Letras
La orilla

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—Aquí es donde empieza la orilla —dijo la mujer de rostro curtido, el pelo blanco y largo enredado en una trenza, a la muchacha parada a su lado.

Las dos vestidas de negro, con sendas pañoletas oscuras ceñidas a la cabeza confiriéndoles el hálito del luto, soportaban la resolana. La muchacha, apretando en su mano izquierda, en un atadillo, un ramito de flores amarillas ya marchitas envuelto en papel de estraza, junto con una vela doblada y escurrida a causa del calor del mediodía.

La vieja señalaba con el índice hacia el otro lado de la calle, a la fachada de la taberna. Donde, en ese instante, seis sujetos con el sombrero ajustado de lado traspasaban el umbral esquivando un enorme mostrador de madera tosca, que parapetado en la entrada, exponía vanamente una arpilla de cebollas moradas a medio pudrir y una docena de naranjas marchitadas.

—De ese tugurio para allá, no hay decoro, recato, ni decencia —volvió a decir la vieja con el gesto áspero—. Ahí es donde mataron al Crisanto, tu marido —concluyó con un suspiro hondo.

La muchacha se enjugó el sudor del contorno de los ojos jalando una punta de la pañoleta.

—¿Y quién fue por fin? —preguntó.

—Nadie. ¿No te acuerdas que nos dijeron los del gobierno que todo fue un pleito de cantina?

—¿Nomás ansina?

—Ansina nomás... Imagínate, ponerme a hacer una lista de sus enemigos como quería el licenciadillo ese. Ahí tuviéramos todavía atoradas. Y ora déjate de afanes inútiles. Lo importante ahorita es buscar el descanso de su ánima, lo demás es perder el tiempo. Le prendemos su vela, le dejamos sus flores y nos pegamos la vuelta, que los arrieros no nos esperarán. Y en un descuido estos calores me van a hacer que me suban a la sierra igual que al desdichado de mi hijo, a lomo de mula, envuelta en una cobija.

Cruzaron la calle abruptamente, como quienes en un río desconocido, desde un peñasco se lanzarán al agua sin conocer el fondo; a la carrera, tomadas de la mano como madre e hija. Y se detuvieron bajo la sombra del zaguán situado a un lado del pórtico de la taberna con el propósito de guarecerse del sol que a esa hora caía a plomo, en la espera de encontrar el ánimo para franquear la puerta. Esa puerta situada más allá de la frontera imaginaria que demarcara la vieja como la nefasta orilla.

—Ave María Purísima. En qué bregas nos trae este ingrato hijo mío, todavía después de muerto.

El sudor les escurría goteando por los pliegues de la piel mezclado con el polvo, dejando las huellas del hollín como surcos en sus caras de piedra, salándoles los párpados.

La tolvanera levantada por el aire caliente del verano mantenía a la veterana con un rancio paño en la boca casi permanentemente. La previsión era debido a que no era la primera vez que visitaba el polvoriento pueblo. Cosa que no ocurría con su nuera Micaela, quien jamás había salido del frescor y el aire límpido del caserío enclavado en lo más recóndito de la sierra. Aunque ello no impidió que las dos por igual se la pasaran triturando constantemente entre los dientes los minúsculos guijarros levantados por el polvo.

Habían salido de su pueblo en la madrugada del día anterior, oscuro todavía. A prisa, sin más bultos que su amargura. Obligadas por el sello con el águila y la serpiente impreso en el citatorio del ministerio público que trajo el emisario encargado de hacerles llegar el cuerpo.

A Crisanto lo sepultaron sin velarlo pues llegó como un desconocido, hinchado y fétido. Y sin esperar siquiera a terminar el novenario se montaron las dos, en el lomo y a la grupa de una de las bestias de carga de la cuerda que salía a la ciudad a surtir la tienda. Con el propósito de atender lo solicitud del gobierno, y más que todo, de poner una vela en el lugar en que había caído muerto, buscando el descanso de su alma.

 

Cuando entraron al local fue como si se zambulleran de lleno en otro elemento. De golpe les aturdió la penumbra y la brusca mixtura de los olores a tabaco y alcohol mezclado con el tufillo a cloro del sexo y del perfume barato de las meretrices. Todos estos componentes envueltos en la cadencia de la música de Agustín Lara que en ese instante tocaba la sinfonola.

El galerón, largo y estrecho, estaba casi vacío a esa hora temprana, con más de la mitad de las mesas con las sillas acomodadas encima con las patas volteadas hacia arriba. Y en el fondo, una barra enorme de cedro labrado era lo primero que llamaba la atención de quien ingresaba, luego, una estantería en la parte trasera sosteniendo diversas botellas de marcas famosas de licores, cumpliendo más bien la función de ornato, y en el piso, junto a la barra, acomodadas dos enormes damajuanas envueltas en mecate de ixtle.

A los lados de todo el galerón, adheridos a lo largo de las descascaradas paredes, unos sillones maltratados, forrados de tela que en un tiempo pudo haber sido roja, quedaban a la espera de las que en ese momento dormían en sus cuartos reponiendo fuerzas.

Velozmente salió a su encuentro uno de los meseros que, artificioso y amanerado, haciendo grandes aspavientos trataba de atajarles el paso.

—¡No! ¡No! Está prohibida la entrada —exclamó— ¿Que no saben leer? Prohibido el paso a mujeres y uniformados.

—Llévanos con tu patrón y déjate de pendejadas —refutó la vieja—. Si no vinimos a quedarnos, hubiéramos venido en denantes cuando el local estuviera mas solo pero tuvimos que hacer unas vueltas. Nada más queremos ofrendar una vela por mi difunto hijo.

—¡Ah, vaya! Son parientes del muertito. El patrón allá está —señaló con el índice hacia el fondo del lugar—, es aquel que está recargado detrás de la barra.

 

A Micaelita se le fue cambiando el nombre de a poco. Casi sin que se diera cuenta. La transformación inició desde el momento mismo en que deslumbrada traspasó el umbral de la cantina.

Se había casado con Crisanto sin conocer siquiera el significado de la palabra amor. Por no quedarse sola, y porque no había con quien más en ese pueblo suyo en el que se mataba por una mala mirada. De él, sólo le quedaba en un rincón de la memoria el recuerdo de su trato brusco; la presencia difusa de alguien acostumbrado a hablarle sólo de caballos, la labranza y de que si ya parió o no la yegua. Aunque de él todo lo hubiera soportado, no tuvo tiempo para quererlo. El amor concluyó antes de nacer a causa de lo único que no se perdona: morir antes de tiempo.

Cuando se aproximaron al dueño de la taberna, éste, instintivamente, desnudó con la mirada a la muchacha, adivinando en su perfil las formas duras.

—¿Qué se les ofrece? —preguntó bruscamente.

—Somos parientes de Crisanto —contestó la vieja—, el muertito del pleito que tuvieron aquí. Y po’s, queremos poner una vela en el lugar de su partida como es costumbre en mi tierra, es todo.

—Sí, claro, pero primeramente permítanme aclararles que nosotros ya colaboramos con las autoridades y no somos responsables en nada de ese trance, y disculpen la pregunta: ¿qué parentesco tenían ustedes con el difunto?

—Era m’ijo. Y ella su esposa. Nosotras no vinimos buscando responsables. ¿Sabe? Lo único que nos consolaría ora es el descanso de su ánima, para que no ande por ahí vagando.

—Ah sí, cómo no. Para servirle. ¿Y cuántos años tienes, muchacha?

—Veinte.

—Pobrecilla, tan jovencita y tan bonita con esos ojitos de cielo, y ya viuda. Pero pasen por favor. Y lo que se les ofrezca. En lo que las pueda ayudar, sobre todo a esta muchachita, tan preciosa, que me siento un poco responsable de lo sucedido. Yo voy a andar por ahí. Y no lo dudes, mijita, lo que se te ofrezca. Sin que lo tomes a chanza o a falta de respeto, esta es mi casa y es la tuya si en algún momento en la necesidad ocupas acomodo —ya se retiraba, pero se volvió, como si de pronto recordara algo importante—. Sí que armó un alboroto el desdichado de su hijo. Después de la encerrona con una de las muchachas, quería a fuerzas cerrar el antro pa’él solo. Andaba como enyerbado. Figúrese, empezó a querer a echar a todo mundo pa’fuera. El caso es que se envainó con quien no debía, el pobre.

Y se alejó de ellas, secándose el sudor de la nuca con una toalla percudida.

Después de prender la vela y acomodar el ramito de flores en un rincón en que no hiciera estorbo. Ya cumplido el encargo.

—Aquí me quedo —dijo la muchacha. Como si sólo se tratara de ir a dar una vuelta.

De nada valió el llanto de la pobre vieja que cambió al instante su rostro endurecido por la abierta súplica. Ni el exhorto de que con qué cuentas le voy a salir a tu suegro. Quien finalmente, junto a ella, eran las dos únicas personas que en este mundo le quedaban de familia. Pues los de su estirpe, uno a uno habían ido quedando en el camino.

 

Se acomodó con las muchachas desde el primer día. A ellas les cayó en gracia su candidez y la simplicidad con que se miraba la vida desde su perspectiva. Sin más complicaciones que extrañar de vez en cuando las cumbres borrascosas de su sierra.

Empezó haciendo de sirvienta y terminó de puta. Al principio trabajaba de día, orbitaba por las orillas sin atreverse a acercar a las mesas. Temprano limpiaba los patios regándolos antes con petróleo para aglutinar la tierra y evitar el polvo; acomodaba los muebles y desempolvaba los cuartos, ponía papel de rollo en las mesillas, silenciosamente, mientras las demás dormitaban. Y de vez en cuando, en las noches de mucho trajín, se acomedía por ahí, ayudándolas a vestirse después de cada fajina. Y se paraba en la puerta de la cuartería anotando en una pizarra las entradas y las salidas para cambiar las sábanas manchadas de secreciones después de cada cinco encuentros contados, y cambiaba las fundas de las almohadas y las cubría de polvo de talco para ahuyentar los parásitos y los malos olores. Hasta que una noche se descubrió a sí misma sentada en uno de los sillones rojos, con el alegre nombre de Celeste.

Y a veces se encontraba con algún cliente cortés, todavía en sus cabales. Y sentía algo muy parecido, si no al amor, sí a la felicidad, cuando le decían al oído, cosita celeste.