Letras
Ojos verdes

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En realidad, verdes, verdes, no eran. Quizás azules, o verdosos, no sé. Yo estaba encaramada en la mata de mango cuando lo vi venir. El sol se filtraba por entre las hojas y no podía ver los cogollos que me habían mandado a buscar para un remedio.

El muchacho parecía un musiú: catire, fuerte, y con esos ojos rayaos como una verdigalla. Estaba buscando arriba con la mirada y cuando nos vimos agachó la cabeza. A mí me daba pena bajarme porque andaba como una tarabita, pero mi abuela me ordenó que me bajara, que hasta cuándo, que esos cogollos estaban ahí mismito y siguió refunfuñando. El catire resolvió bajar la cabeza, el sol le estaba pegando duro. Yo me dejé rodar por el tronco hasta que caí de platanazo. El catire se hizo el loco y no levantó cabeza hasta que mi abuela nos presentó:

—Este jovencito es Sebastián, viene de España. Ellos van a vivir en el cuarto de arriba y su papá va a trabajar en la escuela. Pueden conversar y jugar aquí abajo, pueden estudiar juntos aquí en el patio, pero Usted (siempre me decía usted cuando la cosa era grave) no me va para allá arriba, ¿entendió?

—Sí, abuela.

—Bueno, pues, no quiero bochinches ni rochelas, ya lo sabe.

Me di cuenta de que mi abuela se había ido porque la enorme sombra de sus caderas ya no estaba y el sol me pegaba de frente. Sebastián seguía allí sin hablar y yo por fin me animé y le dije: —Ven, acompáñame —y él me siguió callado y colorado viendo para abajo. Sus botas resonaban en las losas del piso.

Cuando le entregué los cogollos a mi abuela, estaba ocupada en la cocina, apenas nos miró y le dijo a la negra Hilaria: —Dámele un jugo de guayaba a esos muchachos.

 

Nos fuimos con nuestros vasos para el patio y nos sentamos a la orilla del tanque. Yo me tomé el jugo y le dije mi nombre, que estaba en cuarto grado, que mi mamá era aeromoza y trabajaba en Caracas, que mi papá era piloto, que ahora vivía en otro país porque ya no se querían, y no sé cuántas cosas más. Sebastián seguía callado, pero sus ojos —que para mí eran verdes, siempre serán verdes— me miraba como si fuera mayor que yo, como si supiera muchas cosas.

Su cabello amarillo bien peinado se le vino a la cara al inclinarse a recoger unas peonías que había en el suelo. Cuando pude callarme, Sebastián habló. No sé lo que dijo, porque me perdí entre las lucecitas de sus ojos y las zetas de las palabras que decía. Además, creo que hablaba en pluscuamperfecto o algo así.

Entonces le dije que me gustaba su modo de hablar, y él: —Es que vosotros habláis sin ortografía, vamos. Y yo: —¿Adónde vamos? Y él: —Que no, mujer, que es un decir. La jota que raspaba su garganta y la mía que sentía un nudo porque había dicho mujer y yo sentía esa palabra como palabra de mayores, como si fuera en el cine.

 

Cuando mi mamá regresó de su viaje de trabajo, me mostró en el mapa de España el punto donde estaba la Barcelona de ellos que no es la nuestra. Me explicó lo que significaba Guerra Civil, y habló de la razón por la que Sebastián y su padre se habían venido a vivir a Venezuela. Después sugirió que le prestara algunos libros a Sebastián porque a él también le gustaba leer. Yo volví con Don Segundo Sombra, pero mi mamá dijo algo sobre realidad argentina que no entendí bien.

Yo me figuraba que la pampa era igualita a nuestro llano y que el niño que viaja por Argentina era como Sebastián, pero ella escogió El soberbio Orinoco de Julio Verne. Yo esperé horas, hasta que Sebastián bajó y le entregué el libro sin decir mucho.

Pocos días después comenzó la escuela, yo estrenaba uniforme, zapatos nuevos y una caja de creyones Prismacolor que era mi mayor orgullo. Todo eso me había hecho olvidar un poco al catire. Lo vi desde lejos en el recreo. Todos los varones de sexto grado corrían como locos, pero Sebastián no, él estaba sentado como un sabio.

 

Los muchachos se burlaban de sus sandalias con medias, y él como si nada, se comía su merienda. Alguien salió desde el montón de muchachos y le golpeó la mano hacia arriba. El pan y el chorizo volaron con las risotadas por todo el patio. Pude ver sus ojos aguados, su espalda encorvada, su cara roja. Corrí por entre todo el mundo y cuando fui a abrazarlo me empujó y me caí. Sentí todo callado y después escuché los cuchicheos. Alguien gritó que bien hecho que el musiú me había empujado. El asunto se puso feo, aparecieron los maestros. Le avisaron a su papá en el comedor.

Mi uniforme se ensució todo. Los cuchicheos siguieron y escuché que vivíamos en la misma casa y éramos novios. Al llegar su padre, sin averiguar nada, le dio una cachetada delante de todo el mundo. Yo nunca había visto una cachetada en vivo, ni siquiera en el cine. Su cara me dolía. Sus ojos me lloraban. Su vergüenza me mataba. El dolor y la rabia en sus ojos —verdes, sí— me acuchillaban. Mi mamá no me regañó, pero mi abuela me miraba feo.

 

Nunca más vi a Sebastián. Se mudaron a otra ciudad. Ayer cumplí quince años y me van a hacer una fiesta. A mi mamá le prestaron unos discos bien chéveres. Ella es muy bonita, se parece a Sarita Montiel, pero a mí me gusta más lo que canta Lola, y otro señor que canta el gitano faraón. Mi mamá dice que faca quiere decir cuchillo. Los ojos de Sebastián no eran tan verdes como la albahaca, más bien eran “de mirada serena” como el bolero. Como el cogollo del mango, entre amarillo y verde.