Artículos y reportajes
Cervantes digital, o la aventura de la tecnología

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“Le debemos tanto a las letras. Yo tengo ese culto del libro.
Yo sigo jugando a no ser ciego, sigo llenando mi casa de libros.
Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad”.

Jorge Luis Borges.

Ilustración: Richard MandrachioImaginemos, por ejemplo, una biblioteca fantástica, de esas del tipo que a Borges le apasionaban, de esas que permiten construir a Umberto Eco una intriga medieval en un monasterio sórdido y solitario. Seguro podremos acceder con la imaginación a los propios libros, esos curiosos objetos que deseamos tocar, admirar, olfatear con avidez. Pensemos, tal vez, en la biblioteca personal que día a día venimos alimentando en nuestra casa. Aquello que se convierte en un monstruo voraz que requiere de espacio y cuidado.

Al imaginar una biblioteca nos viene a la mente el propio cuerpo de los libros. La parte deliciosa que nos acerca a la literatura de manera un tanto fetichista. Es inevitable admirar la tipografía o la imagen cautivadora de una buena portada; es ineludible gozar con los forros y los interiores de una novela. Porque el libro actúa, cuando menos en los lectores conservadores, como un objeto sagrado, un ente complejo en el cual es casi imposible separar el todo de las partes. El libro se convierte así en una extraña y atinada maquinaria donde página a página, el oficio y la maestría de un escritor nos conducen a una realidad paralela, un mundo aparte. Ese mundo, sin embargo, parece emerger, como una fórmula alquimista, desde la página en blanco. ¿Qué sería de nosotros sin el contacto físico del libro? ¿No parece, de manera pueril, que al abrir un libro y aquilatarlo con las manos —mientras seguimos las líneas, interesados o llenos de encanto— ejercemos cierto dominio sobre la historia? Y sin embargo nos dejamos conducir, dóciles, hasta donde el autor lo decida. Gracias al libro tradicional el lector parece sentirse cómodo e intrigado por una buena trama, y por supuesto esto se debe en gran medida al contacto que se establece entre el lector y el objeto.

Al respecto, el propio Borges, en 1978, opina:

“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono, de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

Cómo debatir una opinión tan contundente. Pero he aquí que, absortos en la contemplación casi primitiva del libro-objeto, aparece en las últimas décadas una nueva modalidad, el imperio gratuito y práctico del libro digital. Entonces el lector más ortodoxo se levanta, da un manotazo sobre la mesa, indignado, y abandona la sala. Para tal personaje sería imposible construir una biblioteca tan asombrosa como la de Alejandría, porque resulta que con algunos cientos de CDs, los cuales no ocuparían más de una habitación de cuatro por cuatro, se podría resumir todo el conocimiento. Amén de la función de escenografía que inviste a la biblioteca de un carácter litúrgico, ritual. Para leer a Cervantes, hoy en día, bastaría con encontrar el CD apropiado, insertarlo en el CPU y dejarse guiar por el mundo personal del autor, a través de esa pantalla fría e incómoda que desfila ante nosotros. El libro digital, por tanto, sufre de una desventaja muy grande ante su adversario: la falta de calor humano. Los pixeles de una computadora —y eso cualquiera lo sabe— no están diseñados para el ojo si se requiere de una larga jornada de lectura. El tacto y el olfato, además, no son estimulados por un vulgar monitor. Pero no nos dejemos engañar por una conclusión fácil y evasiva. Se trata de una contienda encarnizada, y es muy válido preguntarse si el libro-objeto es verdaderamente mejor que el libro digital.

Es aquí donde accedemos al otro lado de la discusión, como si volcáramos un reloj de arena, cuya contraparte habrá de equilibrar el asunto a tratar. Y es que, aunque es verdad que las ventajas sentimentales y sensoriales del libro-objeto son innegables, también es cierto que la globalización, lejos de lo que un mal empleo del término ocupa, nos hace gozar de enormes beneficios. Hoy en día, si queremos conocer un poema de César Vallejo o alguna disertación de Julio Cortázar, basta con ingresar a un buscador en Internet y muy probablemente nos llevemos una grata sorpresa. En cuanto a libros digitales se refiere, baste decir que me fue posible leer Yonqui de Burroughs gracias a los avances de la red. El libro digital ofrece tres importantes ventajas: fácil distribución, universalidad y economía. El libro en red es barato, accesible. Lo cual perjudica también —entrando ya al asunto de la ética y el compañerismo— el bolsillo del autor, quien parece haber cedido los derechos de su obra, en la búsqueda de la distribución, a cualquier hijo de vecina que prefiera conseguir el libro digital en la red, en lugar de comprar el libro tradicional en una librería.

Como podrá notarse, el tema se vuelve más escabroso a cada momento, como si nos internáramos en un laberinto, vaya a saber si de circuitos o de celulosa, en el cual tenemos que conducirnos por caminos que tal vez no nos agraden del todo. El dilema, por supuesto, no es una casualidad. Se trata de un reflejo evidente de la sociedad contemporánea. Una sociedad donde la comunicación y la accesibilidad se contraponen al valor humano. ¿Qué es entonces lo correcto? ¿Existe acaso lo correcto? ¿Si puedo difundir cultura de manera masiva y práctica, cometo una falta, una imprudencia? ¿Si no respeto el criterio del escritor, al difundir su obra, soy desatento? Los límites entre una y otra propuesta parecen ser muy endebles, y eso, creo, se debe en gran parte a la falta de difusión cultural en todos los países, y a la inmensa pobreza que agobia al mundo, especialmente a los países tercermundistas. A veces considero —y llámenme ingenuo— que si disfrutáramos de la capacidad económica de una potencia mundial, podríamos acceder a los libros digitales, pagando la contribución correspondiente al autor. Mientras tanto, en la realidad, el libro digital se convierte en una solución para el bolsillo del lector pobre.

Volviendo al tema, vale aclarar que ni el propio Umberto Eco pudo negar, en su momento, las ventajas de la digitalización del libro. Pero se limita a elogiar el uso de la misma para diccionarios, referencias e investigación científica, concluyendo que para las novelas y ensayos el libro-objeto sigue siendo la mejor experiencia.

Considero que las conclusiones de Eco al respecto son muy atinadas, aunque limitadas. La digitalización del libro nos permite acceder a literatura que no tenemos al alcance de la mano. Es así como un traductor hindú, por ejemplo, puede hacerse de las Novelas ejemplares sin necesidad de viajar a un país de habla hispana para conseguirlas, situación que Eco no alcanza a vislumbrar. Por supuesto, el hindú deberá, antes que nada, investigar la situación correspondiente a los derechos de autor de dicha obra. Y es que, como ya lo mencioné con anterioridad —y vale la pena reafirmarlo— el plagio es un peligro constante en la red.

¿Qué podemos esperar entonces del libro digital en el futuro? ¿Es verdad, como dicen esos paranoicos profetas, que el libro tradicional está a punto de extinguirse? Desde luego que no, porque no hablamos de dos libros diferentes, sino del mismo libro, de ese que proviene de la raíz honda y fuerte que se llama literatura. A la tecnología hay que asumirla como tal, y no temerle. Está alrededor de nosotros para utilizarla, para vivir y leer mejor. Yo, por ejemplo, prefiero imprimir algún artículo de la red que me interese, porque aún no encuentro ningún sustituto tan delicioso como la página, limpia y tersa, en mis manos; pero reconozco, claro está, que esa página jamás hubiera llegado a mí, si no existiera la comunicación digital. Creo que a Cervantes no le hubiera disgustado del todo verse publicado en la red, aunque seguro preferiría leer el Quijote en su versión original y maravillosa de imprenta.