Letras
Diana

Comparte este contenido con tus amigos

A Diana,
porque tus pasos siempre sean firmes.

Aquella mañana Diana despertó más temprano que de costumbre, sacó su pequeña mochila hecha con hojas de durazno, la colocó en sus hombros y emprendió su camino. Antes de salir, silenciosa, se dirigió a la habitación de su abuelo, abrió la puerta y lo observó durmiendo tranquilo. Parecía un bebé con un sueño profundo y sereno, incapaz de ser perturbado por el mundo exterior.

Aún el cielo estaba oscuro cuando Diana salió de su pequeña casa que en realidad era un chícharo tirado sobre el pasto del jardín. Un día la dueña del jardín arrojó sobre las hierbas un puñado de chícharos secos, todos crecieron menos uno, el cual fue habitado por Diana y su abuelo. Ahí construyeron su casa. Montaron el chícharo sobre un largo trozo de madera, bajo la fuente, para evitar que en tiempo de lluvias se inundara. Construyeron una escalera de ramas de pino y un techo de paja para evitar que el sol diera directamente sobre la casa. También le hicieron en la parte trasera un balcón con una cisterna, pues la fuente tenía una pequeñísima grieta, donde manaban algunas gotas de agua que servían para los alimentos y los deberes del hogar. Dos gotas llenaban las cubetas de Diana y diez su bañera. El interior de la casa había sido construido con ayuda de un gorgojo, quien comía la parte interna de casi todas las cosas. El pequeño animal cavaba túneles que a nuestros amigos servían de corredores.

De esta forma Diana tuvo su propia habitación con su cama de heno y sus muebles hechos de la corteza que se desprendía de los árboles. También hizo la habitación de su abuelo, la cocina, la sala y el baño, donde una bella tina hecha con una flor de Azahar invitaba a disfrutar de un buen baño.

Los alimentos eran preparados todos los días por Diana, quien tomaba de la huerta las frutas más maduras y suculentas que podía haber en toda la región. Ellos sólo se alimentaban de frutos, puestos sobre hojas de hierbabuena que les servían de platos.

Sus ropas las hacían algunas veces con tela de araña, que era muy resistente y los mantenía calientes. Y en otras ocasiones con algodón que el abuelo de Diana, don Fermín, conseguía en el huerto en un solitario arbusto que crecía escondido entre los pinos. De ahí también hacían las cobijas, los zapatos y los tapetes de la cama.

En realidad eran felices en aquel lugar. Cada mes los visitaban amigos, igual a ellos, que vivían en los huertos vecinos. Mientras en días comunes vivían rodeados de toda la vida que puede existir en un huerto.

Así, tras de su casa vivía la señora araña con sus más de treinta hijos, quienes todo el día bajaban y subían por la pared de la fuente. Enfrente se encontraba la casa del señor pulgón que en algunas ocasiones los llevaba fuera del huerto a dar un paseo, sólo tenían que montarse sobre su espalda y en unos cuantos pasos estaban cerca del río. Aunque también estaba la casa del señor y la señora cochinilla, dos excelentes vecinos a quienes sólo veían cuando la lluvia inundaba por completo su vivienda subterránea. Así que a la familia cochinilla no le queda otra opción que mudarse bajo una maceta cerca de la zarzamora. Pero además, en las plantas de frijoles vivía una gran familia de gusanos medidores que todo el día iban de una rama a otra en busca de alimento. Y qué decir de las hormigas a quienes Diana les había pedido una y mil veces que no treparan por el tronco de su casa, pues tenía miedo que en cualquier momento se viniera abajo, pero rara vez le hacían caso.

Todos habían aprendido a vivir sin molestar a los vecinos. Todos excepto la rata. Una vieja rata que gustaba de salir por las noches y roer cuanto objeto encontrara tirado sobre el pasto. Cuando la Luna salía, los habitantes del huerto escuchaban el terrible ruido provocado por sus dientes al masticar, mas un día el escarabajo, ya bastante molesto, le encontró a la vieja rata una nueva madriguera muy cerca del puente, como a cien metros de ahí, donde también había un basurero. Sin pensarlo, la rata se mudó inmediatamente a su nuevo hogar y sólo en contadas ocasiones venía a visitar a sus amigos.

Y aunque la casa del señor grillo no estaba cerca de la fuente, sino más allá de los árboles de durazno y de las higueras, era uno de los miembros más queridos de la comunidad: todas las noches llenaba la oscuridad de una dulce y apacible melodía que corría alegre más allá del huerto, más allá del río y de la montaña.

En realidad, él estaba enamorado secretamente de la pequeña Diana, pero nunca se había atrevido a declararle su amor por temor de que ella lo rechazara, pues él era sólo un insecto, mientras Diana era uno de esos pequeños duendes que resguardan los bosques de la voracidad de los humanos.

Pero aquella mañana Diana puso en marcha una idea que había estado pensando durante días: iría a hablar con los humanos dueños del huerto. Todo había comenzado dos semanas atrás cuando una tarde en que el Sol aún no se ocultaba, dos hombres y una mujer llegaron hasta la fuente para conversar. Como en ese momento era la hora en que todos los pequeños animales del huerto se reúnen a charlar, escucharon la conversación: en cuatro semanas, esa propiedad y dos más serían vendidas a una compañía constructora con el fin de hacer un bello hotel de lujo que sirviera para distracción de los hombres ricos de la ciudad. Serían treinta habitaciones, con vista a las montañas y en lugar de los huertos se crearía una zona de esparcimiento con dos albercas, una cancha de tenis y un espacio para juegos.

Los animales callaron al escuchar semejantes palabras: terminarían con su huerto. Ésa fue una fría y dura tarde para todos ellos, eran muchos los años que habían pasado en ese lugar. Nadie dijo nada. Todos se marcharon silenciosos a sus hogares. Todos menos el señor grillo que triste vio cómo Diana y su abuelo se abrazaron.

Los siguientes días, don Fermín estuvo triste: no comió, no jugó y ni siquiera les narró los tan esperados cuentos a los hijos de doña araña. A partir de ese momento para él todo fue silencio. Cuando Diana le preguntaba si la sopa de capulín había quedado bien, si no estaba fría el agua de fresa, o si el agua de la bañera era lo suficientemente caliente para él, sólo la veía con sus grandes ojos negros y no decía nada.

Por ello, aquella mañana, Diana emprendió muy temprano el viaje. Silenciosa, cuidando de que los hijos de la señora araña no la vieran, bajó por las escaleras y rodeó la fuente. Pero apenas había avanzado algunos metros cuando de pronto salió a su encuentro Pepe, uno de los miembros de la familia cochinilla; el hijo número 72, para ser exactos. Y por más que Diana trató de ocultar sus verdaderas intenciones, Pepe no se separó de ella.

Así que ambos tuvieron que emprender el viaje. Cuando el Sol salió, ellos apenas se encontraban a dos metros de la fuente, cerca del huerto de los jitomates. Tendrían que caminar más rápido si deseaban llegar antes del anochecer.

A mediodía ambos tuvieron hambre, Diana sacó de su mochila un trozo de zarzamora y una cereza, mientras Pepe fue en busca de algunos desperdicios de jitomate… eran sus preferidos. Después emprendieron la marcha, y en su camino se encontraron con un gran número de animales que curiosos observaron su paso. Nadie dijo nada cuando escucharon de los propios labios de Diana el motivo de su viaje. Es más, se corrió la voz entre los animales y sin que Diana y Pepe se dieran cuenta aquéllos empezaron a organizarse.

Por la tarde, ya se había corrido tanto la voz que llegó hasta oídos de don Fermín que una pequeña duende y su acompañante, una insignificante cochinilla, irían a ver a los humanos para convencerlos de no destruir su huerto.

Don Fermín inmediatamente mandó llamar al señor Grillo y juntos fueron en busca de su nieta. Al poco tiempo los encontraron, con los enormes saltos del grillo era fácil recorrer la distancia que a Diana y a Pepe tanto trabajo les había costado.

Después de hablar con su nieta, don Fermín se dio cuenta que no la haría cambiar de opinión. Así que los cuatro se encaminaron hacia la casa, aunque para su sorpresa no lo hicieron solos, ya que al llegar al huerto de las coles un gran número de animales los esperaba. También ellos irían a ver a los humanos.

Así, el nutrido grupo formado por arañas, caracoles, ciempiés, escarabajos, lombrices, cochinillas, hormigas, chapulines, orugas, mariposas, abejas y uno que otro gorrión, quien había prometido dejar a un lado sus deseos de alimentarse durante el viaje, se encaminó hacia la casa de los humanos. Aquellos que eran de paso lento fueron ayudados por los más rápidos para acortar el tiempo.

Unas horas más tarde todos ellos estaban frente a una de las ventanas de la sala tratando de que los humanos los vieran, y no tuvieron que esperar mucho ya que la niña más pequeña se acercó a la ventana y gritó de tal manera que sus padres corrieron a ver qué pasaba. Inmediatamente la señora fue a la cocina y trajo consigo un frasco de insecticida para dar muerte a ese enorme grupo de insectos. Pero cuando estaba a punto de hacerlo todos los animales hablaron al mismo tiempo, de tal forma que su voz se escuchó fuerte y parecía una sola.

Los humanos no podían creer lo que estaba pasando: miles de insectos hablaban y ellos podían entenderlos. Al principio el asombro hizo que ninguno de los humanos se moviera de su lugar, y después el diálogo tan convincente de los pequeños animales los hizo que permanecieran largo rato cerca de la ventana.

Sólo de esa forma los animales y los duendes lograron convencer a los humanos de la importancia de los bosques, los ríos y los huertos. No sólo porque éstos eran su hogar, sino porque eran parte importante de la vida del mismo hombre.

(“Diana” pertenece a una serie de cuentos para niños sobre hadas y duendes titulada Pies pequeños, grandes dedos).