Letras
Recuerdo remoto de un pequeño héroe

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

A mi tío Jesús, el gran héroe

estoy pensando en un recuerdo remoto (pero lo mismo se puede decir de muchos otros, de cierta voz de abuela Isabel angustiada desprendiéndose de una canción, de algún asma según nocturna, difícil y espumosa que no sentí, y de cierto aire silencioso y mortal rodeando el Chevette dorado de mi papá) y entonces me veo allí, después de este viaje de veinte años hacia atrás en que había ido a conocer la playa un septiembre insospechado por este niño que soy de tres años en brazos de su tío Jesús (que aún no había muerto, esto ocurriría muchos años después) y que me cargaba dentro del carro diciéndole cosas a su hermano (mi papá) sobre helicópteros y rescates y muertos, manito, y yo saltándole en las piernas para ver de frente a ese intrigante otro niño en el retrovisor, que decía lo que yo decía (helitópquero, helitópquero) y saltaba como yo saltaba, mientras mi mamá morena cálida e inmensa toda en el asiento de atrás me llama, ven, hijo, el tetero, con esa sonrisa triste y alentadora diciendo gracias a Dios que no nos vinimos cuando llamaste al niño, que te desobedeció al mediodía, Carlos, menos mal que quiso quedarse un rato más jugando en la orilla, dibujando en la arena oscura con los dedos, solito, si no estaríamos ahorita todos muertos. si tienes corazón, enséñalo y regresa, cantaba mi abuela en el capó dorado que temblaba seguro de frío aunque caliente, y su canción era de humo gris alejándose a través del aire de la noche y de sus lágrimas salidas de ojos azules y de su boca, mamá, no fumes tanto decía mi papá, tranquila, ya estamos bien, yo la veía y la escuchaba y menos mal esa voz gris no está cerca de mí, porque entonces el asma, la tos, el llanto, abuelita, quédate detrás del vidrio y del llanto. el llanto de tantos cubiertos por el barro, afuera, el llanto confundido y arrastrado por el torrente de un río de carros y casas y agua viva voraz y descomunal que puedo entender ahora, veinte años después de que pasó. y yo entonces veo mi tetero dulce vaciándose y poniéndose cada vez más ligero y transparente y veo las manos frescas de mi mamá que ya no me ayuda, ya no te pesa, hijo, ten tú, veo los asientos y a mi papá inmenso que huele a mar y quiero rápido volver a los brazos de mi tío que sí me deja saltar y me enseña palabras mientras se sacude la arena, buscar al niño del retrovisor que se fue para su atrás cuando me fui yo para mi atrás, y también quiero cerrar la puerta para hacer esa magia que me dijo mi abuela Ana —que no vino y también canta canciones—, esa magia que ella le hizo al Chevette para que la luz amarilla dentro del carro se apague (abre la luz y enciende la puerta, no me acuerdo cómo es que era), manito, cuidado con el niño y los dedos y la puerta, no dejes que apague la luz, no dejes que mire el desastre allá afuera, por Dios, pobre gente. y al final me va venciendo como una calma negra liviana y luego pesada que me cierra los párpados al mundo y me quedo dormido esa noche llovizna en que sueño azul y asma y espuma, para un ratico después despertar con un montón de besos y lágrimas por la mañana en la casa, un lunes 7 de septiembre de 1987.