Letras
Florencia

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Aunque iba con premura, nada lo ponía de manifiesto. Tal vez sólo se movía un poco más de prisa que lo acostumbrado, había que observarla detenidamente para reparar en sus manos. Las llevaba apretadas. Muy apretadas. Caminaba exhibiendo la cara de fiereza y disgusto de siempre. Su faz no desnudaba ningún conflicto ni apremio,

—Apúrate, Florencia, que algo le pasó a “El Chiqui”. Por ese apodo era conocido en el barrio su hijo mayor.

Comenzó a parir a los catorce, su última hija ya tiene nueve y la mayor treinta y seis. Ella, abuela ya y con los cincuenta encima, sólo sabe gallinear, expresión que adopta para describir la tarea de ocuparse de sus hijos.

—¿Qué haces, Florencia?

—Gallineo.

Tal vez se encontraba simplemente lavando la pila de ropa, pero esto era parte del atender a los muchachos. La mujer y su accionar representan la antípoda de la flojera.

Así fue como, casi sin querer, introdujo una nueva palabra en el vocabulario del grupo que pueblan las humildes casuchas construidas en el cauce de la quebrada. Esa que ya no trae más agua.

Bautizó con nombres estrafalarios a sus siete hijas creyendo así otorgarles cierto estatus social. Yuleicy, Nirmelia y Orlina son las mayores. Eso motiva que padezcan las burlas crueles de la niñez en el colegio al que asistieron. Florencia desconoce totalmente este hecho, pues nunca pasó por su cabeza que ya el nombre las ponía en evidencia. Nadie se lo hizo saber cuando decidió bautizarlas así.

 

Y fue a causa de esta fortuita candidez que, si bien las niñas leen y escriben con cierta dificultad, casi todas decidieran apartarse de la escuela antes de tiempo. Se inclinaron por seguir la huella de la madre antes que continuar sometiéndose al escarnio juvenil, porque Florencia, ni lee ni escribe, su más sólido saber consiste en gallinear por excelencia.

Todos sus vástagos portan apodos, nacidos como sin querer. A ninguno se le conoce por su nombre propio.

Son “El Chiqui” y “El Peque” dos varones que sirven de estandarte al humilde hogar de Florencia. También a las hembras se las llama por sobrenombres. A unas se la llama acorde a su peso, “la flaca”, a la otra le dicen “la che” citando que trabaja en una cocina, la tercera es “la Chela”, sólo la pequeña exige ser llamada por su nombre: Alondra.

Según comentan, de las mujeres, sólo una “tuvo suerte”, y logró salir del barrio. Es “la che” y ahora vive en “Niu Llor” con un portugués que conoció en la playa, y ya tiene dos hijos. Ella alteró por completo el ejemplo que recibió de su madre, no quiere ni una cuadrilla de hijos ni vivir en el cauce de la quebrada. Tampoco tiene marío; ahora tiene un esposo que dirige una pizzería, allá en el Bronx, bien lejos del barrio donde se crió.

 

Florencia tiene una capacidad creativa que ninguno de los vástagos consiguió jamás emular. Ella hacía hijos, inventaba las comidas que llenaron las barrigas de nueve críos que demandaban cosas diferentes, poseía un talento único para hacerse de los recursos necesarios para mantener la tropa. Y qué decir de la ropa de la familia, ¡oh! la ropa: siempre radiantemente limpia, sin un roto, las camisas con todos los botones en su sitio. Toda le llegaba de segunda mano, pero eso nadie lo sabía.

La quebrada en cuyo lateral vive persigue la sombra de un grupo de samanes que se inclinan buscando la húmeda brisa que se registra en sus orillas. Allí tiene su vivienda. Allí en la orilla lava, en el otro espacio cría alguna gallina.

Una de las tareas que se agenció Florencia para la subsistencia, consiste en llevar el desayuno diario, a los obreros de la construcción a la vuelta de su casa.

Aseadísima, bienoliente de la cabeza a los pies, es un placer verla cuando sale con su canasta repleta de empanadas, café recién cola’o y agua ‘e papelón con limón. Se desprende de todo con prontitud pues los trabajadores le compran con avidez, y luego, sin pausa, corre a cumplir con sus otras tareas. A gallinear. Se desempeña hace tiempo como doméstica en la casa de un anciano viudo, quien entre afectos, la considera más como a una hija que como servidumbre. Casi se diría que ella es la señora de esa casa. Y esto es tan sólo una parte de su ajetreada cotidianeidad...

 

Florencia tuvo dos maríos, con el primero parió ocho muchachos, y para evitar el aumento de la prole, un salomónico y eficaz arreglo fue mudarse de habitación.

Pero ese hombre, el primero para ella, se le murió repentinamente de un infarto. Cuando vinieron a avisarle, tan sólo pudo escuchar:

—¡Apúrate, Florencia, que algo le pasó a Jacinto!

Por eso, cuando hoy le hablan de apurarse, y ella hace nudos con sus dedos, nadie alcanza a darse cuenta de la tormenta interior que la haría correr, si no fuese por ese férreo control que mantiene sobre sus emociones.

De lo contrario, ¿cómo escapar al desgarrón que un día la vida le infligió, cuando nació su primer hijo? ...porque en realidad, nació muerto. Pero eso nadie lo sabe.

Ahora, cuando la madre alcanza el final de la quebrada, la imagen que agrede sus ojos le quitó la respiración: “El Chiqui”, tirado en el piso, humedecía la tierra seca con ese líquido viscoso que llaman sangre. Esa vida truncada sólo fluía desde un lado, de resto, “El Chiqui” parecía casi limpio. Tanto como cuando salió de su casa, con la misma ropa impecable con la que se vistió pues había sido falsamente invitado a una fiesta, resultando una trampa entre las tribus del barrio. Impecable y contento, iba a tomar unas cervezas con su pandilla. ¡Mas la emboscada fue, por demás, efectiva!

Y a cámara lenta, los recuerdos volvieron una vez más.

 

Todos habían ido muriendo —uno a uno— en cada parto. Los hacía pero no los sostenía. Al poco tiempo comenzaba a engañarlos a todos colocando trapos y más trapos que la hicieran hacer ver con algo de panza. Cuando ésta alcanzaba un tamaño adecuado, dejaba de crecer y ella esperaba que el tiempo pasara hasta tener que ir a la maternidad pública.

En su interior, algo exigía descargar todo el amor de su corazón, y entonces, ahí se quedaba, sentada en un banco, quieta, esperando que anunciaran que alguna de las otras parturientas había fallecido. Y tan pronto ocurría, ella, rauda, ocupaba su lugar, ofrecía la ropita de la criatura, reclamaba el hijo y partía hacia el rancho, dejando en un basurero un atado con cuanto trapo le había servido de engañador.

¡Y cuando llegaba..!

Las vecinas la recibían a los gritos, tanto habían estado pendientes de lo que había dentro de aquella piñata que tenía por barriga...

—¡Florencia tuvo otra niña..!

La misma algarabía que formaban las vecinas la entusiasmaba. Sabía que la esperaban para celebrarle.

Sin embargo nada era verdad.

Sí, había perdido la panza, y con ella al hijo, pero en sus brazos, traía otro. El que recibió de aquella mujer que se quedó en la maternidad con el suyo. Así sano la herida que al fin logró restañar. Pero un hijo no le bastaba, hizo lo mismo muchas veces, para dedicarse a gallinear, criando los hijos de nueve desconocidas. Ninguno lo había parido ella.

Ahora, ya grandes, pareciera que “El Chiqui” iba a reencontrarse con su madre biológica. ¿Sería que ella no lo había hecho bien del todo?