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Ilustración: Chris AndrewsEl descifrador de sueños

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El sueño es ese fenómeno fisiológico que nos permite desvanecernos dentro de nosotros mismos, desatarnos de la causalidad de la existencia espacio-temporal, evadirnos del mundo exterior para imbuirnos en el nuestro propio, tan vasto y poblado como el primero.

Tiene mucho sentido decir como dijo un filósofo que “los seres humanos hacemos en sueños lo que Shakespeare hacía despierto”, esto es, vivir y expresar de forma genial nuestros sentimientos. La vida podría ser un sueño, “ya que no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia”, como declaró Descartes; no obstante, nuestra duda podrá hacernos dudar del contenido o la fidelidad de nuestro pensamiento, pero no podrá hacernos dudar del pensamiento mismo, en el sentido de que no podemos dudar de que dudamos y, por tanto, de que existimos; de nuestra supervivencia natural, nace “la fe animal” apuntada, en su característica honestidad poética, por George Santayana. La vida no es un sueño como apuntan los Upanishads o Calderón, sino “un teatro en donde todos tenemos un papel que representar”; y esto por la sencilla razón de que somos los seres humanos, como el mismo Shakespeare escribió en La tempestad, los que estamos hechos de deseos insatisfechos, de pasiones idealizadas, y de esperanzas rotas que nos desilusionan y nos decepcionan hasta el punto de pensar que

Estamos hechos de la misma materia que los sueños,
Y nuestra vida está rodeada por el dormir.

No es la vida la que es un sueño, sino las esperanzas e ideales que proyectamos para controlar el tiempo futuro de una vida que sólo contiene un infinito presente. Schopenhauer dice en su magnum opus que despiertos leemos ordenada y consecutivamente el libro de la vida, mientras que, cuando dormimos, leemos ese mismo libro de forma desordenada y caprichosa, sin estar atados a ningún principio de razón suficiente, desde el que sentimos el espacio, el tiempo y la causalidad. Es en el sueño donde vivimos innumerables epifanías de las que nos sorprendemos cuando estamos despiertos; en el despertar postrimero, hay que resaltar, nos es posible reflexionar e intuir que tanto la poesía como los sueños proceden de la misma fuente original: el presente espontáneo, irracional, y fugaz de la materia física de la que estamos hechos; de esas infinitas formas, algunas horrendas, que la materia adopta al soportar los cambios continuos del tiempo en la Naturaleza, aprendemos, como niños, a crear y modelar las nuestras.

Es en los sueños donde somos volátiles, como la palabra y la música; es en los sueños donde nos hacemos alados y volamos; donde circunnavegamos mares y océanos, escalamos montañas y recorremos pacíficamente los frondosos valles lejanos donde reina el Arte de Apolo Febo, lugares todos ellos representados a imagen y semejanza de nuestras escarpadas y profundas almas inexploradas e ignotas que luchan por desprenderse de su materialidad, de su cárcel contingente, de lo que muchas veces considera ella su infierno, su caída en el pecado original: el haberse fijado definitivamente en una forma determinada y final. El sueño es a la realidad lo que el corazón a la razón —una sinrazón enigmática sin lógica, sin sentido, sin concierto. Un filósofo dijo una vez: “Lo mejor de la vida hubiera sido no haber nacido”, pensamiento que no debe interpretarse en el sentido de que ese hombre buscaba la nada y la desaparición; lo que buscaba ese pensador diciendo eso, era, sin utilizar su tono apodícito o profético, el desear regresar a la infinitud de la potencia amorfa, el seguir existiendo en ese reino sin tiempo ni inicio ni final que consiste en no haber sido encarcelado en ninguna forma material.

El poeta, ese ser humano que pretende asir la esencia de las cosas y que, para ello, prescinde de la existencia física que “le rodea como la cuerda a la garganta, / el mar al que se hunde” porque busca la clave secreta del universo, será tanto mejor poeta cuanto mejor pueda llegar a descifrar las claves mitológicas que esconden todos sus sueños. La fuente oculta para todos los mortales revela verdades aparentes para el poeta original. La incógnita de ese milagro exige un análisis final.

La respuesta me parece simple y sencilla; en lo oculto está lo evidente para el poeta, para el creador de mitos que él se considera que es; el poeta original no busca una explicación filosófica, racional, o científica a su existencia; lo que busca no es una explicación, sino una creación: paralela, mitológica, protorreligiosa. Se es poeta cuando se es capaz de bucear en las profundidades abisales del alma humana sin ayudas y a pulmón. Adjuntamos dos ejemplos para corroborar la tesis de que el poeta es el descifrador de sueños, el shamán, el mago de la tribu; la prueba documental número 1 que aportamos, pertenece al Parnaso Español (1648), edición llevada a cabo por González de Salas a los poemas de Quevedo; en el Soneto 78 incluido en la Musa IV Ereto, sección segunda, se “Canta sola a Lisi, y la amorosa pasión de su amante” en estos términos:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi alma el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado.
Medulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Nótese cómo nos traduce el poeta su sueño; cómo sus ojos se cierran y su espíritu viaja a esa otra parte de la ribera que es el río del olvido, el Leteo; mas el poeta, nos dice, no está dispuesto a sujetarse a ninguna ley existencial, ni siquiera a la ley mitológica que establece que el que se baña en el Leteo olvida todo cuanto fue, se es y ha sido. El poeta no está dispuesto a dejar que esa ley se le imponga, se siente libre en su propio sueño, porque él sabe “nadar sobre mi alma el agua fría”, porque le ha perdido “el respeto a ley severa”. La prueba documental número dos que aportamos, es este poema de W. S. Landor cuando nos narra lo que experimentó en una noche onírica y espectral:

I strove with none, for none was worth my strife.
Nature I loved and, next to Nature, Art;
I warm’d both hands before the fire of Life.
It sinks, and I am ready to depart.

Nótese el calor del fuego como metáfora de lo proteico de la Naturaleza, de la plenitud (que no infinitud) de formas que adopta la materia a lo largo de su viaje por el tiempo, cuya definición estriba en ser acción, potencia que deviene forma, el flujo de los cambios que soporta la materia.

Otrosí: no debe olvidarse que no somos más que viajeros en esta vida temporal; nada más que un peregrino nos confiesa sentirse Goethe por boca de Werther cuando observa el horizonte inalcanzable de Weimar; no se puede ser nada más, ni nada menos, que la forma de un hombre que viaja. Pero, ¿viajar hacia dónde? Hacia ese reino sin formas, sin leyes causales, sin espacio, ni tiempo: hacia la nada temporal, y la nada eterna. Hacia ese reino en donde las infinitas formas reinan sin estar sujetas a cambio alguno.

De hecho, esta creación ensayística reinaba en ese reino eterno hasta hace un momento, sin forma prefijada, sin límites, sin tener letras, ni acentos, ni comas, ni puntos; ahora, una vez creada y limitada a la forma del presente ensayo, mi idea de que un poeta es un descifrador de sueños ya tiene su forma material en mi pensamiento y en el vuestro. Mi idea ha nacido a este mundo material y formal. Para dejar de ser mortal, para volver a ser inmortal y eterna, tendrá que desaparecer de nuestras mentes y volver a desaparecer más allá del tiempo. “Lo mejor es no haber nacido nunca” si se quiere regresar al reino de la forma intemporal; en su defecto, lo mejor en segundo término, es morir como seres humanos despiertos, para soñar como ideas sin tiempo.