Letras
Con tu mirada en mi alma

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Como todos los días, estaba esperando el colectivo, en la misma esquina, hasta creo que en la misma baldosa, como desde hacía tres años. Sólo pensaba en Hernán. Hernán en el colectivo, Hernán en el colegio, Hernán en la plaza, los domingos, Hernán en mi corazón, por siempre. Recordarlo dolía más que dejar de hacerlo.

Creo que era finales de julio, porque todavía hacía frío. Sí, hacía frío, lo sé porque recuerdo tu pulóver azul francia y tu camisa celeste.

Cuando, por supuesto, estaba pensando en Hernán, pasaste caminando a mi lado y mis ojos se fueron detrás de los tuyos, porque me miraste como distraídamente. Moreno, ojos achinados, sonrisa gentil, dientes separados de conejo, con pasos rápidos y fuertes. ¡Ahhh!, suspiré tan fuerte que las personas que también esperaban el colectivo, me miraron divertidas. Por alguien así ya te olvido, dije, pensando en Hernán.

Pasaron los días. Volví a verte media docena de veces, pero pasabas sin mirarme, o en auto. Pantalones grises o azules, camisas claras y el pulóver azul que te quedaba divino. Transcurrieron varios días sin volver a verte, hasta que una tarde cualquiera, cuando tocaba el picaporte de la oficina para salir, me encontré con tus ojos. No lo podía creer. Allí estabas, tratando de sonar indiferente, solicitando unos datos que en ese momento no podía darte, entonces prometiste regresar por ellos otro día.

Volví al baño a mirar mi rostro ardiente, en el espejo, a perfumarme, a volverme a poner brillo en los labios. Salí. Y allí estabas, recostado en la baranda, esperándome.

¿Sí?, pregunto con apenas un hilo de voz. Te mentí, dijiste. No precisaba nada más que verte y hablar contigo. Llevabas puesto tu pulóver azul. Me acompañaste a la parada donde hablamos casi durante tres horas y yo comencé a sentir frío. Me fui a casa con tu pulóver, tu perfume y tu mirada metida en el fondo de mi alma.

Me internaron esa madrugada. Un mes sin saber de ti, un mes pensando que fue un sueño. Estaba enferma, débil, sola... Extrañaba a Hernán, quería verlo. En todo el tiempo en que estuve internada, se fue una sola vez a visitarme, con su madre. Me moría porque me diera un solo beso o pudiéramos conversar a solas, pero no fue posible. Al retirarse me dijo una frase cariñosa y me acarició los dedos del pie, debajo de la sábana. Su antiguo sentimiento hacia mí se redujo a una caricia a mi dedo gordo. Creo que también fue el final de mi largo e intenso amor por él.

Ya era agosto cuando volví a mi trabajo de secretaria, con varios kilos menos y muchas ganas de volverte a ver y comprobar que no fue un sueño. Mis compañeras de trabajo me contaron que un misterioso admirador no dejó de llamar ni un solo día, para preguntar por mi salud.

Salí a las 12 para ir a comer a casa y volver para las 3, al trabajo. Allí estabas, en la parada, con un ramo de flores en la mano.

(de Dicen que tengo que amarte, un libro con textos para adolescentes)