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Poemas

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La lluvia

Dejaré los sueños en su mundo de plumas
para enfilar mi proa hacia este amanecer líquido
que me florece en los cristales.
Al alba el mundo reinterpreta
la alzada primera del telón, en el día inaugural,
cuando los astros parieron con dolor la luz bostezante y arrugada,
cuando la canción de la piedra latía
con el brío de los comienzos y los volcanes.

De mi pecho brotan, inéditos, los almendros
sometidos a la alegría radical del agua.
La lluvia tiene el don de licuar las gemas y los espacios,
de suavizar la verticalidad de los aguijones,
de entonar la orden exacta que espera la semilla.

Llueve, al fin.

Hoy la paz abandonó las banderas y los púlpitos
para filtrarse desde la matriz de las nubes
y el viento no puede
                                    —aunque lo intente—
despeinarme el corazón.

 

A una caracola

...Y la creación del mundo se suspende hasta que ya en el mar
sólo queda una ola,
sólo cabe una ola que al llegar a la playa queda en vilo,
sabiendo
que no puede romper sino acabándose.

Luis Rosales

Sólo el mar sabe latir sin estar presente.
Desnuda, la piel rugosa y estriada es otro lenguaje de signos,
perennes, calcáreos,
como el idioma universal y manso de la espuma,
que gira en resonancias de algas y navíos sin edad.
El tiempo no le importa más que a un roble o a una almena,
ella conoce todas las astucias para atrapar lo eterno
a una vuelta de rosca,
en una espiral quieta y constante.

Como una catedral blanca que cabe
en el silencio de dos manos,
ella acurruca el destino de los siglos,
en el sancta sanctorum de su hueco,
en el arca de la alianza donde se firmó el pacto
                                                                  inicial
del agua con la arena.

Pero todo se prepara para ser nada.

Tú y yo nos iremos,
arrastrando nuestra carne y nuestra historia.
Se agotarán las entradas para el gran espectáculo
de la consumación de los tiempos,
habitará el olvido en este esqueleto de planeta...
Y, aun así, ella seguirá ahí, con su acento de salitre,
con su perdurabilidad indiferente,
con su reminiscencia de coral primitivo
con su quietud y su espiral tozuda,
recordando eternamente a las sombras
que sólo el mar
—sólo el mar—
sabe latir sin estar presente.

 

El silencio de los pájaros (eclipse)

Este sucedáneo de noche
me busca salidas por los ojos.
La esfera solar mordida
detiene el vuelo de los relojes
                                      y de los pájaros.

Algo así, tal vez, será lo último:
el estertor final del mundo. Quizás...
Pero la vida que, mojada en el eclipse,
se desnuda de sus ruidos cotidianos
no queda del todo inerme.
A la luz le sobran arrestos
y a la vida le sobra luz
para burlar la trampa cíclica
                                       de los astros.

Cuatro minutos:
el día va saliendo de su cárcel...
Un pájaro canta tímidamente
la libertad recuperada por el sol
y picotea —como migajas—
los trozos que van cayendo
de este sucedáneo de noche.