecederas
para elegir la muerte
coronamos con laureles
a los herejes
nos creímos redimidos
por el aire respirado
y entonces
irrigamos la tierra
con la sangre
del hermano.30

 

Obras citadas

  • Bosch, Velia. Esta pobre lengua viva. Relectura de la obra de Teresa de la Parra: a medio siglo de Memorias de Mamá Blanca. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1979.
  • Cortez, Beatriz. “La estética pasional en la poesía de Roque Dalton, Róger Lindo y Miguel Huezo Mixco”, Cultura 87-88 (mayo-diciembre 2002): 169-189.
  • Escudos, Jacinta. Jacintario, blog.
  • Fernández Nadal, Estela. “Los estudios poscoloniales y la agenda de la filosofía latinoamericana actual”, Herramienta, revista de debate y crítica marxista.
  • González Echevarría, Roberto. “Cervantes and the Modern Latin American Narrative”, Ciberletras 01, agosto 1999.
  • Lindo, Róger. El perro en la niebla. Bilbao: Verbigracia, 2006.
  • Llebot, Amaya. Ifigenia. Caso único en la literatura nacional. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1974.
  • Mignolo, Walter.
    — (1996 a), “Los Estudios Subalternos ¿son posmodernos o poscoloniales?: la política y las sensibilidades de las ubicaciones geoculturales”, Casa de las Américas, 204.
    — (1996 b), “Posoccidentalismo: las epistemologías fronterizas y el dilema de los Estudios (latinoamericanos) de Áreas”, Revista Iberoamericana, 176 & 177.
  • Prince, Gerald. “The Disnarrated”, Style (Narrative Theory & Criticism), 22.1 (1988): 1-8.
  • Sáez, María Eugenia. “El Quijote de Indias”. En: Q. En un lugar de las letras. Homenaje a los 400 años del Quijote. Libro digital. Editorial Letralia (mayo 2005).
  • Villanueva, Darío, ed. Asedios a la novela lírica. Madrid: Taurus, 1983.
  • Weiger, John G. In the Margins of Cervantes. Hannover, NH: UP of New England, 1988.

 

Notas

  1. En el caso de muchos intelectuales latinoamericanos de la diáspora que emigraron a Estados Unidos o a Europa, puede decirse que el locus o “lugar” mental/afectivo de la enunciación se ha trasladado del Primer Mundo a uno propio pero sumamente difuso, que ni es latinoamericano ni primermundista tampoco. Se debaten éste y otros conceptos en “The Concept of Colonial and Postcolonial Discourse. A Perspective from Literary Criticism”, de la revista Latin American Research Review 28.3 (1993). Se trata de los comentarios de tres profesores —Hernán Vidal, Rolena Adorno, Walter Mignolo— en torno a un ensayo de la profesora Patricia Seed sobre el “discurso post-colonial”. Prefiero referir a los lectores, en mi bibliografía, a trabajos más recientes de Mignolo pertinentes al tema que nos ocupa.
  2. Lo “desnarrado”, término de Gerald Prince, se refiere a cosas que el texto indica que no ocurrieron y que, por tanto, no pertenecen al nivel mimético de los hechos narrados. Un buen ejemplo de Epeln es el lamento de Guille al contemplar su futuro frustrado, cuando se le va a otro país la que hubiera sido madre de sus hijos, Lupita, la novia blanca de clase media acomodada —a la que más de una vez él relaciona con su propia madre (82, 92).
  3. Muy valioso en tanto a que la generación de salvadoreños nacidos en la postguerra no reconoce el país descrito por la diáspora, particularmente los que crecieron en Los Angeles, ciudad que alberga más salvadoreños que San Salvador. Este tema es atendido por Lindo en su —aún no publicada— poética novela Entre el cielo y la tierra, que marcará un hito con su voz de narrador masculino que, atento a la voz femenina, no habla por ellas.
  4. La cita aparece en Tapalcojote, el blog de María Tenorio y Miguel Huezo Mixco.
  5. El cómic Superman, creado en 1932 por Jerry Siegel y Joe Schuster, es el más conocido referente de un planeta que estalla. De ambos procede también Batman, el otro súper cómic de ciudad.
  6. Hay numerosas menciones del tema racial, a lo largo de la obra, y son muestra de los valores de la clase media de El Salvador (y de Hispanoamérica): horror ante la fealdad racial y el ennegrecimiento; pleitesía ante los rubios, etc. El narrador de Epeln se sitúa en un punto medio del ajedrezado racial: Guille entre blancos y morenos; sin embargo, es curioso que el protagonista mate de un tiro a un motociclista “blanquito” (108), ya que su primera aparición en la novela es cuando pasa frente al club de motociclistas.
  7. “Hubo tantos cadáveres decapitados en esa época, que con ellos se hubiera podido fundar una ciudad” (148).
  8. Los policías son objeto especial de desprecio a lo largo de toda la obra.
  9. Una docena de cómicos ejemplos de las sentencias juveniles del narrador en la obra: “fundar un parque nacional” (51, 163); hablar de “proyectos fantásticos” como el Ministerio del Talento para el que va a reclutar muchachas (6); crear una “nueva raza” (62, 153); y enseñar a la clase obrera a bailar el vals (75), y a prescindir de la manteca y de comidas burdas, y sustituirlas por “algo decente” como el prosciutto (98) o la tortilla española (41).
  10. Epeln menciona varias veces a la Revolución Mexicana para aludir a la anacrónica posición de los grupos revolucionarios salvadoreños (películas viejas, el programa radial “Corridos que dan cólera”), etc. Apenas se hace mención, de pasada, de la Revolución Cubana, y no se hace ninguna directamente del Che ni de Monseñor Romero; pienso que ello responde a un diseño de Lindo de apartar su novela del referente claro a la historia.
  11. “La era de las grandes batallas había llegado a su fin y en la actualidad todo se reducía a acciones mínimas de mantenimiento, esto mientras se negociaba un acuerdo” (178), es otra de las frases del final de Epeln con breves y lúcidas referencias al proceso histórico.
  12. El esfuerzo de crear una biblioteca virtual, de parte de la Universidad Nacional de El Salvador es digno de notar, como hizo la revista digital Letralia: “La Biblioteca de la Universidad de El Salvador ha resistido adversidades extremas, tales como terremotos —que inclusive han derrumbado por completo sus edificaciones— e intervenciones armadas a la universidad”. Mas, triste realidad, no incluye entre sus textos digitales a salvadoreños de hoy que son publicados y traducidos y premiados por doquier, como los aquí mencionados. Es de esperar el aporte de Istmo, revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos, patrocinada por varias instituciones centroamericanas y universidades norteamericanas. Al menos eso promete la introducción hecha por Valeria Grinberg Pla y Ricardo Roque Valdovinos: “Las escrituras del yo. La construcción de la subjetividad en las literaturas centroamericanas”, pero desalienta, una vez más, el que no mencionen a ningún escritor salvadoreño actual. La Guerra Sucia habrá terminado oficialmente, pero no contra los escritores salvadoreños, los cuales habrán de seguir exiliándose, albergándose o acomodándose dónde y cómo puedan. Y harán muy bien si con ello nos siguen brindando esta calidad de obras.
  13. ¡Un bar abierto en la mañana en L.A. y “temprano” y “atestado de japoneses”!: humor.
  14. “La guerra de guerrillas es una larga cadena de acciones de poca monta” (157), p.e.: [En el intento de secuestrar a un rico para pedir rescate, lo matan pues éste los recibe pistola en mano.] “Mi tiro, reconozco, fue el que le traspasó el cuello, aunque mi intención era acertar en su arma como en las películas del Oeste... Nubio tuvo la suficiente presencia de ánimo como para quitarle el arma, bastante bonita por cierto” (154).
  15. La intertextualidad hace clímax en este párrafo que resuena a títulos unamunianos, a sus frases famosas y, más sutilmente, a sus técnicas. La antecitada parrafada es típica del quijotesco Augusto, protagonista de Niebla, obra de la que es deudora Epeln en más de un sentido (Augusto es dueño de un perro parlante, el cual tiene la última palabra). El tono de altisonancia del narrador, cuyo desapego de la realidad anuncia que le espera un fin humillante, es técnica unamuniana que pasó a la literatura latinoamericana de la mano maestra de Teresa de la Parra en Ifigenia (1924), una obra que Unamuno admiró (sobre Parra, ver estudios de las venezolanas Velia Bosch y Amaya Llebot). Se detectan en Lindo las influencias de varios otros autores, tanto las obvias en base a frases reconocibles, como las profundas a nivel de contenido temático. Un buen ejemplo de ambas es el eco del Elogio de la locura de Erasmo en: “el gentío que se agolpaba a esa hora en espera de una máquina conducida por algún Caronte que debía acarrear a todos esos esclavos a una oficina, un banco, un oficio que era todo estulticia” (Epeln 25; mi énfasis), y el eco escogido es el adecuado ya que la locura es el tema más quijotesco del Quijote. La deuda intertextual de Lindo, diestramente implementada, no es sólo con autores europeos sino con clásicos latinoamericanos como José Eustasio Rivera de La Vorágine: “Para mí en cambio era muy tarde: estaba metido en un vórtice...” (164),cuyo Arturo Cova es el demiurgo latinoamericano por antonomasia, el nuevo Bolívar: [formaba] “parte de un grupo empeñado en fundar una nación a partir de la nada... [de] una tribu nueva en un siglo viejo...” (162). Y es, también por antonomasia, el latinoamericano pensante, el hondamente desengañado: “Vivimos la ilusión de ser el centro de algo planetario, incluso motivo de inspiración para el resto de la especie humana” (165).
  16. Don Quijote/narrador es tema de John G. Weiger en su libro sobre los “márgenes” de la escritura cervantina, del cual traduzco el siguiente aserto: “No es Don Quijote personaje al que debemos analizar sino al Don Quijote narrador de la ficción de Cervantes” (“It is not Don Quixote the character that we should analyze but Don Quixote the narrator of Cervantes’s fiction that we ought to attend”; In the Margins of Cervantes, 146). El tema ha atraído también a otros cervantistas como Alan S. Trueblood y Elias Rivers, ambos ex presidentes de la Asociación Internacional de Hispanistas. Le dediqué atención al tema en “Don Quijote de Indias”, mi contribución a Q. En un lugar de las letras, libro digital de Editorial Letralia.
  17. Guille evoca a la mitología salvadoreña en los “cadejos”, perros fantasmagóricos y temibles que, sin embargo, ayudan a los pobres: “Buenos días, señor, respondí con una sonrisa de cadejo bueno” (39). Para el tema perruno y su impacto en la literatura de El Salvador, en su variante de la postguerra, refiero al lector al poema “Al perro me lo imagino” del incomparable Miguel Huezo Mixco, de su homónimo blog.
  18. Investigando sobre los nexos americanos de Cervantes, el historiador salvadoreño Pedro Escalante Arce, Premio Nacional de Cultura 2004, se enfocó en Juan de Mestanza Ribera, sevillano que pasó al Perú y luego a Panamá, México y Guatemala, en la que en 1583 llegó a ser alcalde de Sonsonate, lugar que hoy es parte de El Salvador. Lo reseña Adda Montalvo de El Diario de Hoy, de El Salvador (perdí la referencia, lamentablemente).
  19. Roberto González Echevarría ha estudiado la influencia de Cervantes sobre la narrativa latinoamericana moderna, para el caso de Alejo Carpentier en especial.
  20. De espaldas a Pigmalión y Bernard Shaw, Guille se cree un hombre progresista.
  21. Prácticamente nunca se deja hablar con sus propias palabras a Ana Gladys (musa al corte quijotesco, al fin y al cabo), personaje malicioso y de ribetes interesantes. La madre de Guille es el solo personaje femenino al que no se le retira la palabra.
  22. Casi la mitad de los capítulos finalizan con una mención del hundirse en las aguas del sueño, la muerte, la inconsciencia o el olvido —o, alternativamente, de la mujer: cap. 1: “...después de oír juntos [mi madre y yo] el último noticiero nocturno por la radio, cada quien se hundió en su sarcófago de sueños” (4); cap. 2: “...me hundí en una tiniebla que era todo acción. No fue hasta entonces, no se me escapa, que mi madre logró conciliar el sueño” (12); cap. 4: “...me hundí en la oscura tierra común” (37); cap. 11: “Vi nítidamente a mi madre y a Ana Gladys, hundidas hasta la cintura en el agua: y una sombra que se acercaba lentamente, trazando un signo en las aguas” (93); cap. 12: “Me hundí en el fondo de una barcaza negra, silenciosa, conducida por una figura oscura, que me trasladó a una orilla brumosa” (101); cap. 14: [Ana Gladys y yo estábamos en la cama.] “Reiniciamos nuestros juegos. Al final, rendidos, caímos cada cual en una poza distinta, y pudimos por fin soñar”; cap. 19: “En tales ocasiones, erecto en medio de una barcaza negra, navegaba el río de los sueños” (164); cap. 22: “...alquilé una habitación [en] una vivienda a la sombra de enormes sombras de maple, sombras amigas. Continué enviando dinero a mi madre...” [incluidos los puntos suspensivos, esta frase, citada así completa, es la final de Epeln].
  23. Unamuno es bien conocido como cervantista por su Vida de Don Quijote y Sancho; Freud lo es menos, pero el hecho es que aprendió español leyendo El coloquio de los perros, con un amigo de la adolescencia que le servía de canino alter-ego (Elías Rivers tiene un trabajo al respecto, en la revista Cervantes).
  24. Ricardo Gullón y Darío Villanueva estudiaron este subgénero surgido al acabar la Primera Guerra Mundial y terminado al inicio de la Segunda. Del editor Villanueva, Asedios a la novela lírica, publicado por la colección Biblioteca Universitaria de la prestigiosa editorial Taurus, recomiendo su propio ensayo “La novela lírica”. Epeln representa, si no yerro, una variante bien curiosa por cierto ya que para amortiguar su lirismo despliega un obvio interés en la acción y luego deshace a ésta en ironía. Si la “acción” existió en la mente del joven Guille, primordialmente, lo que queda en pie de Epeln es el fuerte lirismo.
  25. Entre los escritores salvadoreños destaca Argueta, director de la Biblioteca Nacional de El Salvador, con Caperucita en la zona roja y Un día en la vida, que se situó quinta entre “las cien novelas en español más reconocidas durante el XX” (La Opinión de Los Angeles, 29/12/99); entre los más jóvenes el poeta Gabriel Otero, descendiente literario de Dalton. Encomiable es la labor pionera de José Alberto Cea de recopilar y documentar la narrativa centroamericana de postguerra, pero sigue urgiendo un estudio profundo y global sobre el tema. Quizá acometa esta tarea el escritor y periodista salvadoreño David Hernández (Putileón), asentado en Alemania y doctorado por la Universidad de Hannover. Más probable es que ya esté siendo acometida por los jesuitas que han dado a El Salvador no sólo una destacada universidad sino hasta sus propias vidas. De la narrativa de la diáspora, un aspecto que debería ser estudiado es justo el de su centroamericanidad, pues un número significativo de estos escritores pertenecen a más de un país centroamericano, ya sea por etnia o por residencia: los salvadoreños Castellanos Moya y Lindo son, respectivamente, de padre hondureño y nicaragüense; la nicaragüense Alegría residió por un tiempo en El Salvador. Otro aspecto a notar es que Nicaragua y El Salvador son los dos países representativos de la diáspora de narradores centroamericanos.
  26. Podría ponerse a prueba la propuesta de Mignolo: la crítica post-occidental, “cuyo lugar natural es América Latina y cuyos antecedentes se remontan a las primeras décadas del siglo XX” (1996 a, págs. 33-40; 1996 b, págs. 679-686). Distando de tener su sapiencia, para permitirme una duda sobre la segunda parte del aserto, me basta con leer a un español afincado en Indias, el P. Bernardino de Sahagún: “...para conoçer el quillate desta gente mexicana el qual aun no se a conoçido: [pues] con [la conquista de] los españoles: fueron tan atropellados, y destruydos, ellos y todas sus cosas: que njnguna apparentia les quedo, de lo que eran antes. Ansi estan tenidos por barbaros, y por gente de baxissimo quilate: como segun verdad, en las cosas de politia, echan el pie delante, a muchas otras naciones: que tienen gran presuntion, de políticos”. En el colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, famoso por sus traducciones, Sahagún generó, con la ayuda de sus alumnos, hijos de los señores locales, la Historia general de las cosas de la Nueva España, escrita primero en náhuatl y luego traducida al español. Lo dejo ahí, por no apartarme de mi tema en pos, p.e., del Inca (quien tampoco es el primero en incluir tradiciones orales en sus escritos ya que Oviedo mencionaba los areitos caribeños como fuente de la sabiduría que se pasaban los indios de una generación a otra). Aquí me limito a sugerir que los investigadores y críticos no deben, en el esfuerzo por hallarle “teoría” a la literatura en español, olvidarse de los propios críticos hispanos de los ss. XVI y XVII.
  27. Remito al blog Jacintario, de la poeta salvadoreña Jacinta Escudos, la cual ilumina con sus determinadas opiniones la oscuridad en que ha venido envuelta la literatura salvadoreña. Ésta ni siguiera figura entre los cientos de entradas de la revista digital Espéculo, de la Universidad Complutense de Madrid, pese a que el premiado Castellanos Moya fue publicado por la editorial barcelonesa Tusquets, y Lindo por la vasca Verbigracia. Singular caso el de esta ausencia y se explica en parte porque carecen los críticos de instrumentos para analizar la singular literatura salvadoreña, ya que han de ser los propios salvadoreños quienes se los suministren.
  28. Por lo tanto no se soluciona el impasse que crean sus propias preguntas, si bien éstas añaden complejidad exquisita y sofisticación gauche al tema. Sin desestimar su notable esfuerzo de discernimiento ni descartar los aportes de su enfoque, hace falta otro más maleable a la idiosincrática experiencia de los narradores de la diáspora salvadoreña.
  29. Génesis 4: 17-22.
  30. Publicado en el 2006 en el Portal de Poesía, España; reproducido en Letralia 62 (2007).