Letras
N.N.

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El campesino adopta una expresión de ignorancia, baja la mirada y evita que los ojos de la mujer se encuentren con los suyos. Ella insiste, primero habla con amabilidad, Isidoro hace de intérprete y repite las palabras de la mujer que, con gestos desesperados, demuestra su desolación. Pero Ignacio no cede, debe proteger a su familia, los muertos tienen que descansar en paz.

Dentro del rancho se acaban de despertar sus dos hijitas. Angelina, la mayor, se acerca lentamente y escucha lo que dice Isidoro, se abraza a la pierna izquierda de Ignacio y mira con curiosidad y pena a la mujer que permanece en el sol de las 9 de la mañana, con ropa caliente y una cartera negra que se mueve al compás de sus manos. Carmencita, la más chica, está sentada en una sillita baja y no pierde una palabra ni de la mujer ni de Isidoro.

Ese año la sequía había sido más larga y en el patio, frente al rancho, no se ve un árbol que pudiera mitigar el calor, la tierra apisonada que la mujer de Ignacio barría todas las mañanas para que luciera lisa y limpia ahora está con basuras y algunas matas secas de yuyos. Desde que ella murió Ignacio no había encontrado tiempo para limpiar bien la casa y sus alrededores, salvo cocinar algo de mandioca y algún trozo de carne, cuando conseguía, pasa el tiempo mirando al cielo como preguntándose: ¿por qué a él?

—Le ruego, le suplico por lo más sagrado, dígame dónde está mi hijo. Usted era el sepulturero del pueblo, no tiene la culpa de lo que pasó. Entiéndame, usted no tiene la culpa de nada y no deseo vengarme de nadie. ¡Sólo quiero encontrar el cuerpo de mi hijo!, para darle una sepultura cristiana, para llorar frente a su tumba, para decirle que nunca lo abandoné.

Sí, Ignacio entiende lo que la mujer pide, él también siente lo mismo, rezar con María y hablarle a su cruz, cuidar el túmulo, son consuelos que todos necesitan... pero él no puede decirle nada, si lo hace hasta puede perder a sus hijas. El comisario Gamarra es muy ñaró y juró que lo iba a mandar a la cárcel hasta que se pudriera, e Ignacio sabe que puede hacerlo. Para Ignacio esa noche del entierro había sido muy especial. Hacía 3 años, esa noche, su esposa María había enfermado y muerto pocos meses después.

—¿Usted tiene a su madre viva? —pregunta Isidoro repitiendo la pregunta de la mujer y haciendo la mímica, con los gestos de ella, como si la angustia de la mujer se hubiera apoderado del intérprete. Lo poco que entiende Ignacio del kara’í ñe’e (castellano o lenguadel señor)se bloquea.

Carmencita comienza a llorar y pide leche, algo de comer. —Tengo hambre, papá —lloriquea.

Ignacio reacciona y le dice a Isidoro que haga entrar a la señora —Haku etereí, peiké katú (Hace mucho calor, entren si qué).

Los tres adultos y las dos niñas permanecen en silencio, los visitantes toman agua del cántaro y las hijas de Ignacio comen mandió chirîrî (mandioca frita) con huevos. Ahora están satisfechas y miran con ternura a la mujer, que es más vieja que la madre muerta pero tiene los ojos llenos de lágrimas, lágrimas que van cayendo lentamente, recorriendo sin apuro la cara, pura imagen del dolor.

—Mire, si usted no me dice nada, yo me voy a ir otra vez a mi casa sin saber dónde está enterrado mi hijo y voy a morir sin ese consuelo. Usted parece un buen hombre, se ocupa de sus hijas... ¿Murió la mamá?

Ignacio asiente antes de que Isidoro traduzca.

—¿Y usted cuida la tumba de su mujer?

Ignacio sabe a dónde quiere llegar ella y sabe que terminará por contarle lo que ella le pide. Pero, en un último intento, se resiste. Después de unos minutos pregunta a Isidoro si la señora está alojada en el pueblo, en alguna casa conocida.

—No, llegué hoy, en micro y con su dirección en la mano pregunté hasta que llegué a Isidoro, sobrino de una comadre. Nadie sabe que estoy acá ni para qué.

Ignacio cree lo que ella dice, pero sabe que los que vienen de afuera no sienten los miles de ojos que espían detrás de las celosías de la calle principal, desconocen la astucia de los lugareños, su amabilidad fingida y las ganas de quedar bien con las autoridades del pueblo. A estas horas Gamarra ya estará enterado de que una extraña vino a hablar con Ignacio, el sepulturero del pueblo.

De pronto Ignacio se levanta y dice: —Vamos, a he chukata chupé (Yo le voy a mostrar).

Se levantan todos y van saliendo al sol rajante, hasta las dos niñas que, de la mano del padre, como comprendiendo la misión, van en silencio, temerosas de que algo surja de repente y se lo lleve también a él.

El camino de tierra pasa delante de otros ranchos, donde mujeres que muelen maíz o carne los miran atentas. Poco a poco desaparecen las viviendas y se ve al fondo algo así como un claro, el camposanto está en una elevación del terreno. Todo parece estar en calma y solitario, hay panteones modestos y cruces cubiertas con paños deshilachados, Ignacio se acerca al portón de entrada y hace señas a los otros para que se detengan. Entra él solo, camina hasta un árbol frondoso debajo del cual hay un baúl. Lo abre y saca una pala. Se acerca a los que aguardan y comienza a cavar fuera del cementerio, a un costado, debajo de la sombra de un chivato florido. Hace unos años, en ese mismo lugar, a las 3 de la mañana cavó la tumba de un guerrillero. El propio comisario lo fue a buscar para que hiciera el trabajo, el muerto estaba envuelto en una bolsa y no le vio la cara. Hoy ya no deben quedar más que huesos, si algo queda. Ignacio cava y cava, en tanto lo hace decide llevar a sus hijas a la casa de su hermana, ella las va a cuidar como si fueran sus hijas, mejor que él que no sabe qué hacer con su vida. No soporta la ausencia de María, prefiere reunirse con ella.

La mujer grita cuando asoma un pedazo de bolsa y se ve un hueso. Las nenas se acercan para abrazarse a sus polleras. Ahora el llanto es fuerte, desgarrador, mezclado con palabras cariñosas, como una melopea dirigida a ese ausente que por fin aparece.

—Mis hijas prefieren una mujer, ya veo cómo les falta su madre, mi hermana no tiene hijos ni hijas, está seca. Va a ser una alegría para ella —Ignacio piensa, se aturde pensando para no ver lo que tiene ahí, abajo, en el hoyo que encierra el cuerpo de un hombre. Ahora sabe que ese hombre tiene una madre, una madre que vino a rescatarlo—. ¡Ojalá mis hijas también me rescaten!

Cuando el contorno de la osamenta queda libre de tierra, la madre da un grito desgarrador, no tiene los huesos de los brazos ni los de las piernas, está mutilado.

Con un pie sobre la pala, como descansando, Ignacio deja que el dolor contenido por tantos años se despliegue, la mujer tiene derecho a llorar abrazada a los huesos de su hijo. Angelina y Carmencita le acarician el cabello y le dan golpecitos en la espalda para consolarla. Isidoro está blanco, estupefacto, comprende los alcances de su acción, ninguna propina lo salvará de la venganza de Gamarra. Pasan los minutos, el sol trata de colarse por entre las ramas del chivato, curioso por averiguar qué pasa ahí, en ese lugar por lo general tan tranquilo.

—Mejor nos vamos —dice Ignacio. Aparta a la madre y envuelve con los jirones de la camisa los huesos del guerrillero que por fin descansará en paz. Apura al grupo para llegar hasta el pueblo, su hermana está casada con el presidente de la seccional y sus hijas quedarán a salvo. El olor del esqueleto no perturba a ninguno de los miembros de la comitiva que camina como en fila, en primer lugar la madre, que carga en sus brazos a su hijo querido, detrás van las niñas con Isidoro, aún pasmado, cierra la fila Ignacio que se había detenido para oler el aire lleno de humo que venía desde su rancho incendiado.

(de Cuentos del 47 y de la dictadura).