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Wong Kar-waiWong Kar-wai y el cataclismo de la cotidianidad

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Así termina el mundo,
no con una explosión sino con un sollozo.

T. S. Eliot.

A veces el amor se disfraza de despecho; a ratos se coloca una máscara de casualidad. Puede que sea el hilo que entrelaza a dos personas, o simplemente la urgencia de esconder con palabras el temblor de una mano que ha rozado a otra. A veces es el centro de una escena imprecisa donde una mujer sonríe dentro de un vestido verde, o el número sobre la puerta de una habitación de sábanas manchadas.

Al menos así es en la mayoría de las películas de Wong Kar-wai, en las que el amor, como protagonista principal, asume muchas máscaras, hasta dar con aquélla que tristemente acaba asumiendo como rostro definitivo, no como disfraz: la del desamor.

Enfermedad de casi todos sus personajes, el amor —en las películas de este director y guionista chino (Shanghai, 1958)— se presiente condenado desde las primeras escenas a morir poco antes del final, dejando a los personajes, o al menos al que sobrevive, cargando con todo el peso del abandono, con todo el peso de la soledad.

Desde su ópera prima, Cuando caen las lágrimas (1988), en la que un hombre se ve obligado a decidir entre el honor pisoteado en la persona de un hermano menor y el amor de una prima que lo espera en otra ciudad, Wong Kar-wai ha venido delineando, con pinceladas cada vez más sutiles, el desastroso panorama sentimental del hombre contemporáneo; sus bruscas y casi siempre contradictorias decisiones. En medio del ambiente hacinado y hostil de la China de los años ochenta se va desarrollando esta historia en la cual el amor, pese a redimir al protagonista de sus culpas, no alcanza a impedir la caída que se da como consecuencia de su modo de vivir. La tragedia allí es inevitable, como es inevitable para las lágrimas quedar sometidas al régimen terrible de la gravedad una vez han salido del cuenco de los ojos. Pérdida y redención que se equilibran a costa del desconsuelo de la solitaria redentora.

En Felices juntos (1997), se ahonda en los pormenores de una relación homosexual, señalando el drama cotidiano del amor contrapuesto al deseo de vivir en libertad. Los protagonistas viajan desde China hasta Argentina buscando evadir el cerco de la monotonía. La ilusión de visitar las cataratas del Iguazú pone la nota trascendental a ese viaje en el que la ciudad de Buenos Aires parece hallarse inmersa en una noche eterna. Y es que rara vez se muestra el sol en las películas de Wong Kar-wai, rara vez se muestra el cielo o un pedazo de horizonte, siendo casi siempre gracias al amor que los espacios adquieren en sus historias un poco de transitoria claridad. De allí que sus personajes, obligados casi siempre a mirar hacia abajo, insistan en buscarse en medio de las cosas y luchen silenciosamente por salvar ese amor, a pesar de la enfermedad, el desarraigo voluntario o el rechazo social.

En Deseando amar (2000) se narra la historia de un doloroso intercambio de parejas visto desde la óptica de los engañados; de los que, en su interés por saber cómo empezó la relación entre sus respectivos cónyuges, acaban por enamorarse también:

Él: Pensé que no seríamos como ellos. Pero me equivoqué. Usted no va a dejar a su marido. Así que prefiero irme.

Ella: No pensé que usted se enamoraría de mí.

Él: Yo tampoco. Sólo quería saber cómo empezó. Ahora lo sé. Los sentimientos surgen sin que uno se percate. Pensaba que los controlaba. Pero odio la idea de que su marido vuelva. Ojalá no volviera.

“2046”, de Wong Kar-waiEs la historia de quienes apagan un fuego que apenas comenzaba a encenderse, y al término lloran con los ojos vueltos hacia las cenizas. La historia de quien al final del ensueño se descubre susurrando secretos en el agujero de un muro. La historia de quienes lastiman sus ojos con las esquirlas del pasado. Precisamente así lo confiesa el protagonista de 2046 (2004): “Todos los recuerdos son surcos de lágrimas”, y el estrago del desengaño anterior se extiende y perpetúa, como una peste, sobre los corazones que el destino va colocando en el camino del desengañado; sobre todo lo que éste alcanza a tocar. Magistral continuación de Deseando amar, 2046 es una exquisita metáfora del amor que se descubre tras la pérdida, cuando ya no sirven para nada las palabras y sólo resta entregarse a la rutina como otra manera de contar los segundos que nos separan de la muerte.

En el cortometraje La mano (2004), que forma parte de una trilogía erótica completada por las historias de otros dos afamados realizadores, un joven sastre queda marcado para siempre tras su primer encuentro con la que será su clienta especial: una acomodada mujer que, usando apenas una de sus manos, ha violado la intimidad del joven e inaugurado, en palabras de ella, la sensualidad necesaria para el buen desempeño en su oficio de sastre. Tras esa primera experiencia y movido por la esperanza de consumar ese amor, el joven confecciona, a pesar del rechazo posterior de la mujer y el conocimiento que tiene de las aventuras de ella, uno tras otro los más bellos vestidos. Así hasta el desmoronamiento económico de ella, tras lo cual le pide al sastre que le tome las medidas para un último traje. A lo que el sastre responde que no hace falta porque conoce bien su figura, así que únicamente se valdrá de sus manos. Es la historia de quien tarde se vuelve a mirar cuánto ha crecido ese amor al que siempre dio la espalda. Amor y nobleza prestos a sufrir, ya sobre el final, la más dura prueba.

Y si bien se ha dicho que toda buena literatura descansa sobre alguna de las cuatro líneas básicas argumentales —la de metáfora de la búsqueda o el regreso, la de la ciudad condenada a caer, la del descenso al infierno, o la del dios sacrificado—, detrás de todas ellas se encuentra un motor común y esencial: el amor. Así, el fin del mundo, el cataclismo de la cotidianidad es también producto del amor o de su ausencia. El fin del mundo, al igual que su renacer, es cosa de todos los días, de cada vez que se sujeta o se suelta una mano, de cada vez que dos caminan juntos sin reconocerse. Cuando el amor se va —parece decirnos Kar-wai— lo que se sigue es el final. De allí que volvamos cada día a creer en el amor, aunque a veces se disfrace de despecho, aunque ahora mismo sea el recuerdo que alguien lleva por las calles como una enfermedad.