No sé cuánto tiempo llevo aquí, quizá desde siempre, no lo sé; sí sé que esta isla es mi hogar, que nunca he salido de ella, pero que no nací aquí; llegué en algún tiempo. De eso hace mucho, tal vez milenios o eternidades. ¡Quién lo sabe! Mis padres me trajeron a esta isla, dijeron que mi nombre era Vlady, que el tiempo se detenía en mí, que nunca cumpliría años y tampoco envejecería en tanto el tiempo estuviera detenido, y que hasta ese momento sería inmortal. Dejaron conmigo a Marsias, mi preceptor, y después se marcharon. Nunca más volví a verlos ni a saber nada de ellos.
La isla, mi hogar, no está como podría pensarse en el Ponto, sino en un río: en el Tajo, al que, en este punto, la isla divide en dos brazos de no más de 200 metros de ancho cada uno. Así pues, esa es la distancia que hay hasta la orilla, hasta tierra firme, donde el tiempo sí transcurre y la vida sigue con su tradicional y monótono devenir.
La isla ocupa el centro del río que, a su vez, divide la ciudad por la que transcurre en dos partes. Una, la mayor, que mira al oeste y la otra, mucho más pequeña, que lo hace al este.
Los habitantes de esta ciudad desconocen mi existencia y la de la isla. No pueden verla, pero ahí está, inmensamente verde y arbolada, ocupando una parte considerable del río cruzado por puentes que he visto nacer en épocas remotas.
Marsias estuvo conmigo largo tiempo: siglos; me mostró todo lo que tenía que saber en el tiempo que estaba prefijado, y, después, llegado el momento, desapareció: con paso lento pero firme y seguro entró en el agua hasta quedar fundido con ella. Él, de cuya sangre había brotado un río en un tiempo al que la memoria no alcanza, regresaba a su hogar, dejándome sola y sin tiempo que transcurra: era inmortal y lo sería mientras el tiempo estuviese detenido.
Desde mi isla podía observar la vida de las gentes en la ciudad con la tranquilidad de saber que ellos no podían verme; incluso si me acercaba a la orilla podía tocarlos sin que se dieran cuenta de mi presencia. Para ellos pasaba el tiempo, y yo veía cómo poco a poco, de manera lenta, iban envejeciendo. Esto hizo que el interés por conocerlos y estar cerca de ellos aumentara mis ganas de abandonar durante más tiempo la isla. Cada mañana me trasladaba a la orilla y me sumergía en aquella laberíntica ciudad llena de gentes.
Nada me estaba vedado: las puertas no existían para mí. Así que al poco tiempo de mis frecuentes visitas a la ciudad no había calle, callejuela, rincón o casa que no me resultara familiar. Pude conocer a toda aquella gente: sus pasiones, alegrías, miserias; envidias, preocupaciones, instintos, odios, desprecios; incluso conocí a criminales y las razones profundas de sus comportamientos e instintos asesinos.
Cuando llegaba la tarde noche volvía agotada a la isla en busca de soledad, de calma y paz, pues la vida al lado de los mortales era fatigosa. El designio de estas gentes es sobrevivir y en ello se afanan con empeño y sin descanso para doblegar un azar al que están sujetos y que no siempre es justo con ellos.
Los mortales son seres egoístas, violentos y arrogantes, pero al mismo tiempo son capaces de dar la vida por cosas banales y también por salvar otras vidas. Son seres en donde los extremos pueden convivir sin dificultad: el vanidoso con el modesto; el egoísta con el generoso. Sí, los mortales son seres contradictorios, apasionados, caprichosos a veces, pero combativos y forjadores de sueños realizables. Sé que pasé mucho tiempo entre ellos, no recuerdo cuánto, pero en todo ese lapso conocí generaciones y generaciones de hombres: los veía nacer y al poco tiempo envejecer y luego morir.
Una tarde, a mi regreso a la isla, encontré a Marsias; había vuelto y me estaba esperando con una sonrisa. Yo me abracé a él y le cubrí el rostro de besos y lágrimas. Me dijo que había vuelto para darme el tiempo. Aquella noche, que duró siglos, nos amamos apasionadamente; en nuestro frenesí recorrimos mundos, civilizaciones... y recónditos universos. Al amanecer de un tiempo, Marsias se despidió de mí, esta vez sería para siempre: juntos fuimos hasta la orilla y allí, quieta, con lágrimas en los ojos, vi cómo despacio, con paso lento y firme, como había hecho antaño, aquel ser excepcional entró en el río hasta quedar fundido con sus aguas.
Epílogo
El sol entraba ya por los grandes ventanales abiertos de par en par, y una brisa suave y húmeda llenaba todo el espacio. Vlady se incorporó y acercándose a uno de aquellos ventanales se asomó al exterior y allí, a sus pies, estaba la isla con la que tantas veces soñaba y el río de aguas tranquilas y orillas de arenas doradas por el que un día se fue Marsias, al que había querido como a un padre y un amante. Vlady se volvió hacia un espejo para ver su joven figura y eterna juventud por última vez: “por fin el tiempo corría y con él la mortalidad”, se dijo.
La isla era ahora muy visitada, pues hacía poco tiempo que había aparecido de pronto, como si hubiera emergido del lecho del río. A la gente le gustaba visitarla, además de por ese hecho tan extraordinario, por encontrarse en ella especies de vegetales y animales desconocidas hasta entonces.