Letras
Setecientos cuarenta y cuatro
(Esta manera tan extraña de quererte)

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A Nílibe...

No nos dimos un beso y tampoco nos llegamos a mirar a los ojos con ese furor que suelen mirarse los buenos amantes. Una noche, luego de leer a Truman Capote, pensé en ella.

Esa tarde yo venía apurado. Mi jefe en la oficina me había encargado unos depósitos de última hora y en el momento justo que me decidí a buscar a Elena para ir a almorzar y hablar de las compras para el nuevo apartamento, tuve que salir volando al banco. Detesto aplazar las cosas, ¿pero qué puede hacer uno cuando es un asistente administrativo de la presidencia?

Llegué al banco y estaba atestado de gente y para colmo, Germán, el cajero que me hace los depósitos bajo cuerda, no estaba. Tuve que llamar a Elena y explicarle mi ausencia. Ella lo entendió y no puso ninguna objeción, nuestros planes podían esperar hasta la noche.

Elena siempre ha sido una chica comprensiva. Nos conocimos en la universidad hace ya tres años. Ella estudiaba derecho y yo contaduría pública. Mis amigos decían que éramos un romance contable donde las caricias y los besos eran iguales que dinero a plazo fijo.

No me quedaba otra opción, tomé un número de la maquinita —para colmo había olvidado mi tarjeta preferencial en el pantalón del día anterior y tuve que optar por los de clientes generales— y busqué dónde sentarme. Había sólo un puesto vacío entre un señor pensionado y una muchacha de pelo rojo. Me senté sin hacer mucho ruido.

Siempre acostumbro a llevar conmigo el libro que estoy leyendo. Es una manía que tengo desde que era un adolescente. A veces hay momentos que no quiero ir al trabajo por lo que llama Elena la tonta lectura de una novelita o un cuentico. En realidad yo no le hago mucho caso, creo que si lo hiciera nuestra relación no duraría un minuto más.

Mi número era el setecientos cuarenta y dos y apenas iban por el quinientos, así que me relajé y me dispuse a leer una antología de cuentos norteamericanos que mi amigo Manuel me había enviado desde Caracas. Ya la tenía algo avanzada. Me da un poco de risa pero la noche anterior casualmente tuve una pequeña discusión con Elena por este preciso libro. Ella me había pedido que la ayudara con unas cuentas de los gastos para el próximo año y yo me negué por estar leyendo.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando sentí que la muchacha de pelo rojo fisgoneaba en mi lectura. Disimuladamente la miré y traté de quitar el libro de su vista, pero ella de manera sigilosa —no sé cómo lo hacía— seguía con sus ojos puestos en mi libro. Vi el número y todavía me faltaban como doscientos, así que me pasmé al pensar que iba a tener a esa muchacha interrumpiendo mi lectura por más tiempo; entonces la increpé.

—¿Tienes manías de voyerista o qué? —le dije. Y ella, muy burlona, se rió en mi cara.

—Y de paso te ríes... Hay que ver... Qué te importa a ti lo que leo... Respeta.

No me hizo mucho caso y siguió en su tarea. Luego me dijo:

—No sea tan hostil, yo tengo el setecientos cuarenta y tres, y creo que es justo que lea algunas páginas de su libro. Ya he leído todos los folleticos con planes crediticios e hipotecarios, préstamos para vehículos, que si tres sueldos para pagar cuatro y le juro que me siento tentada a hipotecar mi vida. No sea malo, colabore conmigo y leamos juntos, le aseguro que no molestaré, además, me gusta leer.

—¿Entonces por qué no traes un libro contigo?

—Uhm... No sé, creo que hoy se me olvidó, ayer fui a la peluquería y terminé el que estaba leyendo... —me dijo.

No sé por qué, pero sentí curiosidad por saber cuál libro había leído la muchacha. Me vi tentado a preguntarle pero por alguna razón no lo hice. Creo que en el fondo fue miedo a desilusionarme. Imaginé que podría ser una de esas lecturas de cómo vivir mejor y sabores para el alma.

—¿Entonces? ¿Leemos o qué? —me dijo. Yo había cerrado el libro, creo que por un impulso, y luego sin darme cuenta lo abrí haciendo caso omiso a la exigencia de la muchacha.

Entonces recordé a Elena y me la imaginé entre los gordos del bufete siempre tan correcta y práctica. Sabía muy bien que en el fondo no le había agradado que hubiese pospuesto la cita para la noche. El señor de los muebles necesitaba respuesta más tardar a las seis. No sé por qué habrá accedido y yo ahí discutiendo con una muchacha sobre si leemos o no un libro juntos.

—Oiga, una vez leí un libro de Truman Capote, ¿lo ha leído alguna vez?, se llama Desayuno en Tiffany’s. El personaje de la chica me cautivó.

Asentí con un movimiento afirmativo y no pude evitar acordarme de aquella muchacha que estaba sola en una ciudad desquiciada y tocaba una guitarra. Entonces le dije:

—¿Sabe algo?, se me parece un poco a usted, creo que en lo entrometida y habladora.

Ella sonrió y me pidió que pasara la página. Yo en realidad no sabía si ahora leía o sólo cumplía una función de atril. Estaba ahí sentado, cumpliendo sus órdenes, pensando en Golightly y sus desdichas. En todo lo que tuvo que pasar para llegar a New York. Nunca entendí cómo pudo siempre sonreír si estaba desecha.

—Ese personaje de Truman es conmovedor —le dije.

Ella alzó su mirada y me dijo:

—¿Cuál?

—Cuál más, el de la novela que me acabas de mencionar.

—Ah... Sí, ya recuerdo —me respondió—, en realidad creo que todos los personajes de Truman conmueven, son tan fáciles de compadecer y de querer. Cuando leí A sangre fría recuerdo que lloré por Perry Smith, no quería que muriera, o mejor dicho lo mataran.

Me sentía a gusto estando ahí con la muchacha. Ya ni recordaba el número. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que llegué. Entonces el viejito que estaba a nuestro lado casi dormido dijo:

—¡Por fin, setecientos cuarenta y cuatro!

Ella y yo nos miramos por primera y última vez a los ojos, así, como quien busca una explicación a una torpeza y sin decirnos una palabra más, nos levantamos, cruzamos la puerta y nos separamos al cruzar la avenida.