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Bonnie y Clide (1932)Asesinos por naturaleza

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Estados Unidos. 1929: la crisis bursátil repercute en la economía de ese país. El alcance que ésta tiene es catastrófico. La miseria que se instala en la vida cotidiana de la población hace que muchos habitantes tomen medidas desesperadas. Los documentos de aquella época son varios, entre ellos una gran novela escrita algunos años después de aquellos años.

Se supone que cuando uno termina de leer A sangre fría, esa gran obra de Truman Capote, se le puede dar por escribir, por ejemplo, una nota sobre asesinos.

En la segunda mitad de esta novela, aparecen algunos nombres que el autor menciona: Alvin “Old Creepy” Karpis, Charles “Pretty Boy” Floyd, y la pareja de asesinos Clyde Barrow y Bonnie Parker. De más está decirlo: la originalidad de Capote se asienta en que cada personaje realmente existió. Este escritor glamoroso, homosexual confeso, adicto a las drogas, frecuentador de la farándula norteamericana de los años sesenta, se anticipó a la estética de muchas películas del cine hollywoodense. En estas dos razones radica la causa del presente artículo. Un motivo de ello, aunque no una justificación, puede ser el que sostiene Joseph Geringer en un extenso artículo llamado “Bonnie and Clyde: un dueto en la época de la depresión”: “Todos ellos [también] fueron chicos en una nación que atravesaba una gran depresión económica, que no era como la que Francia tuvo a fines del siglo XVIII. Que tuvo sus sacudidas, y que hubo quienes trataron de sortearla de alguna manera”.

Para darle un contexto más ideológico, citemos a Carolina Barranco en Los crímenes del capitalismo (I): La gran depresión: “Las condiciones de vida de los jornaleros en la California de la Gran Depresión incluían agotadoras jornadas, rechazo social, condiciones infrahumanas y míseros salarios, eso siempre que se tuviera la suerte de ser aceptado como recolector. Lo cual, como explica John Steinbeck en su novela Las uvas de la ira (que fue llevada al cine por John Ford), no era nada fácil una vez que el número de pobres de solemnidad llegó a extremos intolerables, y muchos de ellos buscaron desesperadamente trabajo en la soleada California”.

Así y todo, los asesinos mencionados fueron llamados enemigos públicos. Aquellos años eran años difíciles, para Estados Unidos y para el mundo: eran los años treinta. La depresión económica era en aquel entonces una justificación para este tipo de empresas llevada a cabo por esta gente. Revivieron los viejos tiempos del viejo y famoso Far West. Todos ellos sabían que iban a morir, quizás la semana siguiente, el mes siguiente. Puede que a la mañana. Ninguno de ellos fue lo suficientemente iluso como para pensar que el crimen no se paga. Todo lo que estos malvivientes hacían era documentado tanto en las noticias de los diarios como en las revistas del policial negro como por ejemplo The Scartling Detective. La inseguridad era un tema de todos los días en aquel país de los años treinta.

Cuatro de aquellos criminales son conocidos aun hoy, aunque se pueden sumar a la lista algunos otros no menos pintorescos: Dillinger, “Baby Face” Nelson, “Machine Gun” Kelly. Representantes culturales del país del norte, pero también de otras latitudes del planeta, han homenajeado a estos personajes como por ejemplo Woodie Guthrie. En un libro llamado Joe Klein y Woodie Guthrie: una vida, dice que “escribió una serie de baladas acerca de bandidos, homenajeándolos como los héroes más populares (...), como gente pobre que robaba a los ricos. Escribió sobre los Dalton, también sobre la audaz Belle Starr”.

Se puede agregar algo más sobre lo que despierta en el imaginario colectivo este tipo de personajes, los outlaws. Algunos artistas como Woodie Guthrie le dieron a esta gente un aura de mártires, de chivos expiatorios a toda la desigualdad social que hubo y que hay en el país de la libertad. En una canción llamada “Balada para Pretty Boy” dice: “Pretty Boy tomó los pesados grilletes / y el asistente su arma (...); / cada crimen en Oklahoma fue sumado a su causa. / Pero para muchos campesinos hambrientos / era la misma vieja historia / De cómo el bandido les paga la hipoteca / Y salva sus pobres hogares”. Son muchas las encarnaciones de Robin Hood a lo largo de la historia.

El periodista Richard Kudisch nos cuenta en un artículo llamado “La persecución del último enemigo público” que en algún lugar de Nueva Orleans aún se encuentran, entre modernas edificaciones y una playa de estacionamiento, dos monumentos que conmemoran aquellas viejas épocas.

En el caso de Alvin “Old Creepy” Karpis (acompañado por “Ma” Barker), fue un asesino que se crió en Topeka, Kansas. Desde muy pequeño frecuentaba gente que iban desde jugadores, falsificadores hasta contrabandistas. “Naturalmente me gustaba la acción”, eso dijo cuando su carrera delictiva terminó, a los treinta y tres años de edad.

Fred Hunter, uno de los tantos socios que Karpis tuvo, lo describió como alguien “demasiado inteligente”. La amistad entre Karpis y Barker, que compartía un método organizado y planeado para cada tarea, ayudó a la banda a ser tan prolífica que ganó el suficiente dinero como para perder la cuenta de cuánto era la suma total. En 1932, ellos solos robaron once bancos que Karpis podía recordar, aunque al parecer fueron muchos más.

J. Edgar Hoover dice en su libro El FBI en acción: “La señora Barker y sus hijos, y Alvin Karpis y sus secuaces, constituyeron la banda más despiadada de matones a la que el FBI se vio llamado a eliminar. Teniendo el record que estos criminales estaban logrando, yo me sentí en repetidas ocasiones impresionado por la crueldad de sus actos. Asesinato de dos policías, acribillamiento de un ciudadano inocente que encontraron a la salida de un robo de banco, secuestro y extorsión, robos en trenes, en el correo... la protección de altos mandatarios de la policía, incluso la libertad bajo fianza, fue comprada por ellos con dinero sucio”. Comenzó su carrera como criminal cuando tenía tan sólo diez años. Cuando Hoover escribe sobre “Ma” Barker, la ilustra como la raíz misma de esos malvivientes: “Se ha dicho que ‘Ma’ Barker introdujo a sus hijos en el mundo del hampa” y “por cierto, ella se convirtió en un monumento de los problemas que acarrea la indulgencia de los padres”. No obstante, “Ma” Barker murió mientras resistía ser arrestada junto a su hijo.

Karpis y su compañero de andanzas Fred Barker (el hijo de “Ma” Barker) se conocieron en la prisión de Kansas.

Este sujeto no tenía la apariencia de ser una persona peligrosa. Aunque era letal. Un compañero de la niñez, lo recordaba a Fred como un violento que no sentía la menor compasión.

Hacia 1931 habían comenzado a robar desde joyerías hasta tiendas de ropa. Esta actividad era realizada por Karpis y Barker en la noche, pero pronto cayeron en la cuenta de lo que eran capaces, y comenzaron a planear sus robos no sólo a plena luz del día sino que a los mismos bancos. “Mi profesión fue la de robar bancos, secuestrar ricos y gastar el dinero. Fui bueno en esto. Quizás el mejor en Norteamérica entre los años 1931 y 1936. En otras circunstancias podría haber sido el mejor abogado o el empresario más exitoso, o haber conseguido alguna posición que demande inteligencia, estilo y frescura a la hora de manejarse”.

Desde 1931 y 1933 saquearon bancos, lo que había pasado a ser una rutina. El dúo Karpis-Barker se aseguró de llevar más armas y municiones que la que la misma policía podía llevar. Esto lo lograban robando en las mismas comisarías, que muchas veces eran rurales. Como así también, jamás se quedaron en un solo lugar para sus operaciones. Solían rondar desde el Cuba pasando por Florida hasta Reno. El cambio de lugar como de alias fue una constante en la vida de estos sujetos.

 

El amor y el crimen

Por otra parte están las vidas de Bonnie Parker y Clyde Barrow. Estos dos eran pareja y compartían, entre otras cosas, el amor, el amor por el robo y el asesinato, y que recorrieron la zona central de Estados Unidos en épocas de la depresión, entre 1931 y 1935. Cuando estaba de moda robar bancos, Clyde Barrow prefirió robar estaciones de servicio o pequeñas tiendas perdidas en medio de la nada. Bonnie Elizabeth Parker nació en Rowena, Texas, el 1 de octubre de 1910. Clyde Barrow nació en Ellis County, cerca de Dallas, el 24 de marzo de 1909.

Se cree que su esposa, Bonnie Parker, jamás tomó un arma ni disparó contra nadie. Ella se encargaba de administrar la parte logística. El escritor Joseph Geringer, en un artículo llamado “Bonnie & Clyde: Romeo y Julieta a la fuga en un auto”, explicó la atracción que esta pareja ejercía en el publico, especialmente por Bonnie. Acorde a esto, un historiador llamado Jonathan Davis, en un programa Biography de la A&E Mundo, se refirió a estos dos bandidos: “Nadie que haya robado bancos o infligido la ley ha despertado tantas fantasías en el público”.

Esta pareja era bien consciente de lo que su imagen producía. Joseph Geringer nos comenta que en su escape en auto, Clyde y Bonnie llevaban una Kodak, y se sacaban fotos empuñando armas. También les gustaba posar abrazados o besándose. Cuando la policía los ultimó, encontraron en su automóvil un rollo aún sin revelar, con imágenes de ellos dos juntos posando muy enamorados.

El 23 de mayo de 1934, ambos fueron asesinados en un lugar llamado Bienville Parish, en Louisiana. Seis policías, cuatro de Texas y dos de Louisiana, los ultimaron en un tiroteo que ambos bandos sostuvieron.

El comienzo del fin fue en enero de ese mismo año, cuando Clyde quiso vengarse contra el Departamento Correccional de Texas. Clyde Barrow fue acusado de haber ayudado en el escape de muchos reclusos. Esto, sumado al asesinato de un oficial de ese mismo correccional por un sujeto llamado Joe Palmer, dio lugar a que la justicia tejana persiguiera a Bonnie y a Clyde hasta las últimas consecuencias.

En mayo de 1934 Clyde y Henry Methvin asesinaron a dos policías que inspeccionaban las rutas. Finalmente este último, al ser apresado nuevamente, admitió haber sido el único autor de este hecho. Pero las cosas se les estaban escapando de las manos a los representantes de la ley.

Bonnie Parker y Clyde Barrow son los primeros asesinos célebres en la era moderna. Bonnie Parker en una ocasión llegó a publicar un poema escrito por ella llamado “La historia de Bonnie y Clyde”.

 

Una tesis al respecto: los incentivos de la criminalidad

El crimen, uno de los flagelos de la civilización actual, tiene su lógica. Ya en 1843, J. Bentham escribió que “la rentabilidad del crimen es la fuerza que incita al hombre a la delincuencia, y el dolor del castigo es la fuerza que lo inhibe de cometerlo. Si la primera de estas fuerzas domina a la otra, el crimen se cometerá; si la segunda fuerza domina a la otra, el crimen no se realizará”.

Carlos Alberto Wilson Pérez, un estudiante de economía de la Universidad de México, es uno de quienes han estudiado la delincuencia y el crimen. Una de las variables que ha considerado fue la automatización de las empresas. Lo cual, de acuerdo a Wilson Pérez, ha generado delincuencia. Otros aspectos interesantes a considerar en su tesis es:

  1. Aunque el delincuente conoce o cree conocer la posibilidad de ser capturado y la severidad del castigo dependiendo de la infracción, pareciera que no tiene racionalidad, claro que con esto no queremos decir que no la tenga. Pero la racionalidad no quiere decir que un ladrón realiza un análisis elaborado con calculadora y ábaco sobre los costos y beneficios de robar una casa o no.
  2. Un asaltante a mano armada no hace un análisis preciso sobre la esperanza matemática de cómo el matar a su víctima afecta las probabilidades de ser capturado (si las reduce en un 10 o 20%) pero si le queda claro que matar a su víctima reduce el riesgo de ser capturado sin aumentar el castigo (incluyendo los costos morales) entonces en base a lo anterior es muy probable que el delincuente hale el gatillo.