Sacando polvo corrían dos hombres, perseguido el uno y pistola en mano el otro, porque éste había tomado como ofensa imperdonable el que aquél se acostara con su hermana de catorce años, aunque la muchacha hubiese estado de acuerdo.
Era larga ya la corretiza, y tanto uno como el otro mostraban serios signos de cansancio. Por fin, a la orilla de un arroyo, el perseguido pidió tregua. El de la pistola se alegró, pues su orgullo de macho herido iba cediendo ante el serio desplome de su resistencia física. Entonces lo amenazó, lo puso de rodillas y, luego de satisfacer su anhelada sed, lo obligó a confesar todo antes de soltarle el legítimo balazo.
La declaratoria se forjó en torno a la vida que llevaba la sufrida muchacha. El cazado decía que la niña se le había insinuado, que quería probar eso que el hermano hacía con las muchachitas que llevaba a su casa, que ella lo veía entre las rendijas de las paredes de madera. Esto no agradó nada al que apuntaba pues, desde la muerte de los padres, siempre se había encargado de la crianza de la niña. Enojado, con la certeza de que el cazado mentía, cortó cartucho. En eso se oyeron unas risotadas. Desde el galápago donde estaba bien pudo ver a la hermana departiendo alegremente por los matorrales con cuatro jovenzuelos.
Lleno de ira arremetió entre las marañas. Su furia era tal que fácilmente perdió piso en el terreno quebrado. Y el hombre que quedó de rodillas vio caer al que lo seguía entre las ramas afiladas de unas carretaderas que, sin más ni más, le sacaron los dos ojos.