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Me fumo un cigarrillo para sentirme más normal y camino como todos, mirando los letreros y las vitrinas de la 5ª avenida, los vasos de I Love New York en color rojo, las tiendas de diseñadores que no conozco, el museo circular, las flores de primavera y las postales regladas, 10 o 12 en cinco dólares porque esa ya no es la ciudad en que viven. Cruzo las calles en grupos grandes y entro al Long Lisbon. Sigo dos horas o dos estaciones más atrás, y ya me pasó antes. Me acuerdo porque también como ahora adelanté el reloj y no sirvió de nada.

En la mesa de al lado están hablando sobre la alerta naranja de la ciudad y que hoy saldrán más temprano del trabajo. Primavera, otoño y la ciudad paralizada, no son sólo dos horas las que tengo de atraso. Ya no hay trenes ni ferry que me crucen al otro lado, y sigo en el bar tomando algo, leyendo algo.

Soy un punto muerto, aunque no importa pues me siguen cobrando la entrada al museo circular, pero hay una fila muy larga y está lloviendo. Siempre es igual, la gente compra obras de arte en postales y quiere más a Chagall los sábados por la tarde. Ahora me acuerdo de cuándo y cuánto me sorprendió “Paris par la fenêtre”. La Mujer Luna estaba en restauración.

Camino hasta el parque donde todavía hay residuos de invierno. No me había dado cuenta del Simón Bolívar. No me había dado cuenta de nada.

 

La cita era en otra parte, nadie se muere de amor, los libros de autoayuda no sirven y el suicidio no funciona, eso es lo malo. Y es que llegaste increíblemente cursi, con poemas de Pablo Neruda aprendidos de memoria, como cuando yo tenía doce años. Y entonces no pude resistir llevarte a mi apartamento con puertas y solo reírme de lo que no me habías contado mientras no te veía. Y es que tú sabes que nunca me importó el prestigio, ni que fueras o no fueras algo, sólo que me mostraras sin pena tu otra parte y que lloraras delante de mí, diciendo que es que no podías resistir un dolor en los ojos que a veces te daba. Después empezabas a contarme que definitivamente no conocerías al sagitario que te recomendaba el zodiaco y que ya no creías en eso porque te habías decepcionado hasta del tarot por Internet, que habías dejado de hacer cosas por otras personas y que ya no revelarías tus pequeñas protestas como la de hace años contra Fito Páez, aunque La Despedida siga siendo tu preferida. Y lo más importante que tu ego había aprendido a controlarse un poco desde que dejé de hablarte y supiste que no siempre que quisieras podrías tocarme.

Hay un vino tinto, un Malbec, pero compramos otro tres esquinas más abajo.

 

Tener que bajar de la montaña porque no sé cómo hacer una casa para vivir ahí, un mail más frío que otro; estoy bien. Disfrutar de un té genuinamente japonés, en un lugar japonés fuera de Japón, descubrir que el axolotl de Cortázar sí existe. ¿Qué hiciste mientras no te veía?... la mitad de una botella y el Malbec. Se cambian los papeles y vuelves a decir cómo quieres a quien buscas, hablas de la ciudad, del lugar, del apartamento sin puertas encima del café, de la ropa, de la hora, de la música, de tu cóctel favorito que no sé cómo pronunciar y cuando tu ego llega al lugar acostumbrado, te vas.

La Metamorfosis es terrible y aquí sólo sirven vino.