Lea el texto completo del discurso en nuestra sección de materiales especiales.
Juan Marsé recibió este jueves 23 de abril el Premio Cervantes 2008 de manos del Rey Juan Carlos de España, en la tradicional ceremonia celebrada en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (UAH). En su discurso, el escritor habló sobre la memoria histórica y la memoria individual, sin olvidar el papel de la imaginación y el cine en su literatura, y se refirió a su “dualidad lingüística”, explicando qué hace un autor catalán escribiendo en castellano.
Al acto de entrega del galardón, presidido por los reyes de España, asistieron además el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado por su esposa, Sonsoles Espinosa; la ministra española de Cultura, Ángeles González-Sinde; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel.
También asistieron el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha; el presidente del jurado del premio, José Manuel Blecua, secretario de la RAE; y el director general del Libro, Rogelio Blanco, secretario del jurado, así como escritores de la talla de Antonio Gamoneda —Premio Cervantes 2006—, Gustavo Martín Garzo y Luis Muñoz, el cantautor Joaquín Sabina y la directora de la Residencia de Estudiantes, Alicia Gómez Navarro, entre otros representantes del mundo de la cultura.
Dos días antes, el martes 21, Marsé había depositado su legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. El escritor dijo que tal legado incluía “el secreto de la escalibada y otras cosas no tan importantes”. El acto de entrega estuvo presidido por Caffarel, quien le propuso a Marsé dar su nombre a la biblioteca del futuro centro en Shanghai. También estuvo presente González-Sinde. En la caja, que no se abrirá hasta el 21 de abril de 2029, hay “otras cosas, pero creo que no son tan importantes como ésta”, bromeó el autor. “No voy a decir de qué se trata, porque no está bien, es secreto”.
Marsé se forjó como novelista en los duros años de la posguerra, cuando la memoria “fue sojuzgada, esquilmada y manipulada”, y dedicó una parte de su discurso a “los vericuetos y espejismos” de la memoria histórica. Reflexionó, asimismo, sobre la verdad del escritor, sus obsesiones, quimeras y sueños. “El olvido y la desmemoria forman parte de la estrategia del vivir, tanto en la sociedad civil como en los estamentos del poder. Hay una memoria compartida que no debería arrogarse nadie”, dijo.
Se declaró un “amante incondicional de la fabulación”, explicó que no se considera “un intelectual”, sino solamente un narrador” al que los “planteamientos peliagudos, la llamada metaliteratura”, lo dejan “frío”. “Bastante trabajo me da mantener en pie a los personajes, hacerlos creíbles, cercanos y veraces”, reconoció el escritor. Frente al “misterio” y “galimatías” que es la literatura, dijo que le gusta recordar a Ezra Pound y su creencia de que “el esmero en el trabajo, el cuidado de la lengua, es la única convicción moral del escritor”, una frase que él suscribe “con la mayor cautela”.
El escritor, quien desde que tiene “uso de razón” vivió “la dualidad cultural y lingüística de Cataluña”, que en su opinión “nos enriquece a todos”, nunca ha visto “nada anormal” en ser “un catalán que escribe en lengua castellana”, pero hay quien lo considera “una anomalía”, “un desacuerdo”. Esa dualidad es “una terca y persistente realidad”, y el realismo “es una corriente literaria muy nuestra, y que aún goza de un sólido prestigio”, dijo Marsé, que no quería “instalarse en la identidad cultural para dar lecciones a nadie” ni hacer “una defensa excesiva del realismo”. “Pero, como dijo Woody Allen en una de sus buenas películas, el realismo es el único lugar donde puedes adquirir un buen bistec”.
Al tercer intento, y con 16 años, logró leer el Quijote “de cabo a rabo”. En esa novela anida “el germen y el fundamento de la ficción moderna en todas sus variantes”, indicó Marsé, a quien le gusta pensar que “lo inventado puede tener más vida propia y más sentido que lo real, y en consecuencia, más posibilidades de pervivencia frente al olvido”. Ésa fue la lección de Don Quijote desde la primera de sus hazañas. “Él es el valedor de lo más noble, bello y justo que alienta en el corazón humano, el que vela por el espíritu, la vigencia y el esplendor de los sueños”. El cine le sirvió para completar su “precaria” formación. De Cervantes aprendió que “las cosas no siempre son lo que parecen”, concluyó el escritor, cuyo discurso completo puede leerse en esta edición.
Tras él, tomó la palabra la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, quien definió a Marsé como “un creador libre”, un escritor que comenzó como aprendiz de joyería y “que ha logrado ser maestro a base de memoria, honestidad y coherencia”. Es un escritor “por vocación, hecho a sí mismo”, de los que “trabajan pieza por pieza, de los capaces de engarzar la ternura y lo canalla, el dolor y el humor, con la minuciosidad del artesano que lleva tras de sí muchas horas de lectura y de trabajo”, agregó.
Guionista, cineasta y ex presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, González-Sinde pronunció un discurso plagado de referencias al séptimo arte, estimando a Marsé como un escritor “nacido en el mundo del cine”, cuya obra “ofrece una narrativa forjada en lo visual, que nos lleva a ver hasta lo que no puede verse”.
La concesión del Cervantes al autor catalán supone para la ministra “un acto de devolución, de pequeña compensación, por tanto como nos has dado y nos vas a seguir entregando”. Al entregarle a Marsé el galardón, se reconoce, a su juicio, “la enorme valía que tienen tus obras, y reconocemos también lo valioso que tienen los sueños de toda la Cataluña anónima y plural, de esa tierra que supo reconstruirse y abrirse al mundo, desde la desolación y la intemperie que provocaron la guerra y la barbarie”.
“Julio Verne dio La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Cortázar dio La vuelta al día en ochenta mundos, tú nos entregas la vuelta a la humanidad en ochenta calles”, señaló la ministra, quien agradeció su legado literario al escritor “en nombre de la generación posterior, la de tus hijos”.
El acto concluyó con el discurso del Rey, quien elogió la autenticidad que domina la obra de Marsé y valoró su “empeño en hacer de España con su pluma una nación aun más solidaria, más justa y más humana”. Don Juan Carlos definió a Marsé como “uno de los mayores protagonistas” de la cultura española durante el siglo XX y en este siglo XXI y ha destacado su “dominio de la lengua, que emana de la difícil sencillez de su prosa”.
Puso asimismo énfasis en el valor de la “autenticidad” como concepto clave en la obra de este autor nacido en Barcelona en 1933, que otorga “consistencia” a sus personajes, “brío” a sus historias y “rigor” a su palabra. “Consistencia, brío y rigor de quien, enamorado del arte de narrar, trabaja el idioma durante el tiempo necesario” para “lograr la perfección del miniaturista o del orfebre”, señaló el Rey, antes de añadir que esa “autenticidad admirable”, reflejada también en la “actitud crítica” de Marsé, le permite regalar al lector “una realidad inventada tan verosímil como la misma realidad”.
El Premio Cervantes está dotado con 125.000 euros y es concedido por el Ministerio de Cultura en reconocimiento al conjunto de la obra de un escritor. Otros autores en los que ha recaído este galardón en años anteriores han sido Francisco Umbral (2000), Álvaro Mutis (2001), José Jiménez Lozano (2002), Gonzalo Rojas (2003), Rafael Sánchez Ferlosio (2004), Sergio Pitol (2005), Antonio Gamoneda (2006) y Juan Gelman (2007).
Fuentes: ABC • Reuters