Artículos y reportajes
Ilustración: Lisa ZadorCrónica de extramuros
Retrato de unos “pelaítos” malos

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Uno

En 1992, Miguel era un chico gordito, cachetón, que apenas empezaba a pronunciar correctamente algunas palabras. Había cumplido dos años en febrero. Era uno de los doce niños que mi hermana cuidaba en el programa de Hogares de Bienestar y el último hijo de Mariluz, una vecina que vivía a una cuadra y media de donde funciona el Hogar. De él me llamó la atención su viveza, el cabello corto y grueso y su voz ronca. Pero, por encima de todo, me llamó mucho la atención su cabeza, que era ligeramente grande para su edad.

Miguel pasó dos años en el Hogar de Bienestar de mi hermana. En 1994, su madre lo matriculó en una escuela del barrio y no volví a verlo con la misma frecuencia. A veces lo tropezaba cuando lo llevaban o lo traían de su casa a la escuela o viceversa. Seguía siendo un niño cariñoso, alegre, con una sonrisa amplia y con la misma voz ronca. Me hubiera gustado de verdad recordarlo siempre así: eternamente niño, con esa inocencia que los hace tan especiales pero, desgraciadamente, tan vulnerables.

Ese mismo año me mudé de la casa paterna a un apartamento que había arrendado al otro lado de la ciudad y no volví a verlo durante un largo tiempo. Empecé una carrera universitaria que pagaba con el sueldo de maestro en un colegio de niños ricos y como corrector de estilo y redactor en un periódico local. Por aquel entonces estaba tan ocupado que sólo tenía tiempo para sobrevivir. Mi novia me reclamaba por eso y mi hermana sólo me llamaba para hablarme de los problemas cotidianos que estaban siempre relacionados con dinero, o, mejor, con la falta de éste. Fueron días agitados, reconozco, pero contradictoriamente plácidos porque estaba haciendo las cosas que me gustaban.

Los domingos, para variar, me ocupaba de la redacción judicial del periódico, un ejercicio que me resultó provechoso, ya que me permitió conocer un poco más el otro lado de la ciudad, el oscuro, el problemático, el que no se promociona en ningún catálogo de turismo y en donde la muerte está a la orden del día, al igual que la prostitución, la venta de droga y los atracos. Aquella imagen violenta y sucia de Cartagena había estado siempre en mi mente, pues yo había nacido y crecido en un barrio periférico de “pelaítos” malos que veían en la venta y el consumo de droga una vía de escape a las necesidades cotidianas. Ninguno, que recuerde, salió bien librado. Y sus hijos, al final, repitieron el círculo vicioso.

Miguel fue uno de los tantos chicos que anudaron sus pasos a esa línea invisible. Su padre había sido “un duro”, un buscapleitos que se asociaba con otros buscapleitos para consumir drogas y atracar. Había estado en la cárcel en varias ocasiones por delitos menores como posesión y consumo de droga. Pero un día, los vecinos del sector encontraron un cadáver en el callejón que comunicaba el barrio Santa María con Lemaitre y el padre de Miguel fue arrestado días después por homicidio. Algunos testigos dijeron haber escuchado disparos y luego vieron a dos hombres salir corriendo del callejón. El otro hombre era un tío de Miguel, apodado Miky, quien tenía un sinnúmero de entradas a la cárcel. Su prontuario delincuencial alcanzaba para escribir varios libros. Había estado preso en La Guajira, donde se alió con varios delincuentes para cultivar marihuana. Allí, una madrugada, mientras departía con unos amigos en un bar, le disparó a un hombre en la cabeza, causándole la muerte inmediata.

Su estadía en la cárcel de Riohacha fue corta: tres meses y cinco días. Una noche, él y dos compañeros de celda se escaparon al parecer con la ayuda de un “ranchero” que los escondió en los botes de la basura. De allí saltó a Maracaibo y luego a Caracas, donde vivió tres largos años expendiendo droga en las lomas de Petare.

La señora Ernestina Méndez, una adorable mujer de cincuenta años que tenía como negocio traer encomiendas de Caracas a Cartagena y llevar cartas de Cartagena a Caracas, me contó una tarde que Miky se había juntado con un grupo de vendedores de drogas que tenía sitiado a Petare, y cada vez que una patrulla de la Policía entraba a una de las calles del sector era recibida a bala. En una edición de abril de 1994 del diario El Nacional, y que la señora Ernestina guardaba como un tesoro, se registró la noticia de la muerte de un agente de la Policía Técnica Judicial mientras llevaba a cabo una requisa.

“A ese policía lo mató él”, concluyó la señora.

Benjamín Pereira, nombre real del chico, no siempre fue malo. Una de sus hermanas me contó en una ocasión que todo su problema surgió con la muerte de la madre, con la que él, por ser el último de la familia, estaba muy apegado. “Después de la muerte de mamá Miky cambió radicalmente”, señaló la mujer. “Abandonó el colegio y se fue a vivir con una tía a Canapote”. Fue allí, según la hermana, donde el muchacho empezó su vida de pichaje.

“Ese muchacho nació malo y se va a morir malo”, le escuché decir a una vecina una tarde de visita a la casa paterna. Según la señora, Benjamín, en compañía de otros ‘pelaos’ tan malos como él, estuvo a punto de propiciarle más de un infarto, pues en muchas ocasiones saltó la pared para robarse las gallinas que dormitaban en las ramas de los árboles del patio. “Un día uno de mis hijos le reclamó y él sacó una navaja y se la clavó en la pierna a mi muchacho”, relató la mujer.

Durante más de seis meses, Miky se convirtió en uno de los hombres más buscados de Cartagena. Su prontuario delincuencial hacía parte de un archivo de un centenar de folios. Un amigo que trabajaba por entonces para la Fiscalía me dijo que en su contra cursaban siete órdenes de captura, entre las que se encontraba una por asesinato premeditado, otra por atraco a mano armada, una por fuga de presos y dos por lesiones personales. La muerte del hombre del callejón fue quizá la gota que rebosó la paciencia de las autoridades porque el occiso, al parecer, era pariente de un suboficial de la Policía. Fue por esa época, recuerdan algunos vecinos, que una ráfaga de disparos despertó una madrugada a medio barrio. Una camioneta sin matrícula atravesó la calle y se detuvo al frente de la casa donde vivía la familia del chico. De ella bajaron cuatro hombres con pasamontaña, fuertemente armados, que derribaron a plomo la puerta principal, entraron y destruyen todo lo que encontraron a su paso. Miky, que dormía en el último cuarto, corrió al patio, saltó la paredilla del fondo y se perdió en la oscuridad. Uno de los hombres lo persiguió, hizo varios disparos pero no alcanzó a darle. Cuando regresó a la sala, golpeó en la cabeza con la cacha del arma a un tío del chico y, sin cruzar palabra, le disparó en la pierna.

 

Dos

Nadie en el barrio conocía el nombre de pila de Miky. Nadie tampoco se preocupó mucho por saberlo. A él siempre lo recuerdo jugando fútbol en uno de los muchos solares vacíos que por entonces había en el barrio. Lo recuerdo siempre vociferando porque el que oficiaba de árbitro no pitaba, según él, las faltas que le cometían. A veces, furioso, le soltaba un golpe al rival y con ese gesto terminaba el partido. Miky no medía más de un metro sesenta y cinco centímetros pero era fuerte como un toro, tenía un cuerpo musculoso y una agilidad de atleta. Ninguno de los otros muchachos del barrio se le enfrentaba a los golpes. Sabía boxear. Luchar con cuchillos. Había prestado servicio militar en Medellín, donde vivió un par de años. Allí, me contó una chica con la que salió, trabajó con un mafioso. Un “pez gordo” que había pertenecido al cartel de la droga. Nunca me dijo el nombre pero dejó claro que se trataba de un lugar teniente de Pablo Escobar que le manejó los negocios durante el tiempo que éste estuvo en La Catedral.

Particularmente, nunca le creí mucho a Miky. Además de belicoso tenía una imaginación desbordante y solía ponerle un poco más de acción a las situaciones que vivía. Pero de lo que nunca dudé fue de su instinto asesino que sacaba a relucir en cualquier momento. Un día, recuerdo, le reventó a golpes el rostro a un tipo que le hizo trampas en un juego de cartas. Saltó de su asiento como un tigre sobre éste y le dio tan fuerte que casi le desbarata el rostro. El hombre pasó dos semanas en una clínica y, al final, los médicos tuvieron que practicarle una cirugía reconstructiva. En otra ocasión, durante una trifulca, le hundió a un “drogo” de otro barrio un cuchillo en el estómago repetidas veces. Su fama de maleante era extensa y reconocida. Tanta que los pandilleros de los otros barrios le temían.

Cuando lo visité a principios de 1997 en la cárcel de Ternera, donde purgaba doce años por el crimen del “hombre del callejón”, parecía un tipo reposado. Tranquilo. Era un domingo soleado. Muchos de los presos tenían visitas. Miky estaba sentado en una banca, en compañía de una mujer de cabellos cortos. Pensé que se trataba de alguna novia, una de las muchas que parecía tener. Pero cuando me acerqué me di cuenta de que era una de sus hermanas, quien me saludó cariñosamente.

“Le estaba hablando a Miky de ti en este momento”, me dijo.

Paola siempre fue un poco nerviosa, recuerdo. Los muchos problemas de la familia, la falta de dinero y las pocas oportunidades la habían convertido en una chica retraída. Le habían quebrado la voluntad y domado el espíritu. No tenía más de veinte años pero parecía de treinta. Sin embargo, aquella tarde era otra mujer. El cabello corto le sentaba bien y el color de las mejillas le daba a su rostro una expresión juvenil.

Se lo hice ver y casi enseguida una sonrisa iluminó su rostro. Miky me saludó con un fuerte apretón de mano. Tenía puesta una camisilla de mangas revocadas que dejaba ver lo hinchados que tenía los hombros y brazos. Estaba alzando pesas, me dijo. Desde hacía un año y medio no hacía otra cosa que alzar pesas y leer. ¿Leer? Aquella palabra se escuchó tan extraña en su boca. Que yo recordara, él no leía ni las páginas judiciales del diario local. Fue tanta mi curiosidad que no pude evitar preguntarle qué estaba leyendo. Sacó un libro que tenía debajo de la banca y lo colocó sobre la mesa. Era un libro gordo. Lo tomé entre mis manos y miré la portada. “No estarás pensando en fugarte”, le dije, bajando la voz. “¿Cómo se te ocurre?”, me respondió con una sonrisa. “Papillon en francés significa mariposa. Pero lo que narra el libro no tiene nada que ver con las mariposas”, le expliqué. “Lo he leído dos veces en un año, hermano. Y sé lo que cuenta”, me dijo. “¿Y qué es lo cuenta?”, le interrogué. “¡Me crees estúpido o qué!”, me respondió alzando la voz. “Nada de eso, hermano. Sólo quiero saber qué tanto has entendido de lo que leíste”.

Paola se puso de pie. “Los dejo”, le escuché decir. Miky la agarró por la muñeca. “¿Ya te vas?”. Ella lo negó y él la soltó. “No te alejes mucho. Recuerda que aquí lo que hay es un poco de locos arrechos”, le advirtió cuando ésta se alejaba. La siguió con la mirada. “Se iba a casar con un hijueputa y el hijueputa la dejó metida”, dijo. “Pero ya encontrará otro hijueputa que le haga el favor. ¿Por dónde era que íbamos?”. “Por Papillon”, le recordé. Él me miró extrañado. “Pero tú no viniste aquí a hablar sólo de un marica que se voló de la cárcel, ¿verdad?”.

No. Aquella tarde hablamos sobre todas esas historias que se tejían a su alrededor. De su paso por la Guajira, de su estadía en la cárcel, de su volada a Maracaibo y luego a Caracas; del policía que resultó muerto en una redada en la capital venezolana; hablamos de su madre, que murió cuando él cumplió los catorce años, y del padre que nunca conoció. “Tú sabes que la gente habla mucha mierda”, le escuché decir. “A mí me han cargado vainas que no he hecho”. Me dijo que al único hijueputa que se había “tirado” era al tipo de Riohacha, y lo hizo porque “ese man” le agarró el culo a una novia que tenía. Del “muerto del callejón” me contó que él no lo había matado. “El tipo me apuntó con el revólver que yo le había prestado para que hiciera ‘una vuelta’. Quería avionármelo. Forcejeamos y esa mierda se disparó”. Del policía de Caracas me dijo que lo mató un “pelaíto” que andaba haciendo vueltas con él. “Allá los ‘chamos’ de la calle son duros. Desde los diez años andan en su cuento y no le tienen miedo a nada. El policía me tenía contra la pared. Me estaba requisando cuando sentí el disparo y la sangre que me cayó encima. Después de eso se oyó una lluvia de plomo. Yo corrí y me metí en una terraza. Me salvé porque una señora que estaba mirando por la ventana me abrió la puerta. Un tiro me dio en el hombro”.

 

Tres

Volví a visitarlo un par de veces. En una ocasión le llevé cosas de comer y cigarros, y en la otra le regalé un radiocito de pilas que me había pedido en la visita anterior. No lo volví a ver durante mucho tiempo. Seis meses más tarde me tropecé con una de sus hermanas que trabajaba en una papelería del centro de la ciudad y me dijo que a Miky lo habían trasladado para la Modelo de Bogotá. La razón: él y otro compañero de celda habían intentado fugarse utilizando la vieja estrategia de los botes de basura. Ese hecho le valió unos años más sobre los que ya estaba purgando. Además, desarmó a uno de los guardias y le apuntó con su propia arma, sumándole otro delito a su ya larga cadena de agresiones. En aquella ocasión no lo mataron de pura vaina, me contó Cecilia, la otra hermana. Los guardias lo obligaron a soltar el revólver, lo tiraron al piso y luego lo golpearon hasta el cansancio. El resultado de la golpiza le dejó un par de costillas rotas, una cicatriz en el pómulo izquierdo y una luxación en el hombro derecho. Pasó dos semanas en el hospital, esposado al barrote de una cama mientras se recuperaba.

El padre de Miguel, por el contrario, sólo estuvo en prisión un año. Miky se responsabilizó del hecho y el juez que llevaba el caso lo dejó libre. Al Flaco, como le decían, lo tropecé un par de veces en el centro de la ciudad y en una ocasión cuando fui de visita al barrio. Lo vi repuesto. Cachetón. Bien vestido. Un amigo me dijo luego que estaba “encauzado”. Había dejado el vicio y trabajaba con un vecino en un supermercado por los lados de Bazurto. Me alegré mucho. Pero no todo en el barrio eran buenas noticias. Días después me enteré de que a “El Veleta”, un chico crecido en la calle 77, lo habían encontrado muerto en la vía que de Cartagena conduce a Turbaco. “El Veleta” desapareció tres días antes de ser encontrado, y según los comentarios de esquina, la Policía, que lo buscaba desde hacía una semana por haber atracado a un agente que se encontraba de civil, lo detuvo en San Francisco. Los vecinos que lo vieron en Medicina Legal dijeron que tenía el rostro hinchado de los muchos golpes recibidos, los labios partidos y un disparo en la sien. Al parecer, el muchacho fue torturado, pues le faltaban varios dientes y le habían removido las uñas de las manos.

Aunque lo que se había consumado era un crimen, tan repudiado como cualquier otro, nadie dijo nada. No hubo denuncias. Días después del entierro, los padres del chico recibieron amenazas de muerte y tuvieron que marcharse. Para muchos de los vecinos del barrio, las amenazas las profirió la Policía, y durante varias noches observaron una camioneta gris plateada rondar las calles del sector. En una ocasión en que un grupo de muchachos esquineros jugaba a las cartas, poco después de las onces, la camioneta se detuvo y una mano armada de una pistola salió por la ventanilla. Dos disparos secos hicieron blanco en el pavimento y los chicos salieron en estampida. “La próxima se muero uno”, sentenció una voz detrás del cristal. Cuando las luces de las casas empezaron a encenderse por la algarabía que se armó, la camioneta aceleró y las llantas quemaron el asfalto. En ese grupo de jugadores noctámbulos, estaba Miguel, quien había cumplido dieciséis años y ya hacía parte de una pandilla de “pelaos” que cursaba bachillerato en el Liceo de Bolívar, un colegio que venía en picada académica y que ahora aglutinaba a un gran número de los miembros de las pandillas de los sectores aledaños.