Artículos y reportajes
El tránsito de lo que nunca acaba

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Los poetas seleccionados en esta antología, todos ellos nacidos después de 1970, nos proponen un tránsito desde múltiples aristas, multiplicidad de miradas. Nunca, como ahora, la heterogeneidad poética es tan visible; nunca, como ahora, surgen tantas voces, tantos amaneceres en la escritura del Hoy.

Si la poética de antaño se caracterizaba por pertenecer a categorías la mayoría de veces ajenas a los mismos poetas —toda categoría se escribe desde afuera—, la poética de hoy —o de ayer y de mañana— está atravesada por el arrobamiento del ser interior; el sol exterior que busca la luminosidad de los adentros.

Este tránsito expuesto por los aquí antologados se propone hacia un nuevo estro literario, propósito de todo movimiento creativo. Sin embargo, ¿debemos pensar en un movimiento uniforme desde la construcción poética de lo múltiple? Seguramente que sí. Y en ese orden de ideas, esta antología es lo que podríamos definir o llamar unidad de lo disperso, unicidad de lo diverso, de lo distinto, de lo transensorial y específico, de lo supraespacial, de lo disímil.

En este tránsito de fuego, un tránsito hacia los abismos del ser, hacia los océanos del ser interior-exterior, hallamos espejos, aristas, lámparas, objetos en uso y en desuso, discursos, búsquedas, fragmentos, caos, desorden, pliegues y repliegues, cristales, fragmentos de cristales, brújulas, plantas, canciones, fragmentos de canciones.

Nunca, como ahora, es tan difícil antologar, tan complejo categorizar. Hay aquí tantos poetas como naciones, tantos creaturas literarias como modernidades periféricas. Entonces, en Tránsito de fuego no hallamos poética sino poéticas; escritura sino escrituras; narrativa sino narrativas. Todo es multiplicidad, variación, encaje, pero también —y enhorabuena— desajuste.

La pluralidad cobra valor en esta muestra, en este caleidoscopio en donde el principio de incertidumbre cobra un merecido importe; no sólo por el objeto poético variado por el escritor, sino por el objeto variado, deconstruido, reinventado-aprehendido por el lector. Hay en este libro tantas lecturas, tantas interpretaciones, tantos puntos de vista, tantas pulsaciones, tantos quiebres, tanta vibración, tantos ritmos, tantas correspondencias como culturas en América Latina. Mas también hay temblor, amanecer en la noche, oscuridad en el resplandor de lo que se esconde, de lo que se increpa, de lo que es necesario —por supervivencia— callar.

Tránsito de fuego es un viaje, un desplazamiento hacia ningún lugar, hacia muchas, equidistantes cartografías. Tenemos un lugar concreto (¿acaso América?), un no-lugar (¿la poética?), un tiempo específico (¿el hoy?), un no tiempo (¿la muerte?). Entonces el escritor, como también el lector que reescribe lo que lee, se pasean por autopistas distantes y próximas: lo poético, lo político, lo metafísico, lo tangible y lo intangible, la teúrgia, lo visible y lo invisible.

No es esta una escritura de modas, pese a que estén presentes en ellas muchas vanguardias, muchos ritmos conocidos, muchos giros ya dados.

Pero eso no importa, eso es lo menos importante. Lo vital es la poesía, la palabra que permanece viva en la tradición escritural de América toda, una América ecuménica, cercana, unida a través de la palabra, reinventada hacia lo justo, lo solidario; fundada sobre una comunión que surge de un lazo de hermandad que no habla de hegemonías, de voces homogéneas, de discursos idénticos. No obstante, es latente, incluso desde el silencio de muchos, la unicidad de las sangres; una naturaleza americana que confirma la vieja tesis de que la poesía nunca ha muerto, de que permanece viva —eso sí, variable, cambiante, mutante, transitoria, infinita.

La poesía en América goza de buena salud. Y no es un lugar común, ni un eufemismo. La poesía, al margen de nombres ya consagrados, se reviste con el vigor y la “alucinación” de un número indeterminado —no todos están acá— de voces emergentes, voces jóvenes pero vigorosas que sin reclamar, pero sin negarlo tampoco, se sitúan en un plano abierto de la nueva panorámica creativa del continente.

El tránsito de lo que nunca acaba está por comenzar. Hay que abrirle la puerta al tiempo.