Sala de ensayo
El dilema de la apropiación sintética del “yo” indígena
Oscilando entre la identidad interna y externa en Huasipungo

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La identidad construida sufre el estigma de ser una fabricación maligna que destruye la individualidad. Corre el riesgo de suponer que por medio de la apropiación se pierde la identidad. Una lectura superficial de Huasipungo conduciría a tomar semejante posición. Sin embargo, Jorge Icaza no condena la “identidad adquirida” y lo integra en su novela como la manera primordial en que los personajes indígenas llegan a un entendimiento de lo que significa “ser”. A través del contacto con las influencias externas, personificadas en el poder soberano del patrón, ellos son amaestrados acerca de su posición social y sus obligaciones como runas. Analizando la esencia de esta identidad delineada por un poder soberano, emerge el problema de que a la raíz de esta identificación se encuentra una fabricación del hombre cuyo propósito es ser herramienta del dominio: la culpabilidad. Se complica la situación cuando los personajes indígenas, erróneamente interpretando sus existencias como “culpas”, aplican este concepto a sus vidas cotidianas y orientan todas sus acciones hacia una prevención de futuros males. Como el concepto anormal del “yo” indígena es interno y los personajes lo exteriorizan a través de sus acciones diarias, Icaza utiliza el estilo y la temática en Huasipungo para exponer los límites que esta dinámica problemática impone sobre el desarrollo del indio autónomo.

Entre los personajes hay, como meta última dentro de la obra, un anhelo por llegar a una identidad definida a través de las propiedades físicas. Sin dar mucha importancia a los dueños legales del terreno, personajes como Andrés Chiliquinga labran tierras ajenas como si fueran de ellos. El mayordomo, Alfonso Pereira, explica este afecto a la tierra a su tío cuando el pariente quiere mandarle a Cuchitambo, “Los indios se aferran con amor ciego y morboso a ese pedazo de tierra que se les presta por el trabajo que dan a la hacienda. Es más: en medio de su ignorancia lo creen de su propiedad. Usted sabe. Allí levantan la choza, hacen sus pequeños cultivos, crían a sus animales” (66). Se refiere el latifundista a los “huasipungos”, que en castellano equivalen a un lote de tierra asentido por el propietario, donde el hecho de mantenerlos es suficiente para agradar a los indígenas. Desde este punto, estos personajes tienen un conocimiento empírico de la propiedad: ven que ellos solos cuidan del campo diariamente, entonces les pertenece en este sentido. Sin embargo, los indígenas están conscientes de sus posiciones en la estructura social y aquella perspectiva práctica se duplica como un deseo de tener algo propio. Precisamente esta aspiración es la esencia de la identidad, una esencia donde se puede concretamente exhibir la individualidad con algo palpable que uno puede titular su “casa”. Igualmente, el deseo de afirmar una existencia social con las posesiones está también presente en la vida del cholo. Juana, la esposa mestiza del teniente político llamado Policarpio, permite que Alfonso la viole a cambio de falsas promesas de bienes materiales: “¿Cuántas veces no se prometió exigir? Exigir por su cuerpo algo de lo mucho que deseó desde niña. Exigir al único hombre que podía darle: lo que le faltaba para sus hijos, para su casa, para cubrirse como una señora de la ciudad, para comer... Él nunca lo cumplió... ¡Nunca! No obstante, le hizo soñar” (133). Aquí, y en el resto de este mundo diegético, el sacrificio del cuerpo individual es insignificante en comparación al simple “sueño” de una realidad estable.

Mientras el sueño mencionado sirve como una meta motivadora para los indígenas de la novela, el constante exilio crea una realidad turbulenta donde la noción de lo “propio” se tergiversa. Crear un alejamiento espacial de la casa igualmente crea un efecto profundo en la vida del runa huasipunguero. Para concretizar esta posición, cuando Andrés es elegido entre los campesinos que requieren abandonar sus tierras e ir a la selva de Rinconada, se arriesga a ser castigado por regresar sigilosamente a su aposento cada noche, como lo declara Policarpio, “Y como el rosca [indio] aceptó de mala gana [el trabajo], dicen que se viene toditicas las noches a dormir un rato por lo menos con la longa carishina [mujer de poco valor]” (100). Interpretando las escapatorias nocturnas como una añoranza por la identidad que ofrece la casa propia, se introduce el conflicto del exilio que deteriora el “yo”. Sophia A. McClennen, en su capítulo titulado There is no place like home: The tension between utopia and dystopia, seriamente analiza la implicación que tiene el desarraigo sobre el individuo:

...this same dystopic nation has expelled the exile and has condemned him or her to exist in heterotopia, a place for those who do not conform to the system. Indeed, often in the case of exile literature, heterotopias are described as utopic borderlands occupied by social outcasts (191).

Aunque la crítica llega a esta deducción exclusivamente estudiando las obras de escritores españoles, como Juan Goytisolo, que se someten voluntariamente bajo dichas circunstancias, hasta cierto punto se asemeja a la problemática de la novela: el español abandona su país por desacuerdos con la gobernación y el campesino deja el huasipungo para poder mantener a su familia. En ambos contextos existe un deseo de pertenecer a esta “casa” aunque sea ajena por la corrupción política o literalmente improcedente. Más, resultan teniendo que aceptar aquella heterotopia de McClenan. Por lo tanto, el sentido del lote invaluable de los indígenas genera una ambivalencia porque el exilo los distancia de algo que nunca les correspondió, privándoles de cualquier asociación física que les pueda dar una identidad.

Usando como ejemplo al mestizo del epíteto “Tuerto” Rodríguez, es evidente que los términos sociales, al igual que el destierro físico, también experimentan una forma de oscilación. Para poder explotar la madera de la selva vecina, Policarpio sugiere que Alfonso emplee a Rodríguez para la posición de capataz, “El Gabriel Rodríguez es bueno para estas cosas. Desmontes, leña, corte, hornos de carbón”. No obstante, la subida de puesto del cholo es un cambio drástico comparado a la labor que suele hacer e Icaza lo destaca con el uso de una descripción grotesca, “...chagra picado de viruela, cara de gruesas y prietas facciones, mirar desafiante con su único ojo, que se abría y se clavaba destilando cinismo alelado y retador al responder o al interrogar a las gentes humildes” (97). En tal narración, las apariencias desagradables metafóricamente equivalen a la anomalía de una posición fingida, donde Rodríguez adiestra a gente étnicamente semejante a él. Apropiadamente, la situación del “tuerto” ilustra, a nivel simbólico, un alejamiento de la identidad real para adoptar una identidad ficticia.

Establecida la carencia de un “ser” en términos físicos, Icaza no ignora como el “yo” interno del indígena se redefine con el “yo” sintético de la culpa. Para proseguir, es necesario primero establecer la composición de la “culpa” como Rogelio Miranda de Almeida lo entiende en la filosofía Nietzscheana: “ ...the concept of guilt (Schuld) derives from an exceedingly material concept of debts (Schulden), and punishment, insofar as retaliation is developed entirely aside from the context of hypotheses about the freedom or non-freedom of the will” (141). El filósofo nihilista, de acuerdo a Miranda, propone que la culpa es fundamentalmente una fabricación para inculcar un sentimiento apologético en el ser humano. Lo que uno erróneamente entiende como un sentimiento natural es nada más que un artificio para recobrar el mal que el prójimo causa. Clarificando esto, la fragilidad de la culpa empieza a manifestarse en la paradoja que Miranda clasifica como “the all too human truth” donde el ver sufrir a otros es la única recompensa que produce la culpa: es un círculo regresivo impediente del progreso (142). En cuanto a la novela, el menosprecio, del cual son objeto los indígenas, opera en función de la idea de la culpa como algo que ellos han ocasionado por intentar exceder su posición de seres despreciables; condición de la cual se exentan los administradores blancos. Antes de violar a la mujer de Andrés, Alfonso medita sobre las razones por las cuales él no debe sentir apocamiento, “ ‘¿Y si se descubre? ¡Qué vergüenza! ¿Vergüenza?’... ¿acaso no estaba acostumbrado desde muchacho a comprobar que todas las indias servicias de las haciendas eran atropelladas, violadas y desfloradas así no más por los patrones? Él era un patrón grande, su mercé. Era dueño de todo; de la india también” (Icaza 118). En contraste, los indios están, como el sacerdote lo piensa entre sí, listos para la venta sólo cuando él les ha sosegado con las “amenazas” dogmáticas de la culpa (87). Entonces, lo que es instituido como el atributo primordial del indígena es la culpa que, por operar primariamente en el espacio interno, forja una especie de represión para estos personajes.

Tal concepto se destaca en la novela con la experimentación estilística que Icaza ejecuta entre el ámbito intrínseco y extrínseco. El vínculo que permite el acceso entre el lector y los pensamientos campesinos viene a través de la voz interna. Tocante a esto, uno de los síntomas que produce la culpa en el espacio interno es la furia, exhibido en la reflexión de Andrés cuando, en uno de sus escapes nocturnos, no encuentra a su pareja en casa, “ ‘¡Longa carishina! ¡Carajuuu! ¡Toma, runa puercu, runa bandiduuu!...’, se repitió una y otra vez el runa. Y saltaban las astillas como moscas blancas, como moscas prietas, y el corazón de la madera resistía a la cólera sin lograr aplacarla” (106). Como el indígena no puede explícitamente revelar su ira por ser, de acuerdo a los amos, un simple trabajador inanimado, la única opción es incorporarla disimuladamente en el trabajo cotidiano. Igualmente, este impedimento emocional afecta al ámbito interno en forma de pensamientos inconclusos. Sucede esto cuando el capataz ordena que Andrés rescate a un trabajador inmovilizado en el fango y el indígena comenta fragmentariamente en su cabeza la imposibilidad de la proeza porque sabe que no es digno de reprochar aun subconscientemente (169). Por lo tanto, sólo el autor puede comunicar las emociones latentes del confín mental.

En respuesta a esto, los críticos del movimiento “indigenista” han notado el dilema que crea un escritor blanco al intentar detallar el psique indígena. Elena Aibar Ray deduce que el autor de la literatura “indigenista combatiente”, dentro del cual típicamente se ubica a Icaza, tiene la tendencia de romantizar al campesino por medio de la exageración, “El intento del escritor era provocar la conmiseración del lector presentándole un cuadro de miserias que corregir... En resumen, aunque el indigenismo combativo tenía un propósito redentor, presentó un retrato exageradamente naturalista, no fidedigno y poco atrayente del indio” (21). La conclusión de Ray se basa en la verdad, dado que muchas obras indigenistas son víctimas de la convención mencionada. No obstante, sería conveniente decir lo mismo de Huasipungo, pero su autor se aproxima más al estilo “reportage” de Lukács que a la definición previa. El teórico húngaro, escribiendo acerca del realismo, nota el fetichismo burgués de “exotizar” al trabajador en la literatura cuando el autor narra los pensamientos del individuo y, para contrarrestar esto, ofrece la siguiente sugerencia: “Portrayal of the overall process is the precondition for a correct construction. Why is this? Because only portrayal of the overall process can dissolve the fetishism of the economic and social forms of capitalist society, so that these appear as what they actually are, i.e. (class) relations between people” (Lukács 53). Volviendo al ejemplo anterior acerca de la furia recóndita en la novela, Icaza balancea la cotidianidad con la angustia reprimida para incorporar la idea del “overall process”, dedicando el mismo énfasis al microcosmos introverso del indígena maltratado como a su realidad extraversa.

Por tener la culpa como la esencia central de la identidad y entender el ámbito interno como un espacio ajeno subyugado con límites de expresión, los personajes indígenas recurren a la autodefinición exteriorizando acciones que no nacen de la voluntad individual, sino de una respuesta a la culpa. En su ensayo notorio titulado Traveling Theory, Edward Said hace un análisis profundo acerca de la metamorfosis de teorías cuando se transfieren de un contexto geopolítico a otro:

I am arguing, however, that we distinguish theory from critical consciousness by saying that the alter is a sort of spatial sense, a sort of measuring faculty for locating or situating theory, and this means that theory has to be grasped in the place and the time out of which it emerges as a part of that time, working in and for it, responding to it; then, consequently, that first place can be measured against subsequent places where the theory turns up for use (241-2).

Esencialmente, las ideas abstractas pertenecen a un espacio actual cuando interactúan con el mundo en forma de critical consciousness. En otras palabras, alejándose, como Said continúa, “just beyond the interpretive area” permite que uno se apropie de las teorías y las modifique de acuerdo a su realidad. Icaza hace lo mismo dentro de Huasipungo, excepto que el movimiento no es entre un lugar geográfico, sino corresponde a la exteriorización de lo interno. Los campesinos pagan constantes indulgencias al sacerdote para prevenir el castigo de Dios por ser seres naturalmente culpables (222). Como los indígenas tienen a la culpa como la definición de sus existencias, actúan de una manera deseosa de evitar el acrecentamiento de su culpabilidad. Mientras más se dedican a “prevenir” la culpa, más se distancian del “ser sintético” que les ha sido impuesto, generando en su lugar una nueva identidad: el “ser reparativo”. En resumen, el apartamiento del núcleo fabricado, que define al indígena, permite derivar un nuevo ente exteriorizando el que es impuesto.

Por último, la tragedia de la novela se origina precisamente de esta nueva dinámica entre el centro de la identidad culpable y la apropiación de su derivado “yo” en las acciones del indígena. La palabra “centro” es clave para la explicación del tono fatalista de la novela porque implica una esencia organizada, una propiedad fácilmente controlada por los poderes soberanos. En realidad, este centro oscila frenéticamente por ser, como se ha explicado con la posición de Almeida, algo inestable y eternalmente regresivo. Cuando Goodkin explora el dilema de la “mitad virtuosa” aristotélica, se aproxima al esquema del centro variable en Huasipungo:

“Virtue is not a synchronic, purely conceptual, mathematical midpoint equally dividing excess and deficiency. Rather, it is a mobile, adjustable point whose extremes are merely the limits of its range of movements...We might go a long way toward defining the limitations of the middle-as-virtue if we begin to think of this ethical system as having two axes: Virtue is a zero – neither deficiency or excess – on the scale of quantity, but a plus – the very sign of moral value – on the scale of quality...” (26-8).

En la misma página, Goodkin revela que la “cantidad” es infinita porque sufre constante redefinición, mientras el aspecto “cualitativo” tiene un terminus donde la virtud es un extremo o una meta intemporal para el ser humano (28). Este diseño de ejes duplícitos ayuda a entender cómo el “centro” de Icaza, equivalente a la “línea de cantidad”, fluctúa con la presencia infinita de la culpa en la vida cotidiana del campesino. Más, en medio de este continuum y complicando la dinámica, se encuentran las acciones de los indígenas que son dirigidas con el telos claro de reparar aquella “culpa” infinita. El resultado es una exteriorización de un ente que no sustenta contrarios, un ente problemático desde su origen. Entendiendo esto, la derrota sangrienta del levantamiento indígena en las últimas diez páginas (Icaza 240-50) adquiere un nuevo sentido: la falla no fue en el hecho de “exteriorizar” sus emociones para engendrar un nuevo “yo”, sino que el centro, al cual sus obras respondían, era nebuloso. Reduciéndolo a un nivel básico, el sentido trágico de la obra brota de un suceso de eventos cuya base es falible.

En conclusión, la dicotomía tumultuosa en Huasipungo, entre dichos ámbitos opuestos, dificulta que los personajes indígenas establezcan una identidad concreta por la constante ambivalencia de aquella relación. Igual a la índole compleja de la interioridad y exterioridad del indígena, Icaza no pretende ofrecer una solución simple al dilema delineado. En su lugar, rompe con el absolutismo de la “identidad como originalidad” para mostrar el proceso de apropiación, a través del cual también se puede llegar a la autonomía. Esta técnica y complejidad temática de Icaza sólo se ha apreciado a un nivel lamentablemente frívolo, con críticos, como Catherine Saintoul, cándidamente elogiando el uso que hace el autor del castellano y el quechua (82). No obstante esta anemia académica y considerando la hermenéutica propuesta, la obra de Icaza añade un nuevo entendimiento al tema de la identidad indígena donde, en medio de la artificialidad, aún existe un “yo” para el indio; es decir, al final ellos pueden justamente clamar “¡Ñucanchic [nuestro] huasipungo!” (250).

 

Bibliografía anotada

  • Goodkin, Richard E. “The virtuous Middle and the Excluded Middle”. The Tragic Middle: Racine, Aristotle, Euripides. Wisconsin: University of Wisconsin Press, 1991. 25-45.
    Este ensayo explica el dilema de pensar acerca de la virtud como algo horizontal. Goodkin introduce una alternativa con nuevos ejes para entender la virtud aristotélica en relación a la temporalidad versus la eternidad.
  • Icaza, Jorge. Huasipungo. Ed. Teodosio Fernandez. España: Catedra, 1994.
    Este es el texto acerca de la vida indígena en el altiplano de Ecuador. Demuestra el tratamiento inhumano del indígena por el terrateniente durante la explotación de madera. Al mismo tiempo, el texto forma parte del movimiento conocido como la literatura indigenista.
  • Lukács, Georg. “Reportage or Portrayal?”. Essays on Realism. Trans. David Fernbach. London: Lawrence and Wishart, 1980. 45-75.
    Lukács define los límites que surgen al usar un medio subjetivo como la literatura para “reflejar” situaciones sociales. Basándose en varias teorías de Engles, Lukács demuestra que el autor no puede “reportar” eventos porque carece de la perspectiva científica encontrada en el reportaje. Lo mejor que puede hacer es portray.
  • McClennen, Sophia A. “The Tension between Utopia and Dystopia”. The Dialectics of Exile: Nation, Time, Language, and Space in Hispanic Literatures. Indiana: Purdue University Press, 2004. 191-203.
    Estudiando escritores exiliados, McClennen analiza la esencia de lo que implica vivir en exilio. Se basa en escritores españoles para indicar el impacto que tiene el ostracismo sobre las obras e identidad de estos autores.
  • Miranda de Almeida, Rogério. “Guilt and Bad Conscience”. Nietzche and Paradox. Trans. Mark S. Roberts. Albany: State University of New York P, 2006. 141-146.
    La paradoja de la retribución y la culpabilidad se explora en este ensayo a través de las propuestas de Nietzsche, un pensador reconocido por interrogar las costumbres de la moralidad. Almeida detalla la paradoja que incita la culpa donde la retribución crea un círculo perjudicial para la identidad.
  • Ray, Elena A. “El indianismo y la novela indigenista”. Identidad y resistencia cultural en las obras de José María Arguedas. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1992. 19-24.
    El ensayo ofrece un detalle del movimiento indigenista y las tendencias que tiene de romantizar al indígena. Ray también sugiere la existencia del una ramificación de este movimiento llamado “el indigenismo combativo” en el cual los autores intentan elevar al indio a un nivel de “héroe” a través de la cotidianidad.
  • Said, Edward W. “Traveling Theory”. The World, the Text, and the Critic.Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1983. 226-247.
    Said ofrece un acercamiento original a la temática de transference en relación a ideas académicas. Propone que al momento de pensar críticamente acerca de las ideas ajenas, los conceptos anteriores se redefinen para formar un nuevo ente.
  • Saintoul, Catherine. “La búsqueda de la identidad nacional”. Racismo, etnocentrismo y literatura: la novela indigenista andina. Argentina: Ediciones Del Sol, 1988. 81-84.
    Este ensayo ejemplifica la crítica somera típicamente hecha con respecto a Huasipungo. Dentro de este ensayo, la identidad es estudiada sólo en términos de las costumbres del indígena, como la gastronomía andina, y el “nacionalismo exagerado” de Icaza.